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Breve Historia Del Libro

Los Soportes

Cada soporte propone una recepción determinada del contenido que porta. Su materialidad puede fomentar, pongamos por caso, una lectura erudita e interactiva -como se daba con los grandes libros medievales, que obligaban al lector a sentarse y que permitían la toma de notas al margen de los textos-, una lectura ligera y cómoda -piénsese en los libros de bolsillo, portátiles por definición, que terminamos leyendo en los transportes públicos-, o una lectura reverente -recordemos esos libros empastados en cuero, duraderos y pesados, que asustan por su tamaño y cuyos ribetes dorados hacen aumentar en nuestro imaginario la autoridad del autor en la materia-. El soporte, como vemos, determina la apropiación de la obra por parte del lector: promueve ciertas lecturas -por ejemplo, alguna de las recién mencionadas- y desestima otras.

Puede servir, por lo tanto, recorrer la historia de los soportes para acercarse a la del libro y, yendo más lejos (en modesta medida), a la historia de la cultura. Digamos entonces que los primeros 'libros' fueron los usados por los sumerios y los babilonios y que consistían en planchas de barro que contenían caracteres o dibujos grabados con un punzón. Eran de difícil conservación, por lo que se las exponían días enteros al sol para que se sequen.

Más tarde, todavía siglos antes del año 0, se extendió el uso de los rollos de papiro, sobre todo entre los egipcios, los griegos y los romanos. Estas láminas eran de un material parecido al papel que se extraía de los juncos del delta del río Nilo, y se enrollaban alrededor de un palo de madera. El texto se escribía en densas columnas y en una sola cara, y se podía leer al desplegarlo. Este rollo variaba en su longitud (el más largo que se conoce era de nada menos que de 40,5 metros).

La lectura de estos soportes, fácil es imaginarlo, era fatigosa. Requería de las dos manos del lector (cuando no de las de otra persona) para sostener el rollo e ir pasando los caracteres. Era un medio útil de conservación de textos, pero no servía para su estudio. Además, si bien Atenas, Alejandría y Roma eran grandes centros de producción de libros, y los exportaban a todo el mundo conocido en la Antigüedad, el copiado a mano era lento y costoso, y sólo las clases poderosas podían permitirse el lujo de acceder a ellos. La mayor parte de los conocimientos se transmitía de forma oral, por medio de la repetición y la memorización, y, por lo tanto, el acceso al saber quedaba restringido a quienes rodeaban a los poseedores de estos 'libros'.

Como los papiros se revelaron pronto muy frágiles -la toma de conciencia respecto de su debilidad se llevó consigo muchos manuscritos irrecuperables-, se sustituyó su uso por el del pergamino y otros materiales derivados de las pieles secas de animales. Pero el formato permaneció igual. Recién en el siglo IV después de Cristo el rollo se trasformó en códice, cuya forma básica es la misma que la de los libros actuales.

En un principio, este tipo de libro se usaba para registros contables o como manuales escolares, y consistía en un cuadernillo de láminas rayadas hechas de madera y cubiertas de cera, de modo que se podían escribir con algo afilado y borrarlas después. Entre estas tabletas se insertaban, a veces, hojas adicionales de pergamino. Con el tiempo, fue aumentando la inclusión de las hojas en disminución de las tabletas. Así se llegó a hacer los códices solamente con cuadernillos plegados entre dos planchas de madera que se ataban con correas.

En la Edad Media

En la Europa de comienzos de la Edad Media, eran los monjes quienes escribían los libros y determinaban sus contenidos. Hacer libros dejó de ser una quehacer meramente cultural para ser una actividad religiosa. Los libros se producían con todo lujo: contenían dibujos realizados en tintas doradas y de otros colores, que servían para indicar los comienzos de sección, para ilustrar los textos o para decorar los bordes del manuscrito. Tenían portadas de madera, reforzadas a menudo con piezas de metal, y cierres en forma de botones o candados. Muchas de las portadas iban cubiertas de piel y, a veces, estaban adornadas con trabajos de orfebrería en oro, plata, esmaltes y piedras preciosas. Estos bellísimos ejemplares eran auténticas obras de arte en cuya confección intervenían artistas, orfebres y escribas profesionales. Y, como buenas obras de arte, eran objetos escasos y costosos.

