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Santa Odilia

Patrona de Alsacia y Abadesa del Monasterio de Hohnenburg en los Vosgos. Nació ciega. Su padre, Adalric de Alsacia, consideró esto como un mal presagio y la recluyó desde muy pequeña en un convento de monjas. Su gran devoción por Dios se manifestó a muy temprana edad, al igual que su don para predecir el futuro, lo cual según ella era el resultado de haber aprendido a vivir sin poder ver.

Se dice que pudo recuperar milagrosamente la vista gracias a su fe y sus continuas plegarias, como así también a los poderes curativos del Obispo local. Cuando su padre se enteró de este milagro, cambió de parecer respecto al destino de Odilia, y ordenó que regresara a su hogar. Sin embargo, muy pronto se cansó de la vida de princesa y logró convencer a su padre para que convirtiera en convento uno de sus numerosos castillos, donde vivió como abadesa hasta sus últimos días, en el año 720 de nuestra Era.

Las profecías de Santa Odilia son de una precisión asombrosa, sobre todo la referida a la Segunda Guerra Mundial, cuyas distintas etapas describe con lujo de detalles: el advenimiento de Hitler, los combates aéreos, las ciudades en llamas y la caída de Berlín. Son muchos años anteriores a las de Juan de Jerusalén, San Malaquías y Nostradamus. Continúa siendo un misterio cómo esta mujer, que vivió hace 1200 años, pudo tener esta visión de nuestro violento siglo XX, y describirlo tan fielmente:

¡Escucha, hermano mío! He visto el terror de los bosques y de las montañas. El espanto ha helado a los pueblos. Ha llegado el tiempo en que Alemania será llamada la nación más belicosa de la tierra. Ha llegado la época en que surgirá de su seno el guerrero terrible que desencadenará una guerra mundial, y que los pueblos en armas llamarán el Anticristo, aquel que será vituperado por las madres en llanto por sus hijos que como Raquel, ninguno podrá consolar.

La tierra será sacudida por el choque de los combates. Las flores serán rojas por la sangre y los mismos monstruos marinos huirán espantados al fondo de los océanos. Las generaciones futuras se asombrarán de que sus adversarios no hayan podido obstaculizar sus victorias. Torrentes de sangre humana correrán en torno a la montaña. Será la última batalla. El conquistador habrá alcanzado el apogeo de sus triunfos hacia la mitad del sexto mes del segundo año de guerra. Será el fin del primer período llamado de las victorias sangrientas.

El creerá entonces de poder dictar sus condiciones. La segunda parte igualará en duración la mitad de la primera. Ella será llamada el período de la dominación. Será rica en sorpresas que harán temblar a los pueblos. Hacia la mitad de dicho período los pueblos sojuzgados pedirán al conquistador: la paz! Pero no habrá paz. No será el fin sino el inicio del fin, cuando el combate sea librado en la Ciudad de las Ciudades. A este punto muchos de los suyos querrán lapidarlo. Y ocurrirán cosas prodigiosas en Oriente. La tercera fase será de breve duración. Será llamada fase de invasión, porque por una justa compensación el país del conquistador será invadido por todas partes.

Los ejércitos serán diezmados por una gran epidemia, y todos dirán que es la mano de Dios. Los pueblos creerán que su fin está próximo. El cetro cambiará de mano y las madres se alegrarán. Todos los pueblos que fueron despojados recuperarán lo que perdieron y algo más. La región de Lutecia será salva a causa de sus montañas benditas y por la devoción de sus mujeres. Y sin embargo todos hubieran creído lo contrario. Pero los pueblos irán a la montaña y darán gracias a Dios. Los hombres habrán visto cosas tan abominables en esa guerra que las generaciones sucesivas no lo podrán creer.

Desgracia para aquellos que no teman al Anticristo, porque él causará nuevos crímenes. Pero la era de paz seguirá a la de hierro y se verán los dos cuernos de la luna reunirse a la Cruz. Porque en aquellos días los hombres temerosos en verdad adorarán a Dios. Y el Sol brillará con un esplendor inconcebible .

Fuente: geniepeople.com


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