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El contrapoder de los movimientos

Aunque su presencia pública haya disminuido, los movimientos sociales de América latina trabajan por metas abandonadas por el Estado y los partidos de izquierda. Sus estrategias de protesta contribuyeron con el fin de los gobiernos en Bolivia y Ecuador.

A la sombra densa del neoliberalismo arrojado sobre América latina en los años 90, fueron germinando numerosos movimientos sociales alejados de las estructuras partidarias que lentamente se convirtieron en fuerzas gravitantes en los sistemas políticos del continente. Este racimo maduró, se extendió y se amplió durante los últimos años e influyó claramente en el rumbo de las democracias latinoamericanas.

Así ocurrió hace pocos meses en Bolivia y Ecuador cuando el impulso de los movimientos sociales fue clave para el cambio de timón en las políticas nacionales y la renuncia de sus presidentes. Carlos Mesa debió abandonar la presidencia en Bolivia y Luciano Gutiérrez en Ecuador cuando ya no pudieron contener las crisis institucionales. Una escena similar se vivió en nuestro país en diciembre de 2001 cuando Fernando de la Rúa dejó el gobierno y huyó en helicóptero (al igual que Gutiérrez) desde la terraza de la Casa Rosada. Entonces una movilización nacional, con miles de personas, que días después integrarían movimientos sociales, terminó con su gobierno.

Esta corriente movilizadora que recorre el continente tuvo una fecha simbólica que indicaría un punto de partida, un inicio en el camino de la protesta y la lucha: el 1ø de enero de 1994. Fue ese día cuando para sorpresa del mundo entero irrumpió en Chiapas, México, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Surgía casi cinco años después de la fractura mortal del socialismo real de Europa del Este y cuando las políticas del Consenso de Washington aplicadas en Latinoamérica sólo generaban pobreza, desigualdad e inequidad. El descontento y la protesta comenzaron a tomar un papel cada vez más importante y definido. De todos modos preeexistían algunos escenarios combativos en Ecuador, por ejemplo y algo parecido ocurría en Brasil con el Movimiento de los Sin Tierra.

Tuvieron su momento de exhibición pública y mediática hacia fines de los 90 y principios del siglo XXI con manifestaciones y hechos realmente espectaculares, como las marchas de los zapatistas por las calles del DF mexicano, la de los Sin Tierra por todo el inmenso Brasil, de los indígenas ecuatorianos, de los defensores del gas y del agua en Bolivia, y de los piqueteros, movimientos de fábricas recuperadas y asambleas en la Argentina.

Después de 2001 los movimientos sociales parecieron alojarse voluntaria e involuntariamente en un cono de sombra, las apariciones mediáticas disminuyeron y la relación con la sociedad en general comenzó a deteriorarse. La clase media argentina, por ejemplo, que había apoyada las marchas piqueteras empezó a ver con malos ojos la persistencia del corte de calle. Al mismo tiempo, y no casualmente, los movimientos internacionales de resistencia global también pasaron a manejar un perfil bajo y sólo aparecieron en números reducidos a protestar en encuentros de líderes internacionales como ocurrió en Escocia en la cumbre del G8 en julio pasado. ¿Pero acaso eso significa que los movimientos sociales de América latina están en crisis? Un grupo de intelectuales intentó responder esta pregunta en el coloquio internacional "De la exclusión al vínculo: Significación de los Movimientos Sociales en América latina", realizado en el Instituto Goethe de Buenos Aires.

Allí, la socióloga rural Norma Giarraca trazó un completo panorama y diagnóstico de situación de los movimientos y su voluntad de transformación: "Se está cuestionando un paradigma, un modo de producir, distribuir, acceder a los alimentos; un modo de relación con el conocimiento como ''único e infalible'' que es el conocimiento científico puesto en función de la ganancia capitalista, es decir la ''ciencia y técnica''; se proyecta otro modo de comunicarse, de educarse, de crear espacios celebratorios; se sostiene una propuesta de alimentación, de cuidado de la salud, de educación; una manera de relación entre los hombres y de éstos con la naturaleza."

Una marca de reconocimiento de la mayoría de los movimientos latinoamericanos es su postura frente a la toma del poder estatal. No hay una idea generalizada de que el problema sea el Estado y de que haya que conquistarlo por la vía revolucionaria. Por otro lado, son muy pocos los que se inclinan por el camino democrático tradicional del acceso al poder a través de las urnas, el zapatismo, por ejemplo, demostró que su interés no era la conquista del Estado. "La experiencia de los Estados socialistas de la Europa oriental nos enseña que en la medida que no se escapa de la historia, se restaura el poder, que en la medida que se reproduce el poder, que en la medida en que se reproduce el Estado, se repite el capitalismo en sus nuevas condiciones", explicó Raúl Prada Alcoreza, un sociólogo boliviano que asistió al coloquio.