Ya en el siglo VI a. C., en China, se imprimían textos utilizando pequeños bloques de madera con caracteres incisos. Por supuesto, imprimir libros a partir de bloques reutilizables resultaba más rápido y cómodo que tener que escribir las distintas copias del libro a mano, pero se necesitaba mucho tiempo para grabar cada bloque, y se podía utilizar para una sola obra. Recién en el siglo XI, los chinos inventaron la impresión a partir de bloques móviles, que podían ensamblarse y desensamblarse entre sí para componer distintas obras. Hicieron, sin embargo, muy poco uso de este invento, porque el desmesurado número de caracteres de su idioma -unos 7.000 ideogramas- volvía, en la práctica, inabordable el empleo del sistema.

Pero la nueva tecnología sí prosperó en Europa, sobre todo a partir de Gutenberg, que fue quien dio con la aleación óptima para fundir los tipos móviles. La Biblia que publicó en 1456 fue el primer libro impreso con este sistema. Estos avances tecnológicos simplificaron la producción de textos, convirtiéndolos en objetos relativamente fáciles de confeccionar y, por tanto, accesibles a una parte considerable de la población. En el siglo XVI, el número de obras y el número de copias por cada obra aumentaron de un modo espectacular.

Sin embargo, a pesar del cambio extraordinario en la fabricación y en el comercio del libro que implicó la imprenta, se dice que la verdadera revolución del libro es la que mencionamos al principio, la del paso del rollo al códice, porque es este el salto que modifica más profundamente la percepción de los contenidos, la apropiación de los textos y la relación con la cultura escrita.

Libro digital

Un salto que los teóricos consideran casi tan amplio como el que separa al libro en papel del libro digital.
modo de acceso al libro, y junto con esto, llegaron nuevas formas narrativas y nuevos posicionamientos del lector y del autor.
El texto dado a luz por las nuevas tecnologías ya no es secuencial, es decir, ya no impone una lectura lineal. El hipertexto (que es, para definirlo con palabras simples, una serie de bloques de texto conectados entre sí por nexos que posibilitan a los usuarios diferentes itinerarios) es, por el contrario, potencialmente multidireccional. El lector no se somete a la disposición planteada por el autor, sino que elige qué trayectos recorre entre los que se ofrecen.

Por supuesto, esto afecta a la producción de sentido. El lector conecta el texto con otros, e interactúa en el encadenamiento de contenidos. Se convierte en un lector sumamente activo, que establece puentes según sus intereses y plantea espacios alternativos.

Dice Roland Barthes en S/Z (1970) que "el objetivo de la obra literaria (...) consiste en hacer del lector no un consumidor, sino un productor del texto. El lector no queda atrapado por ninguna organización ni jerarquía...". Esta expresión referida a la literatura resulta asombrosamente vigente para contar lo que se torna posible hoy gracias a la aplicación de las nuevas tecnologías al campo cultural.

La digitalización de los textos ha traído profundos cambios que implican un progreso en muchos sentidos, si se piensa en que acerca a los usuarios grandes y variadas cantidades de información, permite a los lectores multiplicar los trayectos de lectura, fomenta su creatividad, vuelve accesibles los costos de edición y, en consecuencia, los costos de los libros. Cumple, en definitiva, con parte de los ideales de la democratización de la cultura y se condice con el concepto -cada vez más incorporado por los intelectuales- de conocimiento como construcción conjunta, social.

La nueva alianza

Cuando surgieron las primeras editoriales digitales, los apologistas de las diferencias, los críticos radicales de siempre, los tradicionalistas y oportunistas del mercado legítimo libraron una lucha simbólica y económica para devastar el uso tecnológico que democratizaría el acceso y la participación en materia de difusión literaria. La historia siempre se recicla. Cuando Platón vaticinó que la escritura adormecería la memoria, muchos de sus fieles levantaron las banderas de la tradición oral, oponiendo ilusamente dos formas de expresión cultural perfectamente convivientes.

Lo mismo sucedió en otros campos: el automóvil suplantaría al ferrocarril, la videocassetera familiar al cine, la televisión al teatro, la radio a la conversación cara a cara, el supermercado al mercado de barrio, la macdonalización al fordismo, el microhondas a Doña Petrona y así podríamos seguir la lista hasta puntos inimaginables. Pero lo cierto es que la fantasía orwelliana está muy lejos de ser alcanzada y que en el mundo contemporáneo todo se acerca más a la metáfora del pastiche que al añorado palimpsesto cultural. Estilos, formas, producciones y usos conviven de la más extraña manera sin que los garúes del Apocalipsis logren satisfacer sus profecías.

