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El miedo, el odio y el mal ( un tema muy actual )

Estas tres palabras se encuentran en la raíz de los actos de violencia y toman diferentes formas según el objeto sobre el cual éstos se ejercen: racismo, exclusión, persecución, genocidio.

El racismo y la persecución ejercidos sobre el otro son un fenómeno expandido, en la actualidad, por todo el mundo: racismo y xenofobia van juntos.

Contra este odio, el psicoanálisis puede dar una respuesta: estas formas de violencia tienen un origen en un odio de sí proyectado y depositado sobre otro.

Para demostrar esta hipótesis es necesario, ante todo, diferenciar dos cosas: por un lado, existe un miedo que se remonta a la infancia; por otro, sostenemos que el miedo es un modo de manifestación de las pulsiones inconscientes. Con ambos conceptos, y en un movimiento doble, es posible adelantar la siguiente afirmación: el otro suscita un miedo que cristaliza la inmadurez y la indefensión del niño, su incapacidad para elaborar sus pulsiones.

La presencia del otro desconocido para el niño, fuera de la madre, es sentida por él como un peligro proveniente del exterior. El resultado de esta influencia exterior en el niño, se podría formular con la frase siguiente: no soy yo el frágil, sino que es el otro que me amenaza. Ante el otro, el niño reacciona con un grito que expresa, dramáticamente el miedo al otro, al extraño.

Esta posición de inmadurez y fragilidad es inherente al ser humano, no depende de las condiciones ambientales en las que el niño está insertado. Pertenece a su naturaleza humana. Con respecto a esto, Freud dice: al comienzo es el odio, la más antigua de las pasiones humanas, antes del amor.

Este odio, indisociable del miedo, es esencialmente, también un miedo de sí, una incapacidad para hacer frente y manejar sus pulsiones.

Miedo y odio comparten la misma raíz, se arraigan en la fragilidad e indefensión del individuo.

Esta incapacidad de elaborar este miedo y este odio respecto de sí mismo hace que se los proyecte hacia fuera. Al respecto, Freud va ha decir que el objeto, lo odiado y el mundo exterior coinciden con lo displacentero.

Por este mecanismo que consiste en expulsar afuera de sí aquellas pulsiones que el frágil niño no puede controlar, surge un ordenamiento de la realidad muy particular, que permanecerá así establecido para el sujeto humano: el mal esta afuera, en el otro, adjudico al otro este estado de desorden, de confusión, de desasosiego que yo experimento.

Ante este estado del ser humano, ¿qué propone el psicoanálisis?
El psicoanálisis es una técnica o una aventura que propone al sujeto reconstituir su vida psíquica, su vida interior.

Uno de los malestares mas profundos de nuestras civilizaciones, precisamente privarnos de esta vida interior. Todos estamos apurados para ganar poder, dinero, lugares de prestigios en la sociedad, y también estamos apurados por morir, sea tomando neurolépticos, alcohol o drogas.

Todo esto, ayuda a eliminar el espacio interior, para no sentir el fenómeno interno.
El psicoanálisis nos permite en cambio, resucitar lo que los griegos llamaron psique y los latinos ánima. Al hombre moderno parece que le faltara el alma. El psicoanálisis restituye esta dimensión interior, es una trasformación de la mentalidad misma, de la posición del ser en el mundo.

El hombre que esta en posesión de este espacio interior, es capaz de reflexionar y elaborar su odio, sus temores y deseos. Este trabajo interior, permite meditar sobre el mal que nos habita.

En este espacio interior del sujeto humano existe un lugar para el mal, está allí y no afuera. Mal contra nosotros mismos y contra el otro. El primero nos conduce al suicidio, que es un crimen contra sí mismo, y el segundo al homicidio.

El mal que nos habita no lo podemos erradicar, solo lo podemos apaciguar y tranquilizar, transmutar. El ser humano convive con el mal, pertenece a su naturaleza. Sin embargo se pueden encontrar formas más armoniosas de vivir con él.

Estas formas se basan en la tolerancia: respeto a los otros que no tienen el mismo color de piel, la misma ideología, cultura, sexualidad o que tienen otro lenguaje, (o sea saber aceptar las diferencias, lo distinto...)

Esto supone un gran trabajo sobre sí, una regulación interna de nuestra relación con el mal que nos constituye.

Es importante reconocer constantemente, que los seres humanos llamados civilizados, no estamos hechos de una sola pieza.

Una enorme virulencia, llamado mal nos habita, y es necesario regularla.

El mal que engendra el miedo al otro y, en consecuencia, su rechazo, paraliza la pulsión de vida y se fija a un punto, por ejemplo, racismo, y obstaculiza el desarrollo del sujeto.
Toda la libido se concentra en este punto de odio, como si fuera un punto hipnótico que fija la angustia, pero no le permite al sujeto trabajar esta angustia para volverla creadora y acceder así a los caminos de su desarrollo personal.

Para tratar de calmar esta pulsión destructiva de vida - el mal-, el sujeto busca un chivo expiatorio: el otro que es diferente de mí, que no me permite desarrollarme... Así se forman los movimientos nacionalistas, integristas, racistas, partidistas, etc.

Es fácil advertir en estos grupos, que algo de la humanidad creadora esta abolida en estos actos virulentos y agresivos, que conducen al ser humano al nivel de bestialidad.

Ese grito del niño ante el extraño, se transforma en el adulto en un puño en contra del otro, en un gesto paradigmático de rechazo a toda la civilización. (Como el dolor, de una guerra.)

Colaboración: Norma Alberro

Fuente: Revista, Imago-agenda


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