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El último bastión

"Aún controlamos la producción cultural"

El argentino Néstor García Canclini, uno de los pensadores más importantes en estudios culturales de latinoamérica, se refirió a la necesidad de defender a fondo las industrias culturales y de comunicación ante el avance del ALCA.
América latina está amenazada. Sus democracias son débiles y sus economías están quebradas. Sus pueblos, hartos de ser estafados por gobiernos dictatoriales, corruptos o incapaces miran con incredulidad el mañana o parten masivamente hacia tierras menos hostiles. Como Cenicienta, la región mira los despojos que dejó el fin de la utopía neoliberal, un proyecto que ahora el mundo académico admite como un fracaso, sobre todo, después del derrumbe de Argentina, un caso emblemático. En esta encrucijada turbadora, Néstor García Canclini confiesa su búsqueda de una "ruta de pensamiento y acción" que permita ver un futuro menos trágico para la región.

La urgencia, dice, es mucha: Se nos viene encima la firma del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en el 2005, es decir, el riesgo de que nuestra dependencia se vuelva definitiva, dijo a Zona el prestigioso académico argentino que vive en México desde 1976 y que acaba de publicar Latinoamericanos buscando lugar en este siglo, un libro donde analiza la problemática regional, y que presenta esta semana en Buenos Aires.

Haciendo pie en tres puntos medulares, García Canclini sintetiza la situación latinoamericana: Nos globalizamos como productores culturales, como migrantes y como deudores. Sobre la deuda externa no tiene dudas: Ya la hemos pagado, afirmó mientras bebía un café caliente para menguar los rigores del invierno porteño.

Sobre el altísimo número de compatriotas que se ha dispersado por el mundo subraya un aspecto positivo extienden nuestra cultura más allá de la región e incluso los imagina como futuros negociadores y difusores de nuestros intereses en tierras extrañas. Finalmente la producción cultural latinoamericana es para él un bien de carácter estratégico: Las industrias comunicacionales son áreas estratégicas en las que nuestros países todavía tienen un cierto rol. Y en esto el 2005 es una fecha clave, agrega Canclini.

-¿La proximidad del ALCA es una oportunidad para repensar esa estrategia?

-Estados Unidos está tratando de promover, a través del ALCA, la liberalización total de las inversiones en las industrias culturales. Hace años que lo impulsa desde la Organización Mundial del Comercio pero sin éxito gracias a la resistencia de algunos países europeos y de Canadá. Pero si nosotros no producimos leyes, formas de defensa y apoyo preferencial a lo que se produce en los países latinoamericanos antes del 2005, después estaremos perdidos. Vamos a quedar presos en un sistema transnacional que no sólo implicará una pérdida económica sino el fin de decidir nosotros mismo quiénes somos. Otros se apropiarán y moldearán nuestra identidad, nuestra imagen. Canadá y Francia han sabido protegerse. Por ejemplo, tiene que haber 42 por ciento de cine francés en las pantallas. Hay acciones estatales, decisiones políticas y económicas que fortalecen y dan continuidad a lo que un país es. La pregunta es si lograremos construir redes de presión social, en la Argentina y en los demás países de Latinoamérica.

-El Mercosur podría ser para eso una excelente plataforma.

-Tal vez, después de las elecciones en la Argentina y en Brasil. En este momento es imposible porque todo está trabado por la incertidumbre de quiénes van a ser los nuevos presidentes o qué relación de fuerzas va a haber en cada país.

-Pero los grupos académicos lo pueden ir pensando anticipadamente...

-Vengo de Brasil y se siente el peso de las trabas, de las frustraciones.

-Pactar con un país que desconoce abiertamente las leyes mundiales y dice que sólo respeta las suyas ¿no es suicida?

-No tenemos por qué pactar sólo con Estados Unidos. Hay otras zonas, como Asia, donde podríamos buscar otro tipo de repercusión, intercambio y de juego más diversificado.

-Pero el ALCA es con EE.UU.

-Pero si seguimos pensando que tenemos que firmar donde Washington dice y carecemos de política de relaciones exteriores y de defensa de nuestro patrimonio tangible e intangible, desde luego todo se va a agravar. Uno de los problemas es que no tenemos agenda. Hay que reconstruirla sin caer en la trampa de que es sólo económica y finalmente reductible a lo financiero. Lo económico incluye muchos otros aspectos: educación, industrias culturales, investigación científica. Eso forma parte de lo que tenemos que negociar y desarrollar para el 2005. Desde luego, dentro de América latina hay diferencias, importantes. Brasil y México son dos países que han mantenido una continuidad en las políticas de desarrollo, de investigación y de innovación tecnológica. La mayoría de los otros países nunca tuvo una política de desarrollo industrial ligada a la ciencia, a la educación y la cultura.

-Argentina la tuvo pero ¿qué falló?

