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El Poder de la Profecía

GREGG BRADEN

El efecto Isaías

La ciencia cuántica sugiere la existencia de muchos futuros posibles para cada momento de nuestra vida. Cada futuro se encuentra en un estado latente hasta que lo despertamos gracias a las elecciones que realizamos en el presente.

Un rollo de dos mil años de antigüedad con un texto escrito por el profeta Isaías describe precisamente dichas posibilidades en un lenguaje que tan sólo estamos empezando a comprender. Ade­más de compartir sus visiones de nuestro tiempo, Isaías describió la ciencia de cómo elegir qué futuro experimentar.
Cada vez que lo hacemos, experimentamos el efecto Isaías.

Las antiguas tradiciones nos recuerdan que hemos venido a este mundo por una razón que está por encima de cualquier otra. Estamos aquí para amar y hallar un amor aún mayor que trascien­de cualquier otra forma de amor conocida por los ángeles celes­tiales.

Este libro está dedicado a nuestra búsqueda del amor y al recuerdo de nuestro poder para traer el Cielo a la Tierra.

                   

Comienzos

 

Escuché con atención lo que decía la voz de la radio para asegurar­me de que lo había oído bien. No estaba familiarizado con el salpi­cadero de la nueva furgoneta que había alquilado hacía sólo unos días y los indicadores luminosos me resultaban extraños.

Torpe­mente manejé el control de volumen de la radio para ahogar el rugido de un incesante viento de costado que era el preludio de una tormenta de invierno visible desde la puesta del sol. Hasta donde podía divisar desde la carretera nacional, sólo se insinuaba el reflejo de luces distantes en las nubes bajas que tenía por enci­ma. Al estirarme para ajustar el espejo retrovisor, mis ojos siguie­ron el asfalto que acabábamos de recorrer hasta desaparecer en la oscuridad que nos rodeaba.
No había ningún resplandor de luces delanteras que anunciara la llegada de algún otro coche. Estábamos solos, completamente solos, en esa autopista del norte de Colora­do. Al mismo tiempo me preguntaba cuántas personas, en sus hogares o coches, estarían oyendo lo que yo estaba escuchando de boca del locutor.

El moderador estaba entrevistando a un invitado, le pedía que compartiera su visión del final del presente milenio y del nacimien­to del siglo xxi. Al invitado, un respetado escritor y educador, se le solicitó que expresara qué futuro veía para la humanidad en los próximos dos o tres años. La radio crepitó brevemente mientras sus palabras describían un futuro inmediato inestable.

Con autori­dad y seguridad, habló de su visión de un inevitable colapso finisecular de las tecnologías globales, especialmente de las basadas en la informática. Mientras desarrollaba el escenario del peor de los casos, emergía un futuro donde los elementos básicos de la vida escasearían, o quizá se agotarían, durante meses o años.

Citó limi­taciones en el abastecimiento de electricidad, agua, gas natural, comida, y la pérdida de las comunicaciones como los primeros sig­nos de la disolución de los Gobiernos locales y nacionales. El invi­tado siguió especulando sobre una época en nuestro previsible futuro en que las leyes nacionales quedarían suspendidas y se habría de imponer la ley marcial para mantener el orden.

Además de esas temibles condiciones, citó la creciente amenaza de enferme­dades incontrolables y la posibilidad de una tercera guerra mundial con armas de destrucción masiva, todo lo cual conduciría a la pér­dida de casi dos tercios de la población mundial, aproximadamente cuatro mil millones de personas, en un plazo de tres años.

Por cierto que anteriormente ya había escuchado este tipo de presagios.
Desde las visiones de los profetas bíblicos hasta las pro­fecías de Nostradamus y Edgar Cayce, en los siglos xvi y xx respectivamente, el aumento del nivel del mar, la formación de grandes mares interiores y catastróficos terremotos han sido temas constan­tes en las predicciones para el cierre del segundo milenio.

Esa noche hubo algo diferente. Quizá fuera porque me sentía solo en la autopista. Quizá porque sabía que había muchas otras personas que estaban escuchando el mismo mensaje, la autoritaria voz de un invitado invisible que llegaba hasta sus hogares, oficinas y automó­viles.

Me encontré inmerso en una gama de experiencias que varia­ban desde intensos sentimientos de desesperanza y lágrimas de profunda tristeza hasta brotes de ira y rabia igualmente poderosos.

«¡No!», empecé a gritar. «¡No, no tiene por qué ser como lo describes! Nuestro futuro todavía no ha llegado. Todavía se está formando y aún estamos eligiendo el resultado. »

Tras subir a la cumbre de una colina, empecé a descender hacia un valle y se perdió la recepción. La última parte de la entrevista que escuché era que el invitado aconsejaba a las personas que «huyeran hacia las montañas» y que se prepararan para la larga espera. Para aquellos que vivían sumidos en la pobreza, al margen de la sociedad o inconscientes de los acontecimientos que estaban dando forma a nuestro futuro, el invitado les dio un consejo com­puesto por cuatro palabras: «¡Que Dios los ayude!». Aunque las voces de la radio se distorsionaban y desaparecían, el impacto de sus palabras permanecía.

