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Cuatro siglos del Quijote

En julio de 1604 Cervantes ponía el punto final a la primera parte de Don Quijote de la Mancha, el libro que había logrado concluir en medio de las angustias de una penosísima situación económica y un ajetreado marco familiar. En agosto vendió los derechos de publicación al editor Francisco de Robles, quien a su vez entregó el manuscrito al impresor Juan de la Cuesta, dando comienzo a uno de los mayores mitos de la literatura universal.

El retrato de Cervantes pintado por su amigo Juan de Jáuregui es el único cuya autenticidad no se discute, ya que debajo del cuadro el mismo Cervantes escribió: “Este que véis aquí, de rostro aguileño, cabello castaño, frente lisa y desembarazada, alegres ojos y la nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correpondencia los unos con los otros; el cuerpo ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros...”

¿Quiénes fueron los primeros lectores del Quijote? Se sabe que por la época de su publicación apenas un 20 por ciento de la población total sabía leer, un índice que hoy puede parecer bajo pero que en realidad era alto comparado con los siglos anteriores. El crecimiento de la alfabetización tuvo que ver con el incremento del número de las universidades, cuyo número pasó de once a treinta y dos entre 1500 y 1600, merced al súbito enriquecimiento de la Corona española tras el descomunal saqueo de la plata y el oro americanos.

En ese 20 por ciento de lectores potenciales no se hallaba por cierto el pueblo raso. Los
privilegios de la alfabetización tocaban apenas sólo a los hidalgos, a los miembros de la
nobleza, a los clérigos, a los estudiantes y a los intelectuales. El resto era silencio o, más precisamente, oralidad. Cantares de gesta, romances y villancicos iban pasando de boca en boca a través de los siglos tratando de aferrarse a los movedizos andariveles de la memoria colectiva.

Los primeros lectores del Quijote fueron sobre todo los integrantes de la recién nacida clase media urbana, capaces de pagar el equivalente a unos cuatro dólares actuales por un ejemplar de aquella primera edición. Se habrían sorprendido de saber que cuatro siglos más tarde uno de aquellos ejemplares se remataría en la neoyorkina Sotheby’s en más de 6 millones de dólares.

El éxito del Quijote fue tan rotundo y fulminante que -hoy se sabe- quienes no podían adquirirlo se conformaban con alquilarlo.

Según investigaciones de la inglesa Margit Frenk, también era común la lectura del libro en voz alta ante grupos al parecer constituidos mayoritariamente por mujeres.

Pero la gran pregunta sin respuesta es: ¿Habrá sospechado alguna vez Cervantes que el libro que había escrito habría de convertirse en uno de los más importantes y emblemáticos de toda la historia de la literatura universal? De algún modo el mismo autor parece sugerirlo en algunos tramos de la inmortal novela, aunque siempre encubriendo el sentido tras el velo de su constante ironía. En todo caso, lo cierto es que el inesperado éxito de ventas no le alcanzó ni remotamente para librarlo de las durísimas penurias económicas que lo acosaron a lo largo de toda su vida.

Cuando el 26 de setiembre de 1604 le concedieron la licencia real para publicar el Quijote, Cervantes acababa de cumplir 57 años, una edad más que avanzada, sobre todo en ese tiempo, para publicar una primera gran obra. Su fama como autor dramático era prácticamente nula. Además de unas pocas poesías, el único libro que había logrado publicar, diez años antes, era La Galatea, de moderada resonancia pública. Tampoco parece que antes de escribir el Quijote tuviera demasiado clara una auténtica vocación literaria.

La prueba es que en 1590, no mucho antes de que empezara a esbozarse en su imaginación la desgarbada figura del ingenioso hidalgo, envió una desesperada petición a la Corona, en la que, haciendo valer su condición de ex combatiente en Lepanto y su ulterior cautiverio a manos de los turcos, clamaba por un puesto oficial en las Indias “en cualquiera de los cuatro que al presente están vacíos: la contaduría del Nuevo Reino de Granada, o la gobernación de la provincia de Soconusco en Guatemala, o contador de las galeras en Cartagena, o corregidor de la ciudad de La Paz.”

Para desgracia de Cervantes y beneficio de la literatura, su angustiada súplica ni siquiera obtuvo respuesta. De haberla tenido, probablemente Don Quijote no habría existido y nunca hubiera montado en Rocinante para salir a enderezar entuertos por el mundo. Y tampoco Cervantes, tras recibir los últimos sacramentos el 19 de abril de 1616, “puesto ya el pie en el estribo” hubiera podido despedirse de todos sus lectores como lo quiso hacer en el final del prólogo de “Persiles y Segismundo”, su obra póstuma: “A Dios, gracias; a Dios, donaires; adios, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto en la otra vida!”.

E.M.

En tiempos de Cervantes, las imprentas trabajaban de un modo absolutamente artesanal. La responsabilidad mayor corría por cuenta de los “cajistas”, operarios encargados de armar cada página ordenando los tipos móviles uno por uno en un marco de madera.

Los cajistas sostenían cada página manuscrita a la vista, abrochada en un caballete a la altura de los ojos para poder descifrar con más facilidad la intrincada caligrafía del autor. Cuando el texto era muy extenso, como era el caso del Quijote, intervenían cuatro o cinco cajistas a la vez, lo que obligaba a separar las páginas del manuscrito original para repartirlas entre cada armador.

Era común entonces que se produjeran involuntarias transpolaciones, a las que se sumaban los constantes errores producidos al momento de manipular los tipos móviles de madera. No es de extrañar por eso que la primera edición fuera publicada con una enorme cantidad de faltas, muchas de las cuales fueron atribuidas durante largo tiempo al propio Cervantes.

