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El libro aún tiene futuro

 Rafael Calviño"Lo que importa son los títulos que no aparecen en las listas de best sellers, aunque no produzcan grandes ganancias", dice Divinsky

"La gente ahora lee más que nunca", dice Daniel Divinsky

Según el editor, el libro aún tiene futuro

No resulta extraño que Daniel Divinsky se mueva con destreza y precisión en una pequeña oficina atiborrada de libros, catálogos, originales y papeles varios. Es la escenografía perfecta y el ámbito natural para quien se dedica, desde hace cuarenta años, a la tarea editorial. Divinsky es el fundador y director de Ediciones de la Flor, una de las pocas editoriales medianas, artesanales e independientes que aún continúan en manos de sus dueños, pasados casi cuarenta años desde su creación.

Contra la impresión general, Divinsky cree que ahora la gente lee más que en otros tiempos. Dice que no sólo hay mayor cantidad de libros económicos, que suelen venir, incluso, con los diarios, sino que también se lee en la pantalla de la computadora, a través, por ejemplo, de Internet.

Aunque la editorial de Divinsky publica desde siempre narrativa, ensayo, psicoanálisis y teatro, el humor gráfico es su niña mimada y el área en la que no tiene competencia: Quino, Caloi, Fontanarrosa, Sendra, Rep, Daniel Paz, Nik y Maitena la han elegido a la hora de publicar sus tiras y viñetas. Muchos de esos libros fueron traducidos y vendidos en Europa y Asia. "Además, hoy le doy la bienvenida a la reaparición del humor surrealista. El suceso inesperado es Liniers, el dibujante de LA NACION. No sólo es un éxito enorme acá, sino que hemos vendido los derechos afuera, lo que revela que hay un humor internacional que no existía desde Copi", dice.

Egresado precoz y con medalla de oro del colegio, Divinsky ingresó a los 15 años en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, de la que salió con el título con apenas veinte años y un diploma de honor. Cultor de un humor fino y sutil, el editor admite que su vocación para el derecho era tan fuerte que se inscribió en aquella carrera el mismo día en que lo hizo en Ingeniería. Cuando vio el plan de estudios pegado en la pared salió corriendo y se olvidó la cédula. "Dejé la identidad en la Facultad de Ingeniería y la tuve que ir a buscar unos días después", ironiza.

Fue precisamente en la Facultad de Derecho donde tuvo sus primeros contactos con el plomo y la linotipo. "El Centro de Derecho y Ciencias Sociales de la facultad había empezado a publicar una colección que se llamaba Cuadernos del Centro de Derecho. La financiaba la editorial Perrot y nosotros nos encargábamos del trabajo. El director, que me llamó para ayudarlo, era Rafael Saiegh, asesinado hace poco."

En 1970, Kuki Miler -economista y compañera de Divinsky- se incorporó como socia a la editorial y Quino comenzó a publicar en Ediciones de la Flor. "Las apariciones de los tomos de Mafalda eran un acontecimiento de difusión masiva, con tiradas de 200.000 ejemplares. Se voceaba un nuevo Mafalda como el diario con las últimas noticias", afirma.

Un año después del golpe de Estado de 1976, Divinsky y Miler fueron encarcelados por la publicación de un libro infantil con un puño en alto en la tapa que fue interpretado torcidamente. "Aunque nadie lo había pensado con finalidades ideológicas, la imagen fue considerada una apología de la subversión destinada a los chicos."

Esos arrestos desencadenaron una ola de adhesiones de las editoriales de todo el mundo. Peter Weidhaas, director de la Feria del Libro de Francfort, les envió pasajes para que salieran del país. El destino elegido fue, como para muchos otros, Venezuela. Ya instalado en Caracas, Divinsky se encargó de la distribución y promoción de los libros publicados por la Biblioteca Ayacucho, dirigida por el reconocido crítico literario uruguayo Angel Rama.

Con la restauración democrática, Divinsky regresó a la Argentina y desde entonces su tarea al frente de la editorial no ha dejado de recibir premios y reconocimientos. En 1997 fue distinguido con el premio Arnaldo Orfila Reynal, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por su tarea y trayectoria como editor, y en 2004 recibió una mención especial del premio Konex por su significativo aporte a la difusión de las letras.

