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Enseñanzas De Gurdjieff Y Ouspensky

LOS CUATRO CUERPOS DEL HOMBRE III. LOS CUATRO CAMINOS

El señor Ouspensky habla en este capítulo. En la siguiente reunión G. prosiguió la charla que había interrumpido la vez anterior.
"Dije la última vez", dijo, que la inmortalidad no es una propiedad con la cual nace el Hombre. Pero el Hombre puede adquirir la inmortalidad. Todos los caminos existentes y generalmente conocidos que llevan a la inmor­talidad pueden dividirse en tres categorías:

1. El camino del Faquir.
2. El camino del Monje.
3. El camino del Yogui.

El camino del faquir es el de la lucha con el cuerpo físico, el camino del trabajo en la primera habitación. Es un camino largo, difícil e incierto. El faquir lucha por desarrollar la voluntad física, el poder sobre el cuerpo. Lo logra por medio de terribles sufrimientos, torturando el cuerpo. Todo el camino del faquir consiste en diversos ejercicios físicos de increíble dificultad.

El faquir se mantiene inmóvil en la misma posición durante horas, días, meses o años; o permanece sentado en una piedra con los brazos exten­didos aguantando el sol, la lluvia o la nieve; o se tortura con el fuego, pone sus piernas dentro de un hormiguero, etc. Si no cae enfermo o muere antes de que se haya desarrollado en él lo que puede llamarse la voluntad física, entonces llega a la cuarta habitación o a la posibilidad de formar el cuarto cuerpo.

Pero sus demás funciones —emocional, intelectual y etcétera— si­guen sin desarrollar. Ha adquirido la voluntad pero no tiene nada a lo cual poder aplicarla; no puede hacer uso de ella para lograr el conocimiento o para llegar a la auto-perfección. Por regla general es demasiado viejo para empezar un nuevo trabajo.

Pero donde hay escuelas de faquires hay también escuelas de yoguis. Los yoguis generalmente prestan atención al trabajo de los faquires. Si un faquir alcanza su aspiración antes de ser demasiado viejo, lo hacen entrar en una escuela de yoga, donde primero lo cuidan y le devuelven su poder de mo­verse, y luego empiezan a enseñarle.

Un faquir debe aprender a caminar y a hablar como un niñito. Pero ahora posee una voluntad que ha vencido dificultades increíbles y esta voluntad le ayudará a vencer las dificultades de la segunda parte del camino, es decir aquellas que traban el desarrollo de las funciones intelectuales y emocionales.

No pueden imaginarse las privaciones que debe sufrir un faquir. No sé si ustedes han visto alguna vez a verdaderos faquires. He visto a muchos; por ejemplo, vi a uno en el patio interior de un templo en la India y hasta dormí cerca de él. Durante veinte años se había pasado la noche y el día sobre la punta de los dedos de las manos y pies.

Ya no podía más ponerse de pie. Sus alumnos lo llevaban de un lugar a otro, lo transportaban al río y lo lavaban como a un objeto inanimado. Pero esto no se logró en seguida. Piensen en lo que ha vencido, las torturas que debe de haber sufrido para llegar a esta etapa.

Y un hombre se convierte en faquir no porque entienda las posibilidades y los resultados de este camino, no a causa de sus sentimientos religiosos. En todos los países orientales donde existen faquires la gente común hace la promesa de darles un niño nacido después de algún acontecimiento feliz. Además de esto, los faquires adoptan a menudo a huérfanos, o simplemente compran niñitos de padres pobres. Estos niños se convierten en sus alum­nos y los imitan, algunos sólo exteriormente, pero después ellos también llegan a ser faquires.

Además, otras personas se convierten en faquires simplemente porque fueron impresionadas por algún faquir que han visto. .Junto a los faquires que están en los templos se ve gente que los imita, que permanece de pie o sentada en la misma postura, no por mucho tiempo, desde luego, pero en ocasiones durante varias horas.

Y a veces ocurre que un hombre que fue al templo accidentalmente o en un día de fiesta, y empezó a imitar a algún faquir que lo había impresionado particularmente, no regresa más a su casa y se une a la multitud de los discípulos del faquir y después, en- el curso del tiempo, él mismo se convierte también en faquir.

Es preciso que com­prendan por qué empleo la palabra "faquir" entre comillas. En Persia, Faquir significa simplemente un mendigo; en la India a muchos malabaristas se los llama faquires. Y los europeos, en particular los europeos cultos, dan a me­nudo el nombre de faquir a los yoguis, como también a monjes errantes de diversas órdenes. Pero en realidad el camino del faquir, el camino del monje y el camino del yogui son por entero diferentes. Hasta ahora hablé de los faquires.

Es el Primer Camino.

El Segundo Camino es el camino del monje. Este es el camino de la consagración a la fe, del sentimiento religioso, de los sacrificios religiosos. Sólo un hombre que tenga fuertes emociones religiosas y una imaginación religiosa muy poderosa puede llegar a ser un "monje" en el verdadero sentido de la palabra.