Bolivia es uno de los casos recientes en que el poder fue jaqueado cuando se pusieron en discusión el destino de las reservas de agua y gas. En realidad, fueron goterones que derramaron el estanque de las demandas sociales en un país pobre y con altas desigualdades. El politólogo boliviano Luis Tapia explicó que en su país la coyuntura de la guerra del agua, ha sido una revuelta urbana a la que se unieron sectores rurales. "Fue el resultado de una movilización de algunas estructuras de organización que han activado la revuelta. Se trató de una composición de comités de regantes, sindicatos agrarios, la federación de fabriles y algunos grupos cívicos regionales de manera secundaria, pero la clave ha sido la constitución de su forma de articulación general: la Coordinadora, que es un resultado de la rebelión", clarificó Tapia. Las luchas recientes tenían como blanco, un gobierno calificado por los movimientos como "tiranía" y también se manifestaban contra la venta del gas, por su nacionalización, y por las reivindicaciones particulares de cada sector.

Otro foco de protesta social se presentó en Ecuador. "El movimiento indígena ecuatoriano no es un movimiento social", explicó durante el Coloquio del Goethe, el viceministro de Economía ecuatoriano Pablo Dávalos. "Es un cuestionamiento a todas las estructuras simbólicas, económicas, culturales, institucionales, jurídas o políticas. La plurinacionalidad que proponen los indígenas rompe con la idea del Estado uninacional". Seis presidentes constitucionales tuvo la frágil democracia ecuatoriana desde 1996 al presente. Lucio Gutiérrez fue destituido en abril pasado. Llegó al poder en enero de 2003 apoyado ampliamente por los movimientos indígenas y movimientos sociales. Pocos días después se manifestó como uno de los mejores amigos de EE.UU. en la región en plena invasión a Irak. Dávalos contó que a continuación, Gutiérrez rompió sus relaciones con sindicatos e indígenas y estableció un régimen muy alejado de sus promesas electorales.

En el caso argentino, son las organizaciones piqueteras las que tienen mayor visibilidad en sus estrategias de lucha a pesar de que se vive cierto clima de repliegue. Sin embargo, su surgimiento significó una ruptura, un punto de inflexión en la vida política sindical nacional. Las organizaciones de desocupados que surgieron en la Argentina entre 1996 y 1997 abrieron una brecha en la matriz territorial peronista cuestionando el clientelismo y politizando la figura del militante, explicó la coautora de Entre la ruta y el barrio, Maristella Svampa. "Ese es uno de los logros fundamentales —dice la socióloga—: por un lado las organizaciones desarrollan trabajo social en los barrios; por el otro, realizan demandas y buscan dar visibilidad a esa tarea a través de la acción colectiva —como son los cortes de ruta—. En este marco, la militancia social se carga de nuevos registros políticos y simbólicos. Pero hay que tener en cuenta que durante los 90 en la Argentina se consolida una nueva matriz territorial, una nueva trama organizativa que involucra a una serie de organizaciones comunitarias de contenido muy diferente, entre las cuales las organizaciones de desocupados son una expresión".

Los movimientos piqueteros fueron variando su postura con respecto a los métodos de protesta y de su relación con el resto de la sociedad. La postura del gobierno kirchnerista puso en cuestión el campo de la protesta piquetera con la parición de los piqueteros "oficialistas" que resultaron funcionales a una estrategia de gobierno.

Pero la imagen está dañada y obliga al repliegue para pensar cómo sobrevivir. El sacerdote Alberto Spagnolo, militante del UTD de Solano, dice: "Hay un cambio: cuando antes salíamos a la calle nos aplaudían y ahora nos putean. Perdimos reivindicaciones, porque perdimos fuerza. Y ante esta realidad, volvimos a nuestro territorio. Estamos aprendiendo a gestionarnos con nuestros recursos, a fortalecernos como organización, a valorar la experiencia, pero también a conocer otras experiencias, pensando cómo luchar ''sin afectar el tránsito ni la tranquilidad de los capitalinos''", ironiza.

Si bien muchos de estos movimientos están relacionados con partidos políticos, la mayoría de ellos tomó el lugar que dejaron vacío los partidos de izquierda y han producido cambios sociales y políticos. Intentan responder, en muchos casos con éxito, a las problemáticas de su entorno que un Estado desertor dejó a la intemperie. Y los casos de Bolivia, Ecuador y Argentina han demostrado que el poder de los movimientos, aunque se genere en el antipoder, es un mecanismo que saben activar.

Por: HECTOR PAVON

"Los zapatistas se levantaron cuando nadie lo creía posible">>


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