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Mi refugio y mi prisión

Una mujer

Cristina Elena Amado

Capitulos :

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CAPITULO 1

En un pueblito llamado Gutas, allá donde nadie cree que pueda existir gente y menos aún vivir feliz, vivía doña Mariquita, la partera del pueblo. Ya estaba entrada en años, se le calculaban unos setenta, pero jamás hubo confirmación de su parte, se había perpetuado en el lugar hacía como cincuenta años, tampoco había registros de ello, cuando se percataron de su presencia la necesitaban demasiado como para hacer preguntas, y así fue su primer parto. Ahora era una mujer regordeta, muy rubia con ojos bondadosos y tristes color cielo, su contextura era robusta para nada delicada lo que contrastaba enormemente con sus modales y su trato que eran, para con todos, los de una madre cariñosa y comprensiva. Cuentan los aburridos que cuando llegó al pueblo había sido una mujer muy hermosa y frágil como el cristal, muy pretendida en el lugar, aunque nunca le dio oportunidad a nadie, no se casó ni tuvo hijos. ¡Y Dios sabe que trajo cientos al mundo en esos cincuenta años!. Nadie sabe porque, gentilmente, siempre rechazó las propuestas de matrimonio recibidas. Para una mujer como ella, la sobrina del sepulturero, los candidatos eran más que aceptables. Algunos decían que por venir de la ciudad se creía gran cosa, pero doña Mariquita no era así en realidad.

Don Cosme, su tío, con quien ella vivió desde que llegó al pueblo era un viejo solitario y temido por su oficio. Siempre hablaba, cuando encontraba quien se animara a escucharlo, sobre una hermana y una sobrina que vivían en la ciudad, decía, que un día iban a venir a visitarlo. Conforme fueron pasando los años todos atribuyeron la historia a la soledad del pobre viejo y dejaron de darle importancia lo que lo entristeció enormemente y lo dejó sin tema alguno de conversación.

Cuando llegó Mariquita y la llevaron a casa del viejo unos vecinos que, no se sabe bien si le creían o le querían creer para aminorar su propia rutina, la cara de sorpresa de Cosme fue tan grande que se diría nunca había visto a esa mujer. De hecho no había foto alguna que atestiguara los cambios de su sobrina, ya era toda una mujer, tal vez el pobre hombre la había visto muy pequeña y no podía creer lo crecida que estaba, o tal vez, lo que no podía creer era que lo haya ido a visitar. ¿Quién en su sano juicio querría vivir con un sepulturero?. Lo cierto es que Mariquita, lejos de quedarse unos días, se quedo. Cosme había fallecido ya y ella seguía ahí, en la misma casucha de la lomada lindera al cementerio. A los muy santurrones les gustaba decir que había triunfado la vida sobre la muerte, ya que ella los traía al mundo y él los enterraba; pero Mariquita no dejó de llorar ni por un momento la muerte del buen Cosme, a quien quería como un padre y, de hecho, no pasaba un día que no extrañara su compañía llena de anécdotas que nadie nunca había querido escuchar; y hubiese preferido irse primero. Cosme la quería muchísimo también, antes de morir le dijo: "No llores, el día en que llegaste a mi puerta atendiste tu segundo parto, porque ese día yo nací, y no cambiaría por nada los años compartidos, conmigo muere tu secreto y estoy seguro que el buen Dios ya te perdonó hace mucho, mucho tiempo, y sino cuando me encuentre con Él me pelearé, no lo querré más y te voy a esperar en el destierro en una chocita como ésta, pero no tengas miedo ni te andes disculpando con esta gentuza, sos mejor que todos éstos juntos, no te dejes engañar, ni confíes en nadie, yo te voy a estar esperando ya sea arriba o abajo. ¿O es que acaso pensas que el infierno pueda ser peor que esto?, ya pagaste, no te culpes, no llores por mí y tratá de arrancarle a este desierto de embalsamados un cachito de felicidad si podés, vos fuiste el mío y siempre te voy a querer; pero me tenés que prometer que nunca, pero nunca vas a contárselo a alguien..." esperó que Mariquita asintiera entre sollozos con la cabeza y se fue. Lo enterró ella misma leyendo unas oraciones en un misal viejo tal como lo había visto a Cosme hacer con sus muertos y le hizo una lápida en piedra que decía: "A mi muy querido tío Cosme: Gracias". Su tumba tubo muchos visitantes, no porque a alguien le importara su muerte, sino porque les intrigaba la leyenda de la lápida, nunca pensaron que alguien pudiera sentir sino miedo por él, mucho menos podían imaginar que alguien lo quisiera y una lápida de agradecimiento ya era insólita para sus estrechas mentes. Algunos decían que su atormentado espíritu deambulaba por las noches asustando a la gente. Pero Mariquita sabía que a Cosme no le gustaba perder su tiempo, así que de poder volver del más allá sería para sentarse a hacerle compañía a ella. Ella a su modo se las había ingeniado para sentir su presencia al no cambiar absolutamente nada de su lugar, inclusive, tendía una vez por semana la cama de Cosme con sabanas limpias como solía hacerlo cuando vivía. Ahora ella también se encargaba de los muertos.