-Argentina fue precursora, por eso ha exportado tantos profesionales, técnicos, científicos. Pero hubo procesos de grave descomposición interna. A veces el discurso antineolibaeral o antiglobalización se queda en las causas económicas del derrumbe. Y yo creo que no atendemos suficientemente a la descomposición interna nacional de tipo político-sociocultural de la que la Argentina es un ejemplo. El patrimonio acumulado estratégicamente por la Argentina fue dilapidado durante la última dictadura militar y luego durante el menemismo. Estos son factores decisivos para la catástrofe actual.

-Un saqueo paralelo al económico.

-La dictadura y el menemismo no sólo privatizaron irresponsablemente sino que produjeron una corrupción generalizada en el país, desintegraron las redes sociales, destruyeron el aparato político y el sindical ciertamente con un cierto grado de consenso en algunos sectores amplios de la población, no en toda. Si no se juzgan delitos tan graves como los que ocurrieron acá (y no sólo en los derechos humanos con los desaparecidos sino en otros campos), si un ministro pueden enorgullecerse de haber robado y decir que si dejáramos de robar dos años tal vez el país se arregla y cierta prensa se lo festeja, entonces, hay algo más que está sucediendo en esa sociedad. Esto, desde luego, no es un fenómeno sólo argentino. Por eso digo que hay que ponderar no sólo los efectos económicos sino también los socioculturales que produjo el neoliberalismo.

-¿Y cómo se repara eso? ¿Juzgar esos delitos sería un primer paso?

-En diciembre pasado hubo alguien que propuso juzgar delitos no sólo económicos. Revertir esos actos que destruyeron el país. Después quedó en la nada. Halperín Donghi, dijo hace unos cinco años, que es imposible pensar en juzgar a todos los corruptos, pero que sería importante elegir algunos casos ejemplares, más estridentes, y juzgarlos para crear al menos la sensación de que no hay impunidad total. La impunidad se ha convertido en una característica en toda América latina y en la sociedad crece la sensación de que la única forma de flotar entre los que nos tragan es corrompiéndose.

-O replegándose en la indiferencia, en el descompromiso. En la Argentina, los intelectuales, salvo excepciones, se retiraron, dejaron de criticar, se apagaron.

-Como dije, entre otras cosas, hubo una pérdida de agenda del país. No olvidemos que la Argentina llegó a tener el nivel que tuvo gracias a un desarrollo educativo de primer orden. A fines de la década del 50 y principios de los 60, el país aprovechó su desarrollo científico no sólo para tener varios premios Nobel sino también para que muchos equipos de investigadores, reconocidos internacionalmente, generaran innovaciones para el país. En la Argentina era un país capaz de vincular la ciencia con el desarrollo industrial y social. Hoy esto se ve en los países del Sudeste asiático. El salto impresionante que dieron en la década del 80 y del 90, esos logros que alcanzaron y que sorprendieron al mundo requirieron una alta inversión en educación, ciencia, tecnología y cultura. Nosotros la supimos tener hace muchas décadas y perdimos la perspectiva del lugar importante que eso tenía. Pensamos que podíamos ser alegres consumidores de lo que se había acumulado. Hoy tenemos una prioridad absoluta: recuperar esa agenda y ver, en las nuevas condiciones de globalización, de desarrollo tecnológico, con los rezagos gravísimos que ahora tenemos, qué es lo que se puede hacer.

-¿Y cómo se recupera esa agenda con una crisis económica tan aguda?

- Hay que dejar de tener de alguna manera el agobio de la deuda. Ya la pagamos. Gente que sabe bastante más de economía que yo, como Joseph Stiglitz, ha dicho que los países latinoamericanos no tendrían que pedirle más al FMI para saldar deudas con el FMI, sino pedir ayuda a otros organismos de crédito que apoyen la producción y el desarrollo endógeno. Una posibilidad de pensar esto es que nos están llevando a la solución que debiéramos haber tomado hace cinco años: no pagar, porque no podemos. Hay que exigir que se reconozca lo que ya se pagó, que es mucho más de lo que se debía.

-Esa decisión requiere coraje y voluntad política. ¿No puede haber represalias?

-Hay que ver dónde tenemos nuestra fortaleza y dónde nuestra debilidad. Hay que calcular hasta dónde las crisis argentinas afectan o no el orden mundial. En estos últimos años hemos tenido múltiples pruebas de que el capitalismo mundial puede funcionar con sus reglas deficientes sin que la Argentina pague lo que debe de la deuda, sin que se mantenga el nivel de consumo ni el nivel de los salarios. O sea, la Argentina puede entrar en la catástrofe en la que ha entrado y el capitalismo mundial seguir funcionando. Es cierto que pueden tratar de asfixiar al país. Hay intereses muy poderosos, no sólo de los Estados Unidos sino de España que han presionado, como sabemos, duramente, sobre los últimos gobiernos para conseguir prebendas: lo que quedaba de YPF, la luz, el agua. Pero, ¿qué tenemos? La mayor parte de los productores culturales sigue viviendo en el país, no se han ido. Lo que queda de lo poco que se invirtió en las últimas décadas para investigación científica y tecnológica ahí está. Lo que me preocupa es que no lo estamos usando y que las nuevas generaciones se están yendo masivamente...

