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Entrevista con Hugo Varela

"El humor es un antídoto contra el miedo, la inseguridad y el dolor.

El humorista nacido en Córdoba, que está presentando el espectáculo teatral "25 años poco serios", recuerda anécdotas de su larga carrera intentando hacer reír a la gente. "El público te agradece la risa como si se tratara de un milagro", dice.
Hugo Varela trabaja en su caserón de La Paternal: le está poniendo cuerdas a una tabla de planchar. Todo —él, su hogar— tiene elementos inconcebibles. Varela, de aspecto quijotesco, cumplirá 59 años en setiembre, aunque aparenta 15 menos.

Su casa-taller, de aspecto kafkiano, es un loft de más de 40 metros por 9 en su planta baja, con un escenario negro, que podría ser el del N/D Ateneo, en el centro. Hay guitarrones desmesurados y guitarritas en miniatura, quenas conectadas a peritas para enemas: decenas de instrumentos delirantes construidos por Varela. Las escaleras, muchas, se pierden hacia los pisos superiores, hacia la nada o hacia el techo transparente que deja ver el cielo.

Un baño con cartel luminoso, como de avión. Un sillón de respaldo alto, construido con carritos de supermercado. Un televisor del que brota una mano. Una mesa de pool, dos pianos, cientos de herramientas. Perros y gatos. Los resortes de un colchón colgados en una pared; una araña gigante, de metal, trepando por esos resortes. "Aunque nos dediquemos a otras cosas, somos básicamente cartoneros", explica Rossana Bonetto, la esposa de Varela, una mujer joven y locuaz, aficionada al piercing. Tras mostrar su último arito, cercano a la comisura de sus labios, dice: "Hugo me preguntó si me había cromado el lunar".

Cuando su marido termina con las fotos, se sienta a una mesa gigante y se dispone a hablar de 25 años poco serios, el espectáculo con el que festeja su cuarto de siglo como humorista. El periodista comienza a preguntar en una situación incómoda: Conga, la perra del matrimonio, está trepada a su muslo derecho y le lame las mejillas. Varela, que nació en Córdoba y luego se radicó en Buenos Aires, no abre la boca, salvo para responder preguntas.

¿Es cierto que antes de convertirte en un humorista, músico y luthier llegaste a hacer dramas teatrales en el under? ¿Es cierto que hasta hiciste un desnudo... digamos no humorístico?

Un desnudo mío no puede ser otra cosa que dramático. El autor de esa obra fue Roberto Adelach. La pieza hablaba de un secuestro y la hicimos en el Payró, en plena dictadura. En algún momento había un desnudo colectivo. Cero erotismo. Mi personaje no era cómico pero sí ridículo. Se ve que siempre me dio el physique du role para el ridículo.

¿Notaste cambios en el público desde la dictadura hasta ahora?

Sí. Pero no vinculado con qué cosas hacen reír. A comienzos de los '70, yo tenía un grupo musical con el que nos presentábamos en Villa Gesell: la gente entraba en cadena, tomada de la mano: había otro nivel de soltura, de apertura, de libertad. La dictadura barrió todo eso. Desde entonces quedó una especie de miedo, de desconfianza, que se hace evidente en el público.

Solés decir que es más fácil hacer reír que hacer participar. La participación del público es una de tus obsesiones.

Sí. Durante los noventa y la crisis del 2001 era muy difícil hacer participar al público... Es un fenómeno que me interesa y que me hizo llegar a algunas conclusiones: en algunas provincias, en algunos lugares chicos, a la gente le cuesta participar por la mirada del otro; a los hombres les cuesta más participar que a las mujeres; y a los jóvenes les cuesta más que a los adultos. Los jóvenes, en general, están en una especie de autismo: pensalos con anteojos ahumados bailando solos o ni siquiera bailando. Son el resultado de una cultura vacía.

Alguna vez comparaste a la tarea de un humorista con la de un pastor...

Eso me lo hacía sentir la gente durante la última crisis. Uno es, en realidad, un operario. Pero, en tiempos de angustia, el público te agradece la risa como si se tratara de un milagro: te dicen Dios te bendiga. Aunque soy incrédulo, agnóstico, anti-místico, es evidente que algunos me toman como al pastor Giménez.

¿Y de qué le sirve el humor al humorista, más allá de lo laboral?

El humor es una especie de antídoto contra el miedo, la inseguridad y el dolor. Ocurre en los velorios: el humor aparece en algún momento como una forma de correr a un costado el drama intorable. No lo hace desaparecer, pero ayuda a manejarlo. Me acuerdo de un amigo que tuvo parálisis infantil: tomaba a su situación terrible con mucho humor, se reía de sus defectos.

¿Qué dolores personales te acercaron al humor? Sé que de chico te sentías ridículo por tu delgadez...

Sí. En la barrita de pibes todos eran deportistas: jugaban muy bien al fútbol. Yo era malo y, para colmo, introvertido: dibujaba, tocaba la guitarra, practicaba actividades solitarias. Sin embargo, lograba tener un lugarcito dentro de la barrita haciendo reír a mis amigos. Jugaba peor de lo que podía para hacerles gracia; eso me permitía participar, a mi manera. A pesar de mis carencias, lograba participar en actividades grupales gracias al humor.

¿Te servía el humor para seducir mujeres? Sé que tuviste varias esposas...

En realidad, me casé una sola vez con papeles: el año pasado. Pero digamos que tuve cuatro matrimonios. Y el humor me sirvió para seducir. Negrito y feo, lograba hacer reír a las chicas. En Córdoba, hace muchos años, eso era como sinónimo de inteligencia, un atributo que a las chicas les atraía mucho.

¿Por qué hablás de Córdoba? ¿En Buenos Aires era distinto?

Creo que sí, y eso me sorprendió: al llegar a Buenos Aires noté que acá se seducía de otro modo. El verso porteño no estaba basado en el humor sino en el canchereo. Por supuesto que también existen cordobeses agrandados. Pero allá se levantaba mayormente haciendo reír. No sé lo que ocurrirá ahora.

Hace poco, en una encuesta sobre qué hace seductor a un hombre, salió primera la simpatía, el sentido del humor, y segundo el dinero...

Ah, bueno: si le ganamos a la guita, estamos en el buen camino. Tal vez haya más malaria anímica que económica.

Woody Allen dijo hace poco: "Me aseguran que voy a seguir viviendo siempre en el corazón de mis seguidores. Pero yo preferiría seguir viviendo en mi casa de Manhattan". Evidentemente se puede hacer humor con la muerte y el sinsentido de la vida...

Es un juego lindo, aunque justamente no sirva para hacernos inmortales. Yo tengo la fantasía de seguir bromeando hasta el final, hasta el momento en que esté en una cama conectado a cables. Pero, por otro lado, enfrento más seriamente que antes a los conflictos cotidianos.

En una entrevista aconsejaste trabajar con un público "incómodo". ¿Qué público indiferente o directamente hostil tuviste que enfrentar?

Enfrenté a muchos difíciles. Una vez me llamó Sandro y tuve que actuar, en un descanso de 20 minutos, ante 18.000 minas que sólo rugían por él. Terrible. Otra presentación brava fue en la Asociación Psicoanalítica Argentina: actué para 50 o 60 psicoanalistas que se mantuvieron absolutamente inexpresivos, observando. Me hicieron perder cualquier tipo de referencia acerca de qué les pasaba con el espectáculo.

Faltaba que tomaran notas en sus libretas y que a los 50 minutos te dijeran "Estamos en la hora".

Vos te reís pero fue muy frustrante: no aflojaron en su rol profesional, me fui totalmente amargado, aunque alguien me dijo que les había gustado. Igual, lo peor fue una fiesta particular. Un tipo me contrató para hacerle un cumpleaños sorpresa a su mujer. Me hizo esconderme en una pieza y, desde allí, escuché a la mujer, que acababa de enterarse, diciéndole: Sabías que no quería una fiesta, que odio todo esto. Se armó una pelotera bárbara. En medio de esa situación adversa tuve que salir a hacer el show. Al menos había mucha gente: como 50 personas, todos invitados sorpresa, aunque no la mujer que cumplía años.