Cosme era carpintero así que confeccionaba los ataúdes, ante su ausencia éstos eran traídos de un pueblo cercano, pero ella no había querido que nadie ocupara su lugar así que se ocupaba del pesado trabajo de los entierros también.

Algunos pueblerinos aprehensivos no querían solicitarla como partera, o se hace una cosa o la otra, decían; pero Mariquita ya tenía su reputación hecha, la gente la quería y confiaba en ella así que el desprecio no duró mucho, ni tampoco resintió su carácter en absoluto, ella era realmente alguien especial.

Por mucho tiempo más en la casucha de la lomada lindera al cementerio vivió quien traía y llevaba vidas.
Conforme fue pasando el tiempo, Mariquita fue poniéndose anciana así que entrenó como partera a su más asidua clienta Diana.
Diana había parido once veces, todas ellas atendida por Mariquita, ya se habían hecho prácticamente amigas y Mariquita sostenía que si alguien aparte de ella sabía de partos tenía, forzosamente, que ser Diana, así que por algunos años la llevó con ella como asistente.
Un buen día Diana vino a buscarla para atender a Carola, una madre primeriza, fue entonces que Mariquita le dijo:"Y bueno, va a tener que ir la partera del pueblo". Diana se puso muy nerviosa, una cosa era tenerla a doña Mariquita al lado aunque el parto lo estuviera atendiendo ella; pero ¿ir sola? eso era otro cantar

-Doña Mariquita no me puede hacer esto, yo la necesito ¿y si algo sale mal? Carola es primeriza
-En estos últimos tres años te he enseñado todo lo que sé, de hecho hubieras podido atender vos misma tu último parto, la magia del nacimiento se desarrolla sola, lo único que nosotras hacemos es ayudar, confío en tus habilidades y por eso es que vas a atender éste y todos los que vengan después, yo ya estoy muy vieja y pronto he de morir. Quiero que seas la que me de sepultura al lado de mi tío, en esta cajita de madera está la leyenda que quiero en mi lápida, sólo después de mi muerte quiero que la abras, así que hasta entonces la voy a poner dentro de éste cajón, donde sos la única que sabe que se encuentra, espero que sepas guardar el secreto.- respondió Mariquita mientras la miraba tiernamente.

Cuando terminó de guardar la cajita acompañó a Diana a la puerta, la palmeó suavemente en la espalda y entró de nuevo a su casa. Diana tenía los ojos empañados y sentía una angustia tan grande que parecía que le habían hablado de su propia lápida, quería como a una madre a doña Mariquita y el sólo hecho de pensar en su muerte había eclipsado por completo el nerviosismo por su primer parto sola. Se sobrepuso como pudo y salió inmediatamente a realizar su cometido.

Pasaron seis años y con el correr del tiempo Diana fue olvidando el amargor del último deseo de doña Mariquita, iba todos los días a verla por las noches y se la veía saludable, era de esperarse, se dedicaba a descansar en su pequeña casita. Ya no hacía ni partos ni entierros, se diría se encontraba jubilada. Tenía una huertita y unas gallinas en el fondo que la abastecían de todo lo que necesitaba, se hacía sus comidas y disfrutaba de las visitas nocturnas de Diana que se escapaba un ratito después de haber atendido a su gran familia.
Pero una noche doña Mariquita había permanecido todo el día en cama, no tenía fuerzas para levantarse, estaba muy viejita y arrugada, no se había aseado ni hecho su clásico rodete lo cual empeoraba más aun su aspecto, tenía muy poquito pelo ya todo encanecido desordenadamente desparramado en la almohada y una expresión vagabunda en la mirada.
Diana se acercó a la cama ya con lágrimas en los ojos.

-¿Qué le anda pasando doña Mariquita, no se me irá a poner haragana a estas alturas?- dijo y estalló en sollozos ya sin poder disimular. Doña Mariquita levantó una mano y se la pasó por la cabeza.
-Mi querida Diana, ¿porqué tanto llanto? Si nada malo está pasando, simplemente llegó el momento que hace años estoy esperando, ¿te acordás de lo que dije? Bueno ya es hora.
Diana aferró su mano negando frenéticamente con la cabeza.

-¡No, es muy pronto! No puede abandonarme así, yo la necesito mucho, va a ver, yo la voy a cuidar y usted se va a poner bien otra vez y todo va a ser como era antes, va a ver que si.
Haciendo caso omiso a lo que doña Mariquita le comenzaba a decir salió corriendo para volver de inmediato con una palangana con agua, un jabón y una esponja, fue al armario abrió la cajonera, ignorando por completo la cajita de madera y sacó un camisón limpio y una muda de ropa, volvió al lado de la cama y de un tirón destapó a doña Mