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Bomba atomica sobre Hiroshima

MEMORIA. LA CUPULA DEL UNICO EDIFICIO QUE SE MANTUVO EN PIE EN LA CIUDAD. (Foto: AFP)

MEMORIA: EL ENOLA GAY, "LITTLE BOY" Y EL FIN DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Hace 60 años, Estados Unidos arrojaba la bomba sobre Hiroshima. El ataque dejó 85 mil muertos en el acto, que ascendieron a 140 mil días después.

Sabemos que fue a las 8.15 de la mañana del 6 de agosto de 1945 cuando los relojes se detuvieron en Hiroshima. Quienes lo vieron lo describen como un relámpago silencioso, tan extraordinario en su apariencia como en su capacidad de daño. Un hongo gigante y letal con nombre irónico, que bajó del cielo e iluminó de silencio y muerte a una población entera.

La primera bomba nuclear arrojada sobre una ciudad dejó un saldo de 85 mil muertos en el acto, una cifra que se amplificó en las semanas siguientes hasta llegar a 140 mil. El B-29 estadounidense Enola Gay lanzó la bomba "Little boy" (algo así como "muchachito", en castellano) sobre el centro de la ciudad y en hora pico. Para acentuar su capacidad de destrucción, el arma estaba programada para explotar a 500 metros de altura, con una capacidad de acción similar a la de 12 mil toneladas de dinamita.

Sabemos que los relojes se detuvieron y también que los autores de la masacre y sus defensores la justifican diciendo que así se aceleró el fin de la Segunda Guerra y que el número de muertos que provocó el ataque nuclear (aun sumando las víctimas de la bomba arrojada tres días después sobre Nagasaki) fue infinitamente menor al que se habría producido si EE.UU. invadía Japón entonces. En términos que amplifican la banalidad del mal producido, también se ha asegurado —lo hizo incluso algún militar estadounidense de renombre— que días antes de la explosión de "Little Boy" el presidente Harry Truman había sido advertido de que el emperador Hirohito iba a rendirse en breve.

Es mucha la historia conocida, como el debate sobre la competencia científica y la polémica acerca de si los creadores del arma debían o no comunicar su logro, así como justificaciones históricas acerca de que por entonces Hitler y su propia bomba atómica estaban en carrera.

En 1945 Hiroshima era una ciudad importante y a 10 km estaban los cuarteles del Segundo Ejército japonés, que defendían la zona sur del país. Sin embargo, la bomba fue arrojada en el corazón de la población civil. Mujeres, hombres, chicos y bebés, protagonistas de la mayor experiencia de muerte masiva e instantánea. Si Auschwitz es el símbolo de la industrialización de la muerte, Hiroshima es la perplejidad de la ecuación entre la economía y el genocidio: una sola arma y la muerte para cien mil.

El día en que el Enola Gay escupió la bomba atómica, en Hiroshima vivían alrededor de 300 mil personas. Hoy, sesenta años después, viven allí 1.200.000, de los cuales 80 mil son sobrevivientes de la masacre. No todos quieren hablar del pasado, y muchos sólo buscan en el silencio respeto por lo que les sucedió.

Lo cuenta el Nobel japonés Kenzaburo Oé en el prólogo de sus ensayos sobre Hiroshima, donde transcribe la carta de un lector ofuscado, que luego de pasar décadas siendo señalado como un sobreviviente aspira a "vivir y morir como cualquiera que no resultó afectado por una bomba atómica" y no a ser el "testimonio de un récord histórico" o "apenas información útil para los movimientos antibélicos".

Son infinitos los tratados que reflejan los efectos de la radiación en los cuerpos humanos, un poder de destrucción que mató en el acto y siguió siendo un criminal agazapado. Son muchos los que, habiendo sobrevivido a la bomba, buscaron la muerte por propia mano ante los primeros síntomas de un cáncer que —todo lo indicaba— era un efecto demorado del ataque nuclear.

Hoy Hiroshima vive activamente y es, a la vez, una memoria activa de relatos y monumentos. La cúpula del Gembaku, el único edificio del área donde cayó la bomba que se mantuvo en pie, es el reflejo de esa tensión entre el paso del tiempo y el recuerdo. Su cabeza de hierro desdentada mira al mismo cielo que conoció la muerte incandescente.

A unos metros está el museo que cuenta la historia que cam bió la historia y el Memorial, la construcción que alberga un cenotafio donde una llama permanente arde y arderá hasta que el mundo entero tome la decisión de enterrar por siempre las armas nucleares.

Leiko, la militante

Leiko Shimoda tenía 15 años cuando explotó la bomba. Estaba sola, en la calle, camino al taller en el que trabajaba. Días después, seguía sola, con una ciudad en sombras y una población convertida en una sociedad de fantasmas. Buscó por semanas a su madre hasta que la encontró en casa de desconocidos, el cuerpo hecho llagas y la memoria astillada. La mujer murió meses más tarde a causa de las heridas. Nunca supo que su hija había conseguido estar a su lado.

En marzo de 2003, el mismo día que EE.UU. lanzaba su invasión a Irak, Leiko —73 años, pelo renegrido a fuerza de voluntad— encabezaba la marcha antibélica en la calle principal de Hiroshima. Hablaba con los periodistas y contaba su historia. Los años no habían apaciguado ni su indignación ni su dolor.

H. P.

Por:Hinde Pomeraniec.
hpomeraniec@clarin.com

Fuente: www.clarin.com/diario/2005/08/05/elmundo/i-03001.htm


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