El camino del monje es asimismo muy largo y duro. Un monje pasa años, decenas de años luchando consigo mismo, pero todo este trabajo, se concentra en la "segunda habitación", en el segundo cuerpo, es decir, en los sentimientos.

Sometiendo todas las demás emociones a una sola emoción, es decir, a la consagración a su fe, desarrolla la unidad en sí mismo como también la voluntad sobre sus emociones, y de este modo llega a la "cuarta Habitación". Pero su cuerpo físico y sus capacidades de pensamiento suelen permanecer por completo sin desarrollar.

Con el fin de llegar a usar lo que ha logrado, es preciso que desarrolle el uso y control de su cuerpo y su capacidad de pensar. Esto sólo puede lograrse por medio de nuevos sacrificios, de huevos sufrimientos, de nuevos renunciamientos. Es decir, un monje debe llegar a ser un yogui y un faquir: y son muy escasos lo que llegan tan lejos.

El Tercer Camino es el camino del yogui. Es el camino del conocimien­to, el camino de la mente. El camino del yogui radica en trabajar en la "tercera habitación" y en luchar por entrar en la "cuarta habitación" por medio del conocimiento.

El yogui alcanza la "cuarta habitación" desarrollando su mente y el control de sus pensamientos, pero su cuerpo y emociones pueden quedar sin desarrollarse de un modo correspondiente y, como el faquir y el monje, suele ser incapaz de hacer uso de los resultados de sus logros. En su caso, tiene empero la ventaja de comprender su posición, de conocer sus carencias, lo que debe hacer y en qué dirección debe ir.

Pero todos los caminos, tanto el del faquir como el del monje y el del yogui, tienen una cosa en común. Todos comienzan con la cosa más difícil, con un cambio completo de vida, con el renunciación a todas las cosas mundanales. Es preciso que un hombre abandone su hogar, su familia, sus amigos, renuncie a todos los placeres, ataduras y deberes de la vida y vaya al desierto, o a un monasterio, o a una escuela de yoga.

Desde el primer día, desde el primer paso que da en su camino, debe morir para el mundo; sólo así puede esperar obtener algo en uno de estos caminos.

El Cuarto Camino difiere de los tres Caminos que ya hemos examinado porque no exige retirarse al desierto, ni requiere que un hombre abandone y renuncie a todo lo que constituía anteriormente su vida.

El Cuarto Camino empieza mucho más allá de lo que lo hace el camino del Yogui. Significa ello que un hombre debe estar preparado para el Cuarto Camino y esta pre­paración abarca muchos aspectos diferentes y exige mucho tiempo. Además un hombre debe vivir en condiciones que favorezcan el trabajo en el Cuarto Camino, o, en todo caso, en condiciones que no lo hagan imposible.

Es pre­ciso comprender que tanto la vida interior como la exterior de un hombre pueden presentar condiciones que crean barreras insuperables al Cuarto Ca­mino. Además, el Cuarto Camino no tiene una forma definida como los caminos del faquir, del monje y del yogui. Ante todo, es menester encon­trarlo. Esta es la primera prueba. Al mismo tiempo, el comienzo del Cuarto Camino es más fácil que el comienzo de los caminos del faquir, del monje y del yogui.

Es posible trabajar y seguir el Cuarto Camino mientras se perma­nece en las condiciones habituales de vida, haciendo el trabajo habitual, man­teniendo las antiguas relaciones con la gente, y sin que sea necesario renun­ciar o hacer abandono de cosa alguna.

Por el contrario, las condiciones de vida en las cuales está colocado un hombre al comienzo de este trabajo —en las cuales, por así decir, el Trabajo lo encuentra—, deben ser las mejores posibles para él, en todo caso al principio del trabajo. Estas condiciones son naturales para él. Estas condiciones son el hombre mismo, porque la vida de un hombre y sus condiciones corresponden a lo que es. Toda con­dición diferente de las creadas por la vida sería artificial para un hombre y en tales condiciones artificiales el Trabajo no sería capaz de tocar cada lado de su ser al mismo tiempo.

Gracias a ello el Cuarto Camino afecta simultáneamente cada lado del ser de un hombre. Es el trabajo en las tres habitaciones al mismo tiempo.

El faquir trabaja en la primera habitación, el monje en la segunda, el yogui en la tercera. El faquir, el monje y el yogui al llegar a la cuarta habitación dejan tras sí muchas cosas sin acabar, y no pueden hacer un pleno uso de lo que han logrado porque no son los dueños de todas sus funciones.

El faquir es dueño de su cuerpo pero no de sus emociones ni de su intelecto, que permanecen sin desarrollar; el monje es dueño de sus emociones pero no de su cuerpo ni de su intelecto; el yogui es dueño de su intelecto pero no de su cuerpo ni de sus emociones.

Luego el Cuarto Camino difiere de los otros en que exige principalmente una cosa: comprender.

Un hombre no debe hacer nada que no comprenda, excepto como experimento bajo la supervisión y dirección de un maestro. En el Cuarto Camino cuanto más comprende un hombre lo que está haciendo tanto mayores serán los resultados de sus esfuerzos. Este es el principio fundamental del Cuarto Camino. Los resultados del trabajo en este camino son proporcionales a la conciencia y comprensión del Trabajo.

