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Van Gogh, el dibujante

Hasta el 18 de septiembre podrá verse en el Van Gogh Museum de Ámsterdam y desde el 11 de octubre al 31 de diciembre de 2005, en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, una colección única y poco difundida de dibujos de Van Gogh: más de cien piezas que tienen en común con su pintura el arrebato y la pasión que el artista transmitía a toda su obra.

La exposición que anida el Van Gogh Museum supone una ocasión casi irrepetible de ver juntas tal cantidad de obras, que por su exigente estado de conservación se mantienen casi recluidas e inaccesibles al gran público. Se seleccionaron los que se consideran los mejores dibujos del artista, procedentes de numerosas colecciones privadas y públicas y que abarcan toda la trayectoria del artista.

En cada dibujo se adivina la constante renovación realizada por Van Gogh, así como la amplitud de aspectos por los que se interesó. Para él, el dibujo constituía el soporte de la pintura, por lo que consideraba que cuanto más se afilara en aquella técnica, mejor preparado se encontraría para afrontar la segunda.

Sus primeras series de dibujos son de 1881 y se centran en los paisajes del pueblo de Etten, una pequeña ciudad al sur de Holanda donde comenzó a pintar. En el dibujo de paisajes constituye el género en el que consiguió gran destreza. Los siguientes años, los que pasó en La Haya desde 1882, estuvieron dedicados a experimentar con la perspectiva y la anatomía, aspectos claves para cualquier dibujante. En esta época exploró tanto las posibilidades del negro, como de la acuarela de color.

La gran producción de dibujos anatómicos sobre agricultores demuestra la calidad de van Gogh como dibujante, destacando obras maestras como ‘La espigadera’, ‘El cortador de madera’ y ‘La cosecha’ en sus cuatro versiones. Las escenas del trabajo arduo en el campo y la oscuridad del carboncillo negro, que reflejan además el estado anímico por el que atravesaba el pintor en aquel momento, dieron paso a una explosión de luminosidad y de novedades cuando Van Gogh se instaló en París con su hermano Theo.

En el verano de 1887 crea acuarelas llenas de color e en las que se hace evidente la influencia del arte japonés. El paisaje continúa siendo su género más cultivado en los años siguientes, en los que sus ojos fueron cautivados por la belleza de paisaje de la Provenza.

La última etapa de su vida estuvo unida a la enfermedad que lo aquejó y al hospital de Saint-Rémy en el que permaneció internado. Allí realizó principalmente dibujos a plumilla con más afán decorativo que experimental. Los lugares cercanos al monasterio en el que se ubicó el hospital y los patios y jardines del mismo, configuraron su principal producción de ese tiempo. En mayo de 1890, dos meses y medio antes de su muerte, el 29 de julio de 1890, Van Gogh se instala en Auvers-sur-Oise, donde realiza decenas de cuadros, pero los dibujos que hace allí se limitan a estudios, con excepción de algunas páginas pintadas principalmente en color.

Estos tesoros, que el propio van Gogh consideraba un complemento de sus cuadros, se exhiben junto a bocetos, objetos, libros y materiales de trabajo, que hacen referencia a otros aspectos de su producción y de su proceso creativo y que permiten consolidar una imagen más acabada del artista. Entre estos, por primera vez y de manera exclusiva en Amsterdam, se exhiben los cuatro únicos libros de dibujo que se conservan del artista.

Toda la muestra puede verse como un viaje al corazón más oculto pero también más fundamental de Van Gogh, el pintor impresionista más experimental y atrevido de todos los tiempos.

Cristina Civale.
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