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Hecho poetico y poesía

1. CADA POEMA UNA PEQUEÑA CREACION

Abundan las personas que “no se llevan bien” con la poesía, aunque muchas veces hagan serios esfuerzos por lograrlo, y a pesar de que tengan –como hemos observado con frecuencia- muy buena formación en otros campos del conocimiento. Nos pasó a nosotros mismos, antiguamente ajenos a ese género que veíamos “impráctico”, lleno de artificios, individualista y con escasa proyección social.

Por eso nos parece oportuno exponer, aunque más no sea, ciertas claves o referencias que puedan reducir esa brecha tan frecuente entre la lectura de un texto poético y la captación de su sentido; lo que determinaría –es nuestra esperanza- una gozosa conjunción.

Acaso la primera pregunta que deba responderse pase por la intencionalidad del poeta. Es decir, por qué alguien dice las cosas de una manera que, al principio, en un primera lectura, parecieran estar expuestas desde otra perspectiva del habla, como si nos asaltaran desde una forma agazapada del lenguaje.

Dibujo Realizado por Martha Magnin

Se nos ocurre un ejemplo a partir de la gradual “complicación” que pueden tener las imágenes o la grafía de cualquier anuncio publicitario. Una primera forma de exposición se nos ha presentado, históricamente, con un estilo nada más que lineal, sin ningún tipo de elaboración: Apenas el nombre de un producto, y alguna de sus propiedades básicas. En otro momento hemos visto las cosas escritas con algún tipo de remarcación, letras más artísticas, sugerencias más elaboradas.

Siguiendo el proceso observamos el surgimiento de cierta distribución especial de las palabras, con quiebre de sílabas, contrapunto de letras mayores y menores, oposiciones de color, frases de impacto. Más adelante, ondulaciones, movimiento, apoyo de sonidos, etc.

Un anuncio que al principio dijese, por ejemplo, “tome más leche”, puede terminar con la cara de un niñito feliz, una vaca mugiendo o, como en una vieja película, con los senos enormes de Anita Ekberg derramando su gracia sobre un sacerdote torturado. Y todo para qué, para decir lo mismo, pero de una manera diferente. Con la esperanza de que cada nueva vez lo sea mejor, más convincente, más hermoso, más inolvidable.

Ese mismo es el camino del poeta: Decir algo, como si fuese la última manera de hacerlo, como si lo dicho antes sólo hubiera sido una aproximación a lo que debiera decirse.

Porque no se puede cambiar el modo de que un hombre nazca, pero cada nacimiento puede celebrarse de mil forma distintas. Y eso un poeta lo sabe y por eso su oficio consiste justamente en la persecución de lucerías imprevisibles. Cada poema deviene, entonces, una pequeña creación.

Con la cual se manifiesta, además, una de las tendencias contradictorias básicas del hombre: la de rechazar y de oponerse a situaciones dadas. En este caso, una forma del lenguaje, una combinación ya convenida de las palabras (así como otras personas expresan lo contrario, aceptando los usos y las convenciones como si hubieran nacido “para siempre”).

El ofrecimiento de una nueva forma es, en definitiva, otra manifestación de la voluntad de búsqueda del hombre, de su curiosidad infinita. Siempre frente al mar se ha querido descubrir lo que había más allá del agua. Frente a las montañas infranqueables, lo que se vería después de atravesarlas.

Frente a la inmensidad del espacio, la cara oculta de la luna, la luz primera de la noche infinita. Frente a la suma de todas las palabras, las palabras que faltan, las que pueden juntarse para soñar lo que no se posee, para explicar, por fin, lo que todavía no tiene explicación. En esa aventura, profundamente humana, sobre la materialidad de un lenguaje, la poesía se mueve, pacientemente, con la vigilia y el ardor de una araña que teje y desteje sus misterios.

2. HECHO POETICO Y POESIA

En el simple curso de los días, observamos, con cercana frecuencia, una suerte de percepción natural de ciertos hecho o situaciones cargados de “sustancia poética”. Una puesta de sol detrás de las montañas o de un mar o de un río que gradualmente se oscurecen. La caminata de dos enamorados que se juran promesas mientras pisan esa luz crujiente que un otoño acumula como si fueran hojas de sus sueños.