No se exige la "fe" en el Cuarto Camino; por el contrario la fe de cualquier clase que sea se opone al Cuarto Camino. En el Cuarto Camino un hombre debe ver las cosas por sí mismo.
Es preciso que él mismo quede satisfecho de la verdad de lo que se le dice. Y mientras no esté satisfecho no debe hacer nada.

El método del Cuarto Camino consiste en hacer algo en una habitación y hacer algo correspondiente en forma simultánea en las otras dos habita­ciones —es decir, mientras trabaja sobre el cuerpo físico debe trabajar si­multáneamente sobre la mente y las emociones; mientras trabaja sobre la mente debe trabajar sobre el cuerpo físico y las emociones, y mientras tra­baja sobre las emociones debe trabajar sobre la mente y el cuerpo físico. Esto puede lograrse gracias a que en el Cuarto Camino es posible hacer uso de cierto conocimiento inaccesible a los caminos del faquir, el monje y el yogui.

Este conocimiento hace posible trabajar en las tres direcciones simul­táneamente. Sirve para este propósito toda una serie paralela de esfuerzos y ejercicios físicos, mentales y emocionales. Además, en el Cuarto Camino es posible individualizar el trabajo de cada persona separada —es decir, cada persona sólo hace lo que es necesario y no lo que es inútil para ella. El Cuarto Camino descarta gran parte de lo que es superfluo y fue conservado simplemente por tradición en los otros caminos.

Por eso cuando un hombre logra la voluntad en el Cuarto Camino puede hacer uso de ella porque ha adquirido al mismo tiempo el necesario desarrollo y control de sus funciones corporales, emocionales e intelectuales. Y además, ha ahorrado mucho tiempo trabajando sobre los tres lados de su ser de un modo paralelo y simultáneo.

El Cuarto Camino es a veces llamado el camino del hombre ladino. El "hombre ladino" conoce un secreto que el faquir, el monje y el yogui ignoran. Cómo se enteró el "hombre ladino" de este secreto —es su secreto. Quizá lo haya encontrado en algún libro antiguo, quizá lo haya heredado, quizá lo haya comprado, quizá lo haya robado a alguien. Es indiferente. El "hom­bre ladino" conoce el secreto y con su ayuda aventaja al faquir, al monje y al yogui.

De los cuatro el faquir es quien actúa en la forma más grosera; conoce muy poco y comprende muy poco. Supongamos que después de un mes de intensas torturas desarrolle en sí mismo cierta energía, cierta sustancia que produce cambios en él. Lo hace de una manera por completo ciega, con loa ojos cerrados, sin conocer el propósito, ni los métodos, ni los resultados, sim­plemente imitando a los demás.

El montaje conoce mejor lo que quiere; es guiado por el sentimiento religioso, por un deseo de salvación; tiene confianza en su maestro que le dice lo que debe hacer, y cree que sus esfuerzos y sacrificios "complacen a Dios". Supongamos que una semana de ayuno, de plegarias continuas, de privaciones, le permite lograr lo que el faquir desarrolla en sí en un mes de torturarse a sí mismo.

El yogui conoce considerablemente más. Sabe lo que quiere, por qué lo necesita, cómo puede adquirirlo. Sabe, por ejemplo, que es necesaria para su propósito la producción de cierta sustancia en él mismo. Sabe que esta sustancia puede ser producida en un solo día por medio de ciertos ejercicios mentales, o por la concentración de la conciencia.

Así fija su atención en estos ejercicios durante un día completo sin permitirse un solo pensamiento exterior, y obtiene lo que necesita. De este modo el yogui necesita un solo día para lograr el mismo objetivo que le exige al faquir un mes y una se­mana al monje.

Pero en el Cuarto Camino el conocimiento es aun más exacto y per­fecto. Un hombre que sigue el Cuarto Camino sabe definitivamente qué sustancias necesita para sus fines y sabe que esas sustancias pueden ser pro­ducidas dentro de su cuerpo por un mes de sufrimiento físico, por una semana de tensión emocional o por un día de ejercicios mentales pero sabe también, que pueden ser introducidas en el organismo desde el exterior si sabe cómo hacerlo.

Y así, en lugar de pasar un día entero en ejercicios como el yogui, una semana en plegarias como el monje, o un mes de auto-torturas como el faquir, prepara y traga simplemente una pildorita que contiene todas las sus­tancias que necesita y, de este modo, sin pérdida de tiempo, obtiene los resultados requeridos.

"Además es preciso entender", dijo G., "que de estos Caminos correctos y legítimos, hay también caminos artificiales que sólo dan resultados tempora­rios, y también caminos malos que pueden dar resultados permanentes.

En estos caminos un hombre busca la llave de la cuarta habitación y a veces la encuentra. Pero lo que encuentra en la cuarta habitación todavía no se conoce. Ocurre también que la puerta de la cuarta habitación se abra arti­ficialmente por medio de una ganzúa. Y en estos dos casos la habitación a veces está vacía".
Dicho lo cual G. se detuvo.

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