-¿Cómo fue su regreso al país después del exilio?

-Yo me moría de ganas de volver. Siempre tuve la sensación de que mi estadía en Venezuela era provisoria, a pesar de que era grata y de que estábamos insertados en la cultura local. En ese momento no había correo electrónico y había que pedir las llamadas de teléfono, pero seguíamos con la editorial aquí y todas las decisiones se nos consultaban por carta, que, por supuesto, demoraban bastante. En 1982 viajó a la Argentina mi mujer en un viaje exploratorio y yo estaba convencido de que le iba a parecer que todo estaba fantástico y de que finalmente nos volvíamos.

-Pero no fue así.

-No: mi mujer llegó dos días después de la invasión a las Malvinas. Entonces, lo siguiente que hice en Caracas fue comprarme una videocasetera y renovar el registro de conductor en Venezuela. Las descripciones que ella me daba, incluso sobre el estado del ánimo de amigos que estaban inflamados de fervor patriótico, me hacían pensar que la dictadura iba a quedarse más tiempo. Pero en un momento dije: tengo que ir a ver lo que está pasando, así que llegué vía Montevideo a Aeroparque el día previo a la rendición de Malvinas, el 13 de junio de 1982. Nadie estaba atento a quién llegaba y quién salía. Así que llegué y me senté en mi escritorio en la calle Anchoris el lunes siguiente, y fue como si no me hubiera ido nunca. Las cosas estaban en los cajones tal como las había dejado. Habían sido seis años borrados, como una especie de paréntesis. A los 15 días, Fogwill me trajo "Los pichiciegos", que nadie se atrevía a publicar, y nosotros se lo publicamos.

-¿Cómo era publicar bajo un régimen autoritario?

-En general, íbamos tanteando los límites. En un reportaje reciente, Andrés Rivera dice que en 1976 él había convenido la edición de un libro en nuestra editorial y le propusimos no publicarlo, cosa que es un caso de falsa memoria. Por el contrario: en el 76 estábamos por publicar una novela que era una sátira y que, de alguna manera, reflejaba la situación que estábamos viviendo, y fue el autor el que se aterró y nos pidió que no la publicáramos. Creo que llegamos siempre hasta el borde de lo posible, no de manera suicida. Pero creo que en materia de libros hay aun en las dictaduras más restrictivas una mayor laxitud que lo que sucede con el cine y el teatro, o sea que siempre hay un campo posible para infringir las reglas tácitas vigentes.

-¿Cómo describiría su oficio?

-Es exhibicionismo puro, porque el editor es como un chismoso: lee algo que le gusta mucho, va a contarles a los otros que lo leyó, para que lo lean también y para demostrar qué inteligente y qué despierto es él. Esto es así, por lo menos, del modo en que lo hacemos nosotros. Acabo de leer una cita de Einaudi, el viejo editor italiano, que es ilustrativa. Cuando le propusieron un libro de crítica y le dijeron que, en términos económicos, no sería muy redituable, él contestó: "Aquí se toman decisiones culturales". En nuestro caso, nosotros podemos hacerlo porque tenemos un fondo editorial, que es el del humor gráfico. Con eso se solventa otro tipo de apuestas. Pero se entiende que otras editoriales no lo puedan hacer.

-¿La tarea del editor acarrea responsabilidades sociales?

-Debería acarrear responsabilidades sociales. Conozco mucha gente en el país, y también afuera, que lo considera así. Hay una pequeñísima editorial vasca que ha mostrado interés en publicar en toda España uno de los libros que hemos publicado nosotros y nos manda una carta que condensa en pocas palabras lo que estamos hablando: "Somos editores desde 1976 y si en treinta años en esta actividad uno sigue de pie, será por haber tenido un comportamiento adecuado". Uno no ha dejado cadáveres en la cuneta y ama su oficio. Con la identidad de cumplir cuanto se promete, nunca he prometido nada que no fuera a cumplir... Nosotros no podemos prometer ni enormidad en los resultados ni capacidad de presión en los grandes medios de comunicación. Lo nuestro es otra cosa: es cariño y buen hacer, que a veces resulta y a veces no.

-Son aquellos que consideran que el libro no es solamente una mercancía...