Un hombre mutilado que se obstina en vivir. Una mujer encinta que mueve la pesada gracia de su vientre... Diarias revelaciones, en fin, frente a las cuales, el comentario social admite y reproduce la calidad de “lo poético”. Pero ello solamente constituye la “punta del iceberg” que buscamos interpretar.

La extensión del tema es mucho más vasta y profunda. Y requiere, además, una determinada consistencia, una expresión literal, aquello que lo vuelve “poesía”.

No todo “hecho poético” se transforma en poesía. Siempre se necesita, para ello, el trabajo de un hombre que lo exprese con sus palabras, combinadas de manera tal que lo definan y lo instalen en la conciencia de los otros. Dos cuerpos humanos enlazados por el amor, siempre han significado lo mismo.

Pero tuvo que pasar mucho tiempo, incidir sobre el hecho una cantidad inmensa de palabras, de alegorías plásticas, rítmicas, musicales, y hasta infinidad de batallas ideológicas en torno a los conceptos de “pecado”, los rechazos a la desnudez, la admisión de crecientes libertades sexuales, para que al fin de todo ese proceso se reconozca en la conciencia de la sociedad su vitalismo poético, su expandida, aceptada y celebrada hermosura.

Estas “alquimias” no se producen automáticamente, con la causalidad de una secuencia matemática. Necesitan historia. Es decir, indagación y conflicto, repliegues y validaciones permanentes. Por eso ocurre que hay hechos poéticos transferidos al lenguaje hasta llegar casi a un punto de saturación, sobre los cuales cada vez es menos posible referir alguna novedad. Y otros que todavía no han sido descubiertos.

Existe también otro proceso, basado igualmente en las propiedades del lenguaje, que recorre un camino exactamente inverso.

Es decir, no produce “poesía” a partir de situaciones que la sugieren y precipitan, sino que la “inventa”, es decir, crea imágenes y revelaciones “poéticas” desde hechos y situaciones que a primera vista carecen de sustancia para conseguirlo. Pero eso es justamente lo que puede lograr un poeta de verdad. Nunca concebir un fruto de la nada, una espiga sin una semilla originaria.

Pero si hacer esa semilla, encontrarla en las variaciones infinitas de la palabra y en su magia escondida.

Generaciones de hombres vieron esos insectos luminosos que llamamos “coyuyos” (luciernagas), sin hallarles acaso otra poesía que matarlos para luzcan en sus dedos como un anillo fúnebre. Hasta que un día, un poeta, nos aproxima por fin a todo lo que tienen para decirnos:

“Yo estoy aquí, lejanamente solo. Oyéndolos.

y nombrando las cosas de mi tierra

por las que me apasiono y me entristezco.

Digo que ello vinieron a madurar las frutas,

digo que ellos se beben la savia y que la cantan

y digo que todo este día luminoso en que yazgo

es una fruta inmensa y dulce en medio del verano.”

También las palabras puede combinarse para mostrarnos, inesperadamente, que aún en soledades de agonía, en la inmensidad de un sufrimiento, puede haber un sitio para que la belleza lo ahogue o lo mitigue:

“En los establos olorosos donde me envuelve la oscuridad yo recibo a la muerte y conversamos hasta que lame dulcemente mis labios.”

Y esto es lo que hace verdaderamente iluminadora y grande a la poesía. Por un lado su capacidad de creación, lo oscuro demiúrgico del poema. Y por otro, la carencia de límites para ese proceso creativo. Todo es “poetizable” en tanto se halle o se invente la palabra exacta.

Pero esta grandeza marca también su debilidad y su riesgo. Muchos nuevos intentos mueren o deben esperar largos años hasta que la originalidad de una voz complete su destino: los primeros oídos que la reconozcan.

Fuente:Charlas desarrolladas por José Luis Menéndez ("Alphalibros", Mendoza, Argentina).


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