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Títeres

Misterioso encanto

¿Cuál es la clave la atracción que ejercen los títeres? Tal vez su falta de realismo en un mundo que aspira a la precisión.
Sentado a un gran piano de cola, el muñeco de frac negro se agitaba sobre las teclas, saltaba y se sostenía en el aire, volvía a caer, se inclinaba hasta los pedales, separaba las manos para alcanzar los más graves y los más agudos al mismo tiempo, bamboleaba la cabeza, suspendido en la ensalada de notas que extraía del instrumento.

En su frenesí paroxístico, imitaba el estilo del gran pianista romántico. Desmelenado como corresponde a ese estilo, de vez en cuando se llevaba una de las manos a la frente, apartaba el mechón que le caía sobre los ojos y sacudía todo el cuerpo como si la música incomprensible que estaba produciendo lo electrizara a él mucho más que a su auditorio.

Todo era perfectamente ridículo, y la parodia tenía mucha más eficacia que si la hubiera representado un artista humano. Era uno de los legendarios títeres de Podrecca, la compañía italiana que visitó con frecuencia Buenos Aires en los años treinta y cuarenta. Yo estaba allí, en la platea y nunca había visto algo igual: títeres del tamaño de personas, movidos por hilos que colgaban de las manos invisibles de los titiriteros.

De aquella noche no recuerdo sino esa parodia del pianista romántico, pero fue suficiente. En los años que siguieron vi títeres muchas veces y tuve que preguntarme por qué me atraían tanto. No trataba de revivir nostálgicamente aquel remoto recuerdo. Al contrario: los muñecos de vanguardia, diseñados por Oskar Schlemmer en la Alemania de los años veinte me parecen tan misteriosos como las clásicas marionetas italianas, los puppi napolitanos, y los maniquíes, muñecos, muebles y enseres usados por un grupo como El periférico de objetos, que dejaron su marca en el actual teatro argentino. Pero hay que recordar que los títeres llegaron acá con los inmigrantes italianos de fines del siglo XIX: arte popular que se incorpora al cajón de herramientas de la vanguardia del XX.

Hace pocos días fui a ver el Primer ciclo de títeres para adultos, con cinco obras de gente muy joven, que las agrupó debajo del dibujo y el nombre de Triciclo. Muchos de estos nuevos titiriteros salen de la Escuela del Teatro San Martín de Buenos Aires y están listos para todas las exploraciones: teatro de sombras, muñecos, marionetas, objetos cotidianos, máscaras y telas. Los titiriteros, vestidos de negro, son diestros ejecutantes invisibles de sus muñecos, a los que mueven con las manos, con hilos, con bastones y varillas.

Después de tres horas salgo del teatro, que se llama El Callejón de los Deseos, nombre apropiado a lo que allí se muestra. Me pregunto nuevamente sobre la causa de la extrañeza e inestabilidad que suscita la experiencia de los títeres. Quizá lo primero sea la ausencia del cuerpo del actor. Estamos habituados a una cultura visual donde el cuerpo es prácticamente todo: un logotipo, un imán, una firma. Los títeres en cambio son esquemas a mitad de hacerse, imitaciones que no imitan de modo realista (nada más lejos de un títere que una muñeca estilo Barbie); no aspiran a las bellezas de un canon de mercado publicitario o de cualquier otra estética.

En una cultura de la precisión hiperrealista como la actual, los títeres no son realistas.

Y este es su efecto liberador: salimos del encierro donde incluso los objetos imaginarios deben parecer reales, como sucede en las películas de ciencia ficción.

En cambio, como la ópera, los títeres no tienen obligación de representar ninguna realidad. Son cuerpos por la mitad: a veces sin piernas, porque allí van las manos del titiritero; a veces sin torso porque lo reemplaza un paño de tela; a veces planos porque son de papel o se los ve proyectados como sombras de una linterna mágica. Incluso pueden ser ropas sin cabeza, flotando por el escenario.

Son una simbiosis temporaria entre el titiritero y su muñeco.

Ese acople hace andar una máquina extraña, en la que la parte humana debe desaparecer lo más posible para que la parte extrahumana exista en su movimiento. El efecto tiene siempre algo perturbador. Si no me cree, deje a los chicos en casa con el televisor y vaya a ver títeres.

POR BEATRIZ SARLO
ESCRITORA Y ENSAYISTA

Fuente: www.clarin.com/diario/2005/08/07/sociedad/s-1028881.htm


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