-Los jóvenes son los que más migran.

-Y estamos perdiendo una vez más las inversiones en educación que el país ha hecho. A pesar del deterioro, la Argentina sigue teniendo un nivel de egreso de la secundaria y de la universidad bastante alto, bastante competitivo a nivel internacional. Pero en vez de usarlo adentro estamos abasteciendo mozos para restaurantes en Barcelona o en centros turísticos del Primer Mundo.

-Si existe un buen nivel académico ¿cómo se puede reorientar esa producción de conocimiento para construir políticas que beneficien al país, algo así como los "think tank" de Estados Unidos?

-Me parece que descriptivamente no es así como funcionan y se renuevan las sociedades. Los "think tank" no surgen de la nada y no operan en el vacío, sino en el sistema educativo, en programas de desarrollo industrial y tecnológico. Entonces, por un lado necesitamos nuevas ideas y nuevos modos de investigar la crisis y los procesos históricos y sociales y culturales del país, pero por otro necesitamos también renovar el conjunto del sistema educativo. Necesitamos que los maestros, incluso desde la escuela primaria, vuelvan a formar parte de un proceso de recuperación del país.

Necesitamos industrias culturales que se recompongan, que produzcan otro tipo de televisión... No se trata sólo de tener elites superesclarecidas sino capacidad de reorganizar y de relanzar todo un sistema educativo y cultural. También los intelectuales, académicos y educadores o investigadores hemos tenido responsabilidad. No hemos sabido a veces insertarnos en los lugares estratégicos. Pero creo que es en gran medida una enorme incapacidad del sistema institucional público y privado para aprovechar ese capital cultural y social

-No es sólo un tema del Ministerio de Educación...

-Es del Ministerio de Educación y el de los otros, en especial, el de Economía. En los últimos 20 o 30 años fueron los economistas los que han decidido casi todas las medidas importantes en el campo de la educación, la ciencia y la cultura. Ellos recortan los presupuestos de acuerdo con las recomendaciones de los organismos internacionales. Ellos ponen impuestos que encarecen los libros o la producción musical

rebajan los salarios de los académicos. Ellos son los que le quitan la nutrición básica al sistema científico para que pueda reproducirse. Esto es coherente con un plan de gestión de la función pública que ha entregado la responsabilidad de la economía al sector privado trasnacional y que no tiene planes de desarrollo.

-En su libro Ud. insiste en que no desarrollar la propia industria cultural no es sólo perder ganancias multimillonarias sino permitir que otros se apropien y modelen nuestra identidad, que otros reformasen, a su gusto y conveniencia, la imagen de "lo latinoamericano".

-Esto no se arregla sólo con la cuestión de la deuda externa e interna, sino que hay que lanzar nuevos programas de desarrollo que incluyan formas de coproducción y coparticipación a escala internacional. Hoy las grandes editoriales o discográficas transnacionales se están apropiando de nuestro patrimonio sin que desde América latina se adopten políticas de protección a la producción nacional.

En Argentina, antes se decía que las élites intelectuales sólo miraban a Europa pero ahora lo que está en juego no es la admiración simbólica a las metrópolis sino el ceder espacios al control y a la gestión económica de las condiciones que nos permitirían producir y hacer circular lo que nuestra sociedad requiere o produce. Y esto es verdaderamente preocupante. Es algo estructural. Muchos de los editores, directores de cine, productores de discos latinoamericanos en vez de promover una industria nacional han pasado a ser gerentes locales de los planes trasnacionales que compraron sus fondos editoriales, cinematográficos o musicales. Esto ha pasado en Brasil, en México, en Colombia.

En la Argentina, pese a las políticas erráticas del menemismo y del delarruismo en el campo cultural hubo iniciativas muy valiosas y avanzadas internacionalmente: la ley del libro, la ley de mecenazgo, la ley del cine. Unas quedaron trabadas en peleas mezquinas entre diputados y senadores, otras entre el Congreso y el Ejecutivo. Hubo presión de los lobbies internacionales para que la ley del cine no saliera y las distribuidoras norteamericanas pudieran invadir sin tropiezos el mercado interno. También pasó en México. Las iniciativas estuvieron. La sociedad se movilizó pero los legisladores fueron en general bastante irresponsables y el Ejecutivo sepultó las iniciativas y recortó los fondos.

Fuente: Clarin


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