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Medio Natural y Organismos Transgénicos

Hace pocos días se reunió en Valencia el Comité Directivo de Planta Europa, la entidad paneuropea que agrupa a administraciones públicas, centros de investigación y ONGs que desarrolla trabajos en el campo de la conservación de la flora silvestre amenazada en el continente europeo; entre la agenda de temas a tratar se encontraba la creciente preocupación pública por los organismos genéticamente modificados (OGM) y la necesidad de alertar sobre sus posibles impactos sobre la flora silvestre amenazada.

El término GMO abarca fundamentalmente a los seres vivos cuya carga genética ha sido modificada por el hombre como resultado de diferentes formas de manipulación, en especial a través de las técnicas modernas de ingeniería genética.

En su concepto más habitual, los OGM no abarcan las razas, variedades o nuevas especies generadas por el hombre sin manipulación del genoma; como ocurre con la mayoría de plantas y animales domésticos; por el contrario, siguiendo un concepto extensivo, los OGM pueden provenir de un amplio espectro de manipulaciones, que va desde la provocación y selección intencionada mutaciones con resultados aleatorios o difícilmente previsibles a priori -p.ej., a través de la aplicación de radiaciones o determinados productos químicos- hasta las técnicas más modernas de implantación de secciones cromosómicas de una especie en células de otra especie diferente; éstos últimos organismos son los más habitualmente denominados 'transgénicos'.

En los últimos meses, guiados a menudo por posicionamientos éticos (y por tanto difícilmente medibles, contrastables o rebatibles), hemos observado la aparición progresiva de artículos de opinión sobre los OGM, en especial sobre los riesgos o beneficios provocados por los alimentos transgénicos; sin embargo, raramente se han referido a la vertiente de la incidencia de la OGM en la conservación de la biodiversidad natural.

En el verano de 1998, The Daily Telegraph publicaba un artículo sobre la agricultura transgénica firmado por el Príncipe de Gales, en el que expresaba en términos coloquiales buena parte de los riesgos que los cultivos transgénicos podían generar en su entorno más inmediato, incluido el resto de plantas cultivadas, al tiempo que hacía un alegato en favor de la agricultura ecológica; aunque se evitaba acusar a los alimentos transgénicos de la producción de riesgos para la salud (más bien lo que se hacía era elogiar los productos biológicos), la repercusión de este artículo en la opinión pública británica fue espectacular, probablemente muy superior a la que hubiera pensado e incluso deseado su autor, y precipitó la decisión de diversas multinacionales, de retirar del mercado los alimentos transgénicos que comercializaban en el Reino Unido.

La estrategia de algunas grandes firmas comerciales para dominar el futuro mercado mundial de los alimentos y medicinas transgénicas ha disparado la especulación sobre los límites éticos de la manipulación genética; pero en tanto se discute sobre la legitimidad del enriquecimiento de quienes financian tales actividades -que dicho sea de paso han conseguido que algunas áreas de la investigación científica nacional empiecen a respaldarse económicamente con la dignidad que siempre les negaron los presupuestos públicos-, el problema de los riesgos de los GMO para la estabilidad ecológica del planeta pasa de puntillas por la tramoya del escenario.

La polémica crece cada día, aunque muchos especialistas convergen en opinar que los riesgos de los alimentos transgénicos para la salud humana son probablemente inferiores a los que baraja la opinión pública (al menos para los alimentos transgénicos vegetales más usuales producidos en los últimos años), siempre que los controles que actualmente se diseñan por las autoridades sanitarias de los países occidentales se cumplan a rajatabla; sin embargo, las opiniones se hacen más diversas cuando hablamos de manipulación del genoma de virus, bacterias u otros microorganismos, en especial cara a la fabricación de productos farmacéuticos, medicinas, etc..

En lo que apenas si existen opiniones divergentes es al considerar que las plantas transgénicas pueden producir alteraciones ecológicas (competencia lesiva para las plantas o animales silvestres, atracción o desplazamiento excesivo de micorrizas, actividad antibacteriana o esterilizadora de suelos, etc.) o contaminación genética (cruce con especies nativas de ambientes naturales), pudiendo generar importantes problemas en cadena en los hábitat naturales.

Igualmente, suelen estar de acuerdo en que, dado que aún no se conocen en suficiente profundidad los ciclos ecológicos que regulan los ecosistemas, es imposible testificar suficientemente la ausencia de riesgos en los cultivos de OGM vegetales en exterior, y que en consecuencia no deberían ser plantados fuera de cámaras o invernaderos estrictamente controlados.

La polémica sobre los cultivos y alimentos transgénicos se ha encendido especialmente a partir de la decisión de alguna de las multinacionales de productos fitosanitarios más importantes del planeta, de invertir grandes sumas económicas en la selección de cultivos altamente resistentes a herbicidas o a determinadas plagas; el pack 'herbicida + semilla de planta cultivada resistente al mismo herbicida' puede generar un ahorro económico prácticamente irresistible para el agricultor, ya que le asegura eliminar todas las especies que compiten con su cultivo conservando la planta que pretende recolectar; esto se traduce en términos ecológicos en eliminar la biodiversidad a cambio de la homogeneidad, y no debe olvidarse que las superficies dedicadas a la agricultura no están consideradas normalmente en la UE como zonas artificiales, sino como ecosistemas seminaturales que albergan una importante sección de nuestra biodiversidad natural (sobre todo en las áreas centrales y septentrionales de Europa).

El problema que se avecina es que, al igual que muchas de esas 'malas hierbas' que pretenden ser eliminadas fueron en el pasado especies cultivadas, naturalizadas en el terreno con el paso de los siglos, estos nuevos cultivos transgénicos pueden convertirse en futuras 'súper malas hierbas' mucho más difíciles de erradicar, o bien pueden hibridarse con sus parientes silvestres generando nuevas especies susceptibles de desplazar genéticamente a las plantas nativas.

El problema es aún más grave si lo que se libera o se cultiva son microorganismos asociados a cultivos (microrrizas u otros hongos, bacterias, levaduras, etc.), ya que su extensión puede generar cambios globales en la interacción con las plantas a gran escala; baste imaginar una microrriza transgénica que desplace a sus congéneres que colonizan las raíces de las coníferas (que al carecer a menudo de raicillas secundarias necesitan asociarse necesariamente con estos hongos para poder sobrevivir) pero sin proporcionarles los beneficios de la especie primigenia, o el caso de bacterias susceptibles de modificar con su actividad los grados de acidez de los suelos.

Y, porqué no, baste imaginar que en pocos años se creen y planten árboles forestales de crecimiento ultrarrápido o hiper-resistentes a la sequía, capaces de desplazar y exterminar todos nuestros tipos autóctonos de bosques. Ahora mismo, esto es ciencia-ficción, pero también lo era hace pocos años la clonación de animales (Dolly y demás congéneres).

Lo más grave es que a estas alturas, cuando ya empiezan a proliferar los cultivos transgénicos extensivos, las administraciones agrarias europeas siguen careciendo de criterios y normas que eviten las plantaciones en contacto con el medio natural; en fin, que lo de la batalla de pinos y carrascas puede quedarse en un juego de niños comparado con los supereucaliptos del futuro o con la extinción de las amapolas.

Por Emilio Laguna Lumbreras

Doctor en Ciencias Biológicas; experto de la Comisión de Supervivencia de Especies de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza); miembro del Instituto Forestal Mediterránea INFOMED. Instituto Forestal Mediterráneo

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