-Sí, aunque hay una historia que yo cuento siempre. Cuando Angel Rama dirigía la editorial Arca, en Montevideo, editó "La hojarasca", de García Márquez, cuando nadie había oído hablar del escritor colombiano. Un día lo acompañé a una entrevista que tenía con un distribuidor y lo oí hablar de pagarés, de descuentos, de letras, de devoluciones. Yo estaba asombradísimo porque no hablaba de literatura, y entonces le dije: "Vos estuviste hablando de los libros como si fueran chorizos o pulóveres". Y él me dijo: "Es que si no los tratás como si fueran chorizos o pulóveres, no podés hacer más libros". Hay una parte que tiene que ver con la supervivencia.

-¿Qué políticas para el sector le reclamaría hoy al Estado?

-Hay una fundamental que tiene que ver con que haya más autores argentinos traducidos a otros idiomas. Es un criterio de subsidios a la compra de derechos de autores argentinos para su publicación en otros idiomas y a las traducciones. Esto lo tienen Francia, Alemania y Holanda, pero lo tiene también Brasil, y eso hace que una cantidad de autores brasileños se hayan publicado en la Argentina por varias editoriales gracias a ese apoyo, que hace menos gravosa la apuesta a autores menos conocidos, y los hace disponibles en castellano.

-¿Cómo sobreviven hoy los pequeños emprendimientos editoriales en un mercado concentrado y transnacionalizado?

-Un editor alemán de una de las transnacionales dio una explicación perfecta: los grandes grupos editoriales son como pelotas en una caja. Como son esféricas, dejan espacios e intersticios entre medio en donde las editoriales pequeñas pueden sobrevivir. Pero si esas pelotas más chicas llegan a crecer, las más grandes se las devoran, cosa que también pasa cuando los dueños se cansan y venden la editorial.

-Si se hiciera una historia de la edición en la Argentina habría que recordar a Boris Spivacow, que estuvo al frente de Eudeba y de CEAL. Fue quien logró una ampliación del público lector y una producción masiva a precios accesibles. ¿Hoy en día se lee más o se lee menos?

-Creo que se lee más, porque se lee también en pantalla. Lo que ha bajado son las tiradas de los libros de precios medios y altos, que son comprados por los sectores que están más afectados en su capacidad económica, pero ahora está, por ejemplo, la posibilidad de que con unos pesos más uno pueda comprar un libro que viene con el diario, cosa que acá antes era una rareza y ahora no lo es. Hay una mayor oferta de material de lectura correcto o digno, a precio accesible.

-¿En qué medida lo que se lee refleja el estado de la sociedad en un determinado momento?

-Sin duda, esto es así porque en momentos de gran efervescencia política el libro coyuntural que alude a temas que pierden vigencia a los sesenta o noventa días se refleja en las listas de ventas como los libros más vendidos. En estos momentos está el libro de autoayuda más o menos disfrazada, o el libro vagamente esotérico de interés ficcional, como "El Código Da Vinci". En realidad, creo que lo que importa son los libros que se venden mucho y no aparecen en la lista de best sellers. Las cifras pueden no ser tan grandes, pero son muchos y son más significativos.

-En estos años muchos vaticinaron el fin del soporte en papel y el auge del libro electrónico. ¿Cuál es el futuro del libro?

-Había gente que preveía el final del libro, pero eso finalmente no sucedió. Cuando se hizo aquel congreso internacional de editores, buena parte del patrocinio económico surgió de las empresas que hacían e-books, que trataban de decirnos que se acaba el papel como soporte. Pero eso no pasó porque, entre otras cosas, a la gente le sigue gustando el contacto con el papel y el libro.

El libro va a persistir siempre. En una mesa redonda que se hizo en el Salón de los Jóvenes en una Feria del Libro un ingeniero en computación fue quien dijo la frase más feliz y más poética sobre el futuro del libro, porque planteó que nadie se podía tirar al sol en la arena con la computadora para leer un texto, y que no se podían guardar los pétalos de una flor que recordara un amor perdido dentro de otra cosa que no fueran las páginas de un libro.

Por Astrid Pikielny
Para LA NACION

Fuente:: www.lanacion.com.ar/725843


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