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En Cuba, los museos también son aulas

CULTURA

Se aprende y no se toca: En Cuba, los museos también son aulas

En un proyecto premiado por la UNESCO, los niños cubanos toman clases de historia en las salas de los museos de La Habana.

Ebert quiere ser capitán de barco desde que vio una figura de arcilla de Simón Bolívar navegando durante la gesta libertadora, y el inquieto Frank, historiador. Ellos son dos de los 18.000 niños que fueron a la escuela en los museos de Cuba, en un ingenioso proyecto premiado por la UNESCO

Con sus ojos vivaces castaño oscuro, Ebert mira a través de la vitrina que contiene una de las piezas de la exposición de la venezolana Glenda Mendoza, en la Casa Simón Bolívar, una de las 13 instituciones que albergan aulas-museo en La Habana Vieja.

"Me gusta mucho porque se ve con valentía. Iba en el barco a defender a Venezuela, Colombia, Panamá, a Cuba y a otros países para que no fueran esclavizados", dice el pequeño de 10 años, mientras señala con uno de sus deditos la figura policromada. A Frank le llama la atención el Bolívar que, de rodillas, le ofrece un ramo de flores a Manuelita Sáenz. "Se ve el amor que tenía en su corazón, ella luchó al lado de él", asegura, con su pañoleta roja de “pionero” un tanto desaliñada a esa hora del día, a la mitad de la jornada escolar de ocho horas.

Tanto Ebert como Frank pertenecen a los “pioneros”, una organización que incluye a todos los escolares cubanos hasta noveno grado, y en la cual realizan actividades patrióticas, recreativas, educativas y políticas. Con su veintena de compañeritos, Ebert y Frank reciben día a día clases en la Casa Simón Bolívar, primer museo incorporado al proyecto escolar que por estas fechas cumplió 10 años, durante los cuales han participado 17.842 estudiantes de 26 escuelas del casco histórico de la capital.

La idea, sin precedente alguno, nació entre los avatares de la restauración que lleva a cabo la Oficina del Historiador de la Ciudad, pero se está extendiendo por la isla, explica Lourdes Olivera, quien impulsa el proyecto desde hace cuatro años.

El ruido de los taladros y el polvo levantado por una demolición en el rescate de la antigua Plaza Vieja hacían imposible que los alumnos de la Escuela Angela Landa, asentada en uno de sus costados, se concentraran en las clases. Tania Corona fue una de ellos. "Al principio hubo problemas de adaptación, pero poco a poco entramos a la vida en un museo y luego no queríamos dejarlo. Añoro esa época", dice la ahora maestra de 21 años. Con todo y maestra, pizarrón y pupitre, Tania y su grupo fueron llevados al museo, ante la urgencia de no detener el curso lectivo. Un mundo nuevo se abrió antes sus ojos.

"A mí me encanta la historia de Cuba y la sala donde está la vida de Bolívar desde que nació. Él no era racista, compartía con todos", dice la pizpireta de Desnely, de 11 años, abriendo grandes dos chispas que sobresalen de su rostro achocolatado. Tuvieron que aprender a ser más disciplinados. "Sabemos que no debemos gritar, hablar en voz alta o correr. Hay cosas que no podemos tocar para que otros niños también puedan disfrutar, como nosotros, del museo", dice desde sus 10 años el futuro historiador.

“Les inculcamos amor por el patrimonio cultural y, al mismo tiempo, siguen con matemáticas, ciencias y otros cursos del plan académico, durante los seis meses que están en el aula-museo. Se muestran atentos, sensibles, entusiasmados", explica Alicia Cabreja, administradora de la Casa Bolívar.

Para Lucía Arias, la maestra de Ebert, Frank y Desnely, su experiencia de 38 años en la docencia se enriquece también en el museo. "Es un espacio agradable y tengo a niños con una mejor actitud. En la escuela estábamos prácticamente hacinados", comenta.

Aunque pasa por la sala todos los días, Ebert le sigue descubriendo detalles a la figurita del Bolívar navegante, de no más de 50 cm. Esta vez repara en los pies desnudos del Libertador, sentado en el borde del bote, con su mano derecha levantada como diciendo: “¡Adelante!”. Y sin el menor miedo a caer.

Fuente:claringlobal.com.ar


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