En realidad fue recién hacia 1970, gracias sobre todo a las minuciosas investigaciones del erudito Alberto Flores, que pudo probarse fehacientemente que las faltas de ortografía y alteraciones sintácticas aparecidas en el texto de la primera edición obedecieron en realidad a errores de imprenta. Flores contabilizó nada menos que 3.925 erratas, que en la segunda edición, publicada dos meses después de la primera, los cajistas trataron de enmendar, produciendo a su vez nuevas faltas y aliteraciones en el texto original, atribuibles esta vez al apuro con que debieron encarar su tarea. Por otra parte, los correctores de la época tampoco ayudaban demasiado.El obligatorio ‘Testimonio de Erratas’, previo a la publicación, consignaba: “Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original, de lo que doy fe en el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, en primero de diciembre del año 1604.”

 

La vida de Cervantes fue digna de una novela de aventuras. A los 22 años tuvo que huir a Italia para evitar ser arrestado por su intervención en un duelo. A los 24 combatió heroicamente en la batalla de Lepanto, donde las escuadras españolas vencieron a los turcos en octubre de 1571. En esa ocasión recibió un arcabuzazo en el pecho “perdiendo el uso de la mano izquierda, para gloria de la diestra”. Al año siguiente formó parte de nuevas expediciones navales. Cuando volvía de Nápoles a España fue hecho prisionero. Como los turcos creyeron que el futuro escritor era una persona acaudalada, pidieron un cuantioso rescate.

Mientras sus padres trataban de reunir todo el dinero posible, Cervantes intentó sin éxito fugarse en cuatro ocasiones. En el último intento, al ser descubierto fue condenado a muerte, salvándose gracias al sultán Hasán Bajá, quien ordenó encerrarlo en una celda especial, cargado de grillos y cadenas. En setiembre de 1580, fue por fin liberado gracias al pago de un rescate reunido por dos padres trinitarios.

En los años de escritura del Quijote, entre 1589 y 1604, encontramos a Cervantes viviendo en Valladolid, rodeado de una familia compuesta solo por mujeres: su esposa Catalina, sus hermanas Andrea y Magdalena; Constanza, hija natural de Andrea e Isabel de Saavedra, hija natural del escritor. En el barrio, la reputación de la casa distaba de ser ejemplar; tanto, que las mujeres que vivían en ella eran llamadas despectivamente “las Cervantas” por los vecinos, que en una ocasión se quejaron a las autoridades de que “aquellas mujeres recibían a caballeros tanto en horas del día como de la noche.” La exitosa publicación del Quijote no alcanzó para mejorar la condición económica de Cervantes.

El 22 de abril de 1616 murió como había vivido, en la pobreza, en el Convento de las Trinitarias Descalzas, donde fue enterrado en una fosa común, por lo que sus restos nunca pudieron llegar a ser identificados.

El personaje de Sancho Panza es tan propio del Quijote, que termina por ser parte indiscernible de él. Aún antes de hacer su aparición a comienzos de la novela, Don Quijote lo hace nacer en su imaginación, cuando expresa su imperiosa necesidad de disponer de un escudero para completar su imagen de caballero andante.

Sancho es el prototipo del campesino rústico, desenfadado y frontal, que opera como cable a tierra de la locura de su amo. Poseedor de la “bendita ignorancia de los indoctos” de que hablaba Unamuno, es de algún modo más humano y real que el fantaseoso hidalgo, extraviado siempre en alucinaciones y delirios sublimes. Son muchos los escritores a los que ha fascinado la figura de Sancho. Kafka, en su breve parábola “La verdad sobre Don Quijote”, sostiene que el caballero y su escudero configuran en el fondo un solo ser, donde el todo es mayor que la suma de las partes. Sancho Panza es además el único que intuye la gloriosa posteridad literaria de la novela. En un momento de la segunda parte del Quijote, reflexiona con total clarividencia: “Yo apostaré que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta
ni mesón, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas.”

El crítico inglés Edward Riley, uno de los investigadores más serios de la obra de Cervantes, transcribe en su libro ‘La rara invención’, varias cartas que Sigmund Freud escribió en 1884 a su entonces novia y futura esposa Martha Bernays, con quien había emprendido el estudio del castellano con el solo propósito de leer ‘El Quijote’ en su idioma original. Además de este libro, que lo maravillaba, admiraba ‘El coloquio de los perros’ (una de las ‘Novelas Ejemplares’) obra que según Riley habría de jugar un rol preponderante en la plasmación del método psicoanalítico.

En la mayoría de las casi setenta cartas que escribió a Martha, varias íntegramente en castellano, Freud analizó esa pieza, estructurada en forma de un extraño diálogo sostenido por dos perros parlantes.

A Freud lo impresionó sobre todo el momento en que uno de los perros le comenta al otro: “Desde que tuve fuerzas para roer un hueso tuve deseos de hablar para poder decir cosas que depositaba en la memoria, y allí, de antiguas y muchas, o se enmohecían o se me olvidaban. Empero ahora, que tan sin pensarlo me veo enriquecido de este divino don del habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo más que pudiere, dándome prisa a decir todo aquello que recordare, aunque sea atropellada y confusamente.” Riley señala: “Casi podríamos pensar que Cervantes lo escribió para Freud.” Por su parte, el mismo Freud se refirió varias veces a la analogía entre esa novela y la idea del analista entendido como una especie de arqueólogo que trata de desenterrar lo que se halla debajo del nivel de la conciencia o de la memoria del paciente.

“En mi juventud fui deslumbrado y sin duda influido por las ideas de Cervantes”, recordaría Freud en 1928, décadas más tarde de la lectura de aquel libro"

Fuente: Revista Cabal: www.cabal.com.ar


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