Si uno supera esas situaciones ya está templado para afrontar a cualquier público...

Claro. Igual yo fui templándome desde el vamos. Empecé actuando, de 11 de la noche a 5 de la mañana en boliches de levante: lugares con mucho whisky y mujeres de toda laya. Imaginate que los tipos no iban ahí a escucharme. Para colmo, mi show, con cero procacidad, no era muy adecuado para el ambiente. También pasé por el teatro de revistas, fui telonero de Olmedo y Porcel: tuve que hacer entradas de 5 minutos entre los actos de esos monstruos. La verdad es que ya estoy curtido. Salgo al escenario y me siento feliz y tranquilo. De algo valieron los 25 años.

Comunicación íntima y directa

"El nuevo espectáculo, 25 años poco serios, es en realidad una especie de celebración de toda mi carrera —explica Hugo Varela—. Hago un variado repaso de las perlitas que he hecho a través de un cuarto de siglo y también presento algunos trabajos nuevos. Me costó muchísimo hacer una selección de mi obra: meter mi historia profesional en un show de una hora y media."

El humorista, que también es un luthier extravagante, presenta nuevos instrumentos construidos por él y otros antiguos que acaba de reciclar. "El show tiene una estética sobria: en mis espectáculos no hay parafernalias ni escenografías pomposas ni grupos de gente corriendo por el escenario. Mi estilo está vinculado con lo que estudié en la escuela de mimo: trato de tener una comunicación íntima y directa, de sacarle jugo a pequeños elementos, de lograr la comunicación y la participación del público a través de pocos elementos".

¿Qué tomás como punto de partida de tu carrera?

A comienzos de los '80, estudiaba arquitectura en la universidad y, por otro lado, participaba en un grupo llamado Los Grillos: hacíamos música con participación del público, y alguna cosita humorística, pero de un modo lateral. Cuando mi mujer de aquel entonces quedó embarazada hice un crack gigante. Decidí que sería humorista de lleno, que viviría de eso. Me armé una rutina, con canciones y algo de mimo, y conseguí reemplazar a un humorista en Villa Gesell, en un boliche llamado Calígula. Así empecé, hace un cuarto de siglo: lo sé por la edad de mi hijo.

Teatro real, televisión virtual

Hugo Varela trabajó en programas televisivos como De lo nuestro con humor y Badía y compañía, entre otros. Además interpretó a un periodista hipocondríaco en la tira Primicias. "Ahora tengo una sola fantasía vinculada con la TV: hacer algo corto, grabado, en un espacio propio, con mi sello. Aunque la televisión es un medio espectacular de difusión, me siento más cómodo en teatro. La TV tomó por un camino comercial terrible, con sus guerras de rating y sus búsquedas de impacto a cualquier precio.

Para mí, hacer teatro es como tener sexo en persona y hacer televisión, como tenerlo en forma virtual".

Entre sus espectáculos en teatro se destacaron Varela en desconcierto, Hugo Varela contra las cuerdas, Reid mortales, Dos tipos de locura e Inodoro Pereyra, obra con la que tuvo gran éxito y ganó un premio Estrella de Mar. Cuando se le pregunta si vio al Inodoro Pereyra interpretado por Miguel Angel Rodríguez este año en Mar del Plata, responde: "No, no quise. No me preguntés por qué. Era la misma versión, pero no. Y en el "pero no" yo sentía que perdía elementos. Para mí fue un ciclo muy lindo que se cerró luego de dos años. Y sentí que el último Inodoro se hizo para aprovechar una temporada".

Las funciones de 25 años no es poco se harán todos los viernes, sábados y domingos de julio a las 21 en el N/D Ateneo (Paraguay 918).

Por: Miguel Frías.
mfrias@clarin.com

Fuente: Clarin.com


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