Las editoriales digitales han dado un paso en este sentido. La tinta y el papel puede convivir con las nuevas tecnologías y los usuarios de la red pueden disfrutar de la lectura a la vieja usanza haciendo su pedido desde su personal computer. Un libro digital no es un libro impreso, pero un libro digital puede ser impreso sin dejar de ser digital. Los formatos no son intercambiables pero pueden convivir gracias a los beneficios que aportan los nuevos sistemas de edición On line.

El libro en papel y el libro digital se darán la mano, a pesar de las voces detractoras de unos y de otros. Cuando todo comenzó, hace ya más de una década, la discusión giraba en torno a una pregunta casi retórica: ¿podrá el libro electrónico suplantar al de papel? La respuesta ya está entre nosotros: no.

Porque nada suplanta a nada en la historia sino que lo incorpora, y así los amantes de la tinta y el papel se encontrarán con modernos argonautas sin que medie entre ellos el menor resquemor.Después de todo, en la diferencia se suma y no a la inversa. Estará en nosotros y no en las nuevas tecnologías dejar atrás viejos y caducos axiomas.

Por: Laura Vázquez

¿Qué es esa cosa llamada "libro"?

Ahora, más que nunca, sabemos que un libro no consiste en 500 gramos de papel y 50 gramos de tinta. El papel y la tinta pueden ser reemplazados por marcas magnéticas en un disco, o por elementos aun más evanescentes, tales como las cargas eléctricas que representan ceros y unos en la memoria RAM de una computadora de mano o un e-book reader (aparato para leer libros electrónicos).

El libro no es el papel ni la tinta, ni consiste en el disco rígido de una PC o en la memoria RAM de una Palm. El libro es la información almacenada en esos dispositivos; es el orden de las oraciones, las palabras y las letras dictadas y dispuestas por un autor. Y, sobre todo, el libro es LA OBRA, el resultado del trabajo del escritor. El libro es ese contenido inscripto en algún lugar de la nueva atmósfera que respiramos, hecha de información almacenada en diversos soportes. Pero aunque el soporte y la forma de presentación sean sustituibles, siguen siendo muy importantes.

Las características de los diversos formatos y soportes están determinadas por todo tipo de consideraciones tecnológicas, económicas, prácticas, y culturales. Y, por supuesto, el sentido común nos indica que el soporte debe ser agradable y cómodo, como lo es en el caso de un buen libro en papel de edición cuidada.

En esa cosa llamada libro interactúan forma y contenido, esencia y apariencia. No solamente el contenido debe presentarse en el formato mas adecuado, sino que también el formato afecta al contenido, cambia su naturaleza.

El formato "canción de tres minutos", una mera necesidad comercial de las emisoras de radio, ha impactado en el modo en que la música pop se compone y se produce, y en el largo plazo ha afectado nuestra sensibilidad musical misma, en tal medida que actualmente los oyentes demandamos canciones que duren tres minutos, como si ese fuera el tiempo de vida natural de toda obra musical. Entendemos el lenguaje y los momentos internos de las canciones de tres minutos, con sus introducciones, estrofas, estribillos, coros, solos, y finales.

También el formato paper científico, gracias al aval institucional de las agencias de financiamiento y los órganos de difusión (los journals) de la ciencia contemporánea, ha modificado el modo de trabajo de los científicos, quienes ya no componen monumentales tratados en los que se revise los fundamentos filosóficos y la literatura existente, y se desbrocen largas argumentaciones en torno a un tema dado. Por el contrario, en las modernas revistas científicas y en las presentaciones en congresos (de 15 o 20 minutos) los científicos citan solamente los últimos resultados obtenidos en su área de trabajo y publicados en journals especializados, y exponen el problema abordado, la metodología, y los resultados. Quien no se atiene a este protocolo, quien no respeta estrictamente las reglas de citado y los formatos de exposición, es excluido, pierde su voz y voto en la discusión académica. El formato paper ha transformado la forma de hacer ciencia, y el contenido del pensamiento científico.

Estas consideraciones sobre el formato podrían hacerse a propósito de muchos fenómenos de nuestra vida cotidiana, tales como los flashes informativos de la televisión, o los banners publicitarios de los sitios web. La conclusión será, en cada caso, que la forma y el contenido se modifican el uno al otro; que los formatos impactan en nuestro modo de pensar (de paso: eso es lo que hace a Microsoft Corporation tan poderosa, y a su monopolio tan amenazador).

Vivimos en la era de la información desperdigada en millones de canales y codificada en los lenguajes naturales y artificiales más diversos. Las imágenes se multiplican, los textos se fragmentan, los mensajes se reproducen viralmente. Tras tanto copiar y pegar, ya no se sabe dónde está la voz del autor. No es fácil determinar el responsable de lo que usted lee ahora, quién sabe en qué soporte, en qué formato, en qué protocolo.

Regresando a la pregunta del título, advertimos ahora que, en plena posmodernidad, el libro (en papel o electrónico) nos conecta con una experiencia de la (supuestamente) ya superada era moderna. Al leer un libro, nos sometemos, por un período de tiempo más o menos prolongado, a la letra y la voz de un escritor.

Alguien firma, alguien con la autoridad del autor se hace responsable de la obra. Ponemos nuestra realidad entre paréntesis y nos sumergimos en el mundo de su ficción, en la música de su poesía, o en los argumentos de su ensayo, según sea el caso. La mayoría de los buenos libros se presenta de este modo, como una unidad de sentido, como una textura con coherencia interna, que exige nuestro tiempo y nuestro trabajo para cosechar lo que alberga (razonamientos, emociones, belleza, conocimiento).

Y se obtiene así un efecto mágico. Esta magia es incluso muy anterior a la modernidad, puesto que ya caracterizaba a los libros de la antigüedad, como por ejemplo la Ilíada o los libros del Antiguo Testamento. Esas palabras, esas marcas que han vencido al tiempo y la distancia, que han viajado desde el autor hasta nosotros, nos afectan, nos hacen sentir y producen sentido.

Eso es un libro.

Por: Gustavo Faigenbaum

Fuente: www.librosenred.com

SITIOS DESTACADOS DE LITERATURA

Literatura argentina contemporánea:
www.literatura.org/

Proyecto Biblioteca Digital Argentina:
www.biblioteca.clarin.com/

Escritores y Literatura Argentina:
www.eojeda.com/a_litera.htm

La Literatura en la Argentina:
http://168.83.21.26/olimpi97/Literatura-Argentina/home.htm

Literatura argentina del siglo XIX:
www.comunidad.ciudad.com.ar/ciudadanos/candido/index.html

El túnel:
http://www.eltunel.com.ar/

Literatura argentina contemporánea. Escritores:
www.cbc.umn.edu/~ernesto/escrfr.html

Portal del libro. Literatura argentina:
www.portaldellibro.com/argentina/index.htm

Portal del libro. Escritores argentinos:
www.portaldellibro.com/argentina/i_escritores.htm

Un siglo de Borges:
www.buenosaires.gov.ar/cultura/biblioteca/borges/

Mi Borges.com:
http://www.miborges.com.ar/

Los libros y la noche. Una página sobre Jorge Luis Borges:
www.galeon.com/borges/

Roberto Arlt:
www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Arlt/index.html

El Escarabajo. Lista de Literatura:
http://www.elescarabajo.com.ar/

El sello, el cráneo y la sed:
www.geocities.com/SoHo/Lofts/8234/

El Aleph.com:
http://www.elaleph.com/

Bibliomano.com.ar:
http://www.bibliomano.com.ar/

El Broli argentino:
http://elbroli.8k.com/

Literama:
http://www.literama.net/

Autores jóvenes de Argentina:
www.csf.colorado.edu/argentina/authors/indexsp.html

Biblioteca virtual Miguel de Cervantes:
http://cervantesvirtual.com/

Biblioteca Virtual Universal:
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Educ.ar. Biblioteca Pública Digital:
www.educ.ar/educar/superior/biblioteca_digital/libros/

El Martín Fierro.com.ar:
www.dmphome.com.ar/martinfierro/

El gaucho Martín Fierro:
www.cbc.umn.edu/~ernesto/Fierro/index.html

La página de cuentos:
www.zap.cl/cuentos/

Literatura argentina. Escritores clásicos y sus obras:
www.geocities.com/CapeCanaveral/2404/literatura/litera.htm

Bibliomano.com.ar. Libros electrónicos:
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