Traigo aquí esta historia porque la perspectiva que se transmi­tió a través de las ondas de radio esa noche fue precisamente eso: una perspectiva, no una seguridad sobre lo que nos espera en el futuro. Además de describir escenas de tragedia y desesperación, los antiguos profetas previeron futuros igualmente viables de paz, cooperación y de gran salud para los habitantes de la Tierra.

En unos extraños manuscritos con más de dos mil años de antigüe­dad, dejaron los secretos de una ciencia perdida que nos permite trascender las profecías catastróficas, las predicciones y los grandes retos de la vida. A simple vista, la ciencia que hay codificada en esos peculiares documentos puede sonar a ficción, o al menos al tema de una película futurista.

Contemplados con los ojos de la física del siglo xx, sin embargo, los principios que contienen estos antiguos textos aclaran y ofrecen nuevas posibilidades sobre nues­tra función en la dirección del rumbo de este momento en la histo­ria. Los desgastados fragmentos de estos textos describen una cien­cia perdida que tiene el poder de acabar con todas las guerras, enfermedades y sufrimientos; iniciar una era de paz y cooperación sin precedentes entre Gobiernos y naciones; hacer que los fenóme­nos climáticos destructivos sean inofensivos; aportar una curación definitiva para nuestros cuerpos, y redefinir las antiguas profecías de devastación y catastróficas pérdidas humanas.

Los últimos desarrollos en la física cuántica apoyan precisa­mente tales principios y aportan nueva credibilidad al papel de la oración masiva y a las antiguas profecías. Vi por primera vez los indicios de esta sabiduría de poder en las traducciones de los tex­tos arameos escritos unos quinientos años antes de la era cristiana. Los mismos textos afirmaban que durante el siglo I de nuestra era escritos de tradiciones secretas fueron transportados desde la tierra natal de sus autores en Oriente Próximo hasta las montañas de Asia para protegerlos.

En la primavera de 1998, tuve la oportunidad de organizar un grupo de veintidós personas para hacer una peregri­nación a las altas montañas del Tíbet central, a fin de presenciar y confirmar las tradiciones a las que hacían referencia estos textos con dos mil años de antigüedad. Junto a la investigación a gran escala que se está realizando en ciudades occidentales, nuestro viaje aporta nueva credibilidad a estos antiguos recordatorios sobre nuestro poder para acabar con el sufrimiento de innumerables per­sonas, evitar una tercera guerra mundial y alimentar a todos los niños, mujeres y hombres que están hoy con vida, así como a las generaciones futuras.

Sólo tras ascender a los monasterios, localizar las bibliotecas y presenciar las antiguas prácticas que han llegado hasta nuestros días, puedo compartir con seguridad la agudeza de tales tradiciones.

Mientras la ciencia moderna sigue verificando la relación entre los mundos interior y exterior, es cada vez más probable que un puente olvidado vincule el mundo de nuestras oraciones con el de nuestra experiencia. Quizás este vínculo represente lo mejor que toda esa ciencia, religión y mística puede ofrecer, llevado hasta niveles nuevos que nunca antes nos hubieran parecido posibles.

La belleza de esa tecnología interior estriba en que se basa en las cuali­dades humanas que ya poseemos. Se nos invita a que sencillamente recordemos, en la comodidad de nuestros propios hogares y sin que exista expresión externa científica o filosófica. Al hacerlo transmiti­mos, a nuestras familias, comunidades y seres queridos, el poder de un mensaje de vida y esperanza que procede de tiempos inme­moriales.

Los profetas que nos vieron en sus sueños, nos recuerdan que, al honrar a toda forma de vida, estamos consiguiendo nada más y nada menos que la supervivencia de nuestra especie y garan­tizar el futuro del único hogar que conocemos.

GREGG BRADEN
Norte de Nuevo México
Enero de 1999

Puedes solicitar el texto digital para uso didáctico de: El Poder de la Profecia


Índice

Comienzos                                
Introducción                                 

1 VIVIR EN LOS DÍAS DE LA PROFECÍA
La historia apunta al presente                         

PALABRAS PERDIDAS DE UN PUEBLO OLVIDADO
Más allá de la ciencia, de la religión y de los milagros             

3. LAS PROFECÍAS
Visiones silenciosas de un futuro olvidado                 

4. OLAS, RÍOS Y CAMINOS
La física del tiempo y de la profecía                     

EL EFECTO ISAÍAS
El misterio de la montaña                             

6 ENCUENTRO CON EL ABAD
Los esenios en el Tíbet                             

EL LENGUAJE DE DIOS
La ciencia perdida de la oración y de la profecía                 

8 LA CIENCIA DEL SER HUMANO
Secretos de la oración y de la sanación                     

9 SANAR LOS CORAZONES, SANAR LAS NACIONES
Volver a escribir nuestro futuro en los días de la profecía            

Finales                                    
Notas                                    
Agradecimientos      

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