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Carta de Nagasaki

Nagasaki, 1945

Inmediatamente después de la explosión de la bomba, los que aun podían moverse formaron dos grupos; los que se quedaron allí donde los había sorprendido la deflagración y los que emprendieron al punto la huida.

Quienes se quedaron, bien fuera para acudir en socorro de los amigos heridos, o para tratar de salvar su piso, su oficina o su fábrica, se vieron rápidamente rodeados por las llamas y perecieron junto con aquellos que quisieron salvar.

Al aproximarse las llamas, nosotros nos refugiamos en la colina que se eleva cerca de nuestro hospital, y así fue como mis vecinos y yo pudimos escapar de la muerte...
Aquí y más allá, encontrábamos estudiantes y enfermeras caídos. Los recogíamos y los trasladábamos un poco más arriba donde el fuego no podía alcanzarnos.

Yo estaba herido en la sien derecha y perdía mucha sangre. Durante unos instantes perdí el conocimiento. Cuando volví en mi, me vi tumbado en la hierba, bajo el agitado torbellino de la nube atómica. La herida me dolía horriblemente; tuve que apretar los dientes para poder soportarlo. Pensé luego en mi mujer y me dije que, de estar aun con vida, se me habría unido.

Al día siguiente, desde la colina situada detrás de la clínica pude ver las ruinas de mi casa. De Urakami solo quedaba un montón de cenizas blancas. Bajo la clara luz de la mañana no se percibía el menor movimiento.

Mi querida facultad, con todos sus estudiantes por los que yo sentía tan vivo afecto, desapareció en medio de las llamas, ante mis ojos, en pocos segundos. Mi mujer no era más que un montoncito de huesos carbonizados que fui recogiendo uno a uno entre las ruinas de la casa. Todos juntos no pesaban más que un simple paquete postal. La muerte le sobrevino en la cocina.

En lo que a mi respecta, a la larga enfermedad que me produjeron mis investigaciones con los rayos X , se ha añadido ahora la enfermedad atómica en su forma más aguda, lo que unido a mi herida en el costado derecho, me ha dejado reducido al estado de inválido.

Nunca antes había sentido tan dolorosamente mi vocación de hombre de ciencia. Apoyándome en un bastón, con el cuerpo cubierto de heridas que entorpecían mis movimientos, me puse, a costa de grandes esfuerzos, a escalar montañas y atravesar ríos durante dos meses, para visitar a mis pacientes.

Al final tuve yo también un violento ataque de la enfermedad atómica y hube de renunciar a toda actividad profesional.

Los que habíamos sufrido directamente el bombardeo no teníamos la más ligera idea de qué podía ser una bomba atómica. Tampoco yo había pensado un solo instante que esa bomba representara algo tan insólito y terrible, y ello a pesar de que hube de sufrir la tremenda explosión bajo el hongo atómico. Para mi se trataba de una superbomba o de algo por el estilo. Solo cuando el hongo se hubo ensanchado para finalmente disiparse, dejando pasar de nuevo la luz, y cuando la claridad fue suficiente para poder ver algo, me dije mientras miraba entorno mío; ¨ Es el fin del mundo ¨ .

El mundo entero gritó: ¨ La bomba atómica no debe utilizarse nunca más.¨ Y , sin embargo, me entero, de que a la bomba no se la considera tan terrible ni tan inutilizable: ¨ A una ciudad no se la destruye nunca completamente... Siempre hay supervivientes ...Con el tiempo la radioactividad desaparece...Se trata solo de un arma nueva más eficaz que las utilizadas hasta ahora.¨ ¡ Más eficaz!... ¿ que saben los que así hablan?

Escrito por Takashi Nagai

( Takashi Nagai, fue profesor de la Facultad de Medicina de Nagasaki, murió en 1951 a la edad de 43 años, de las secuelas de la explosión atómica que destruyó su ciudad en 1945, su testimonio fue extraído de ediciones R. Piper y Cía., Munich, 1961)

Fuente: Revista el CORREO de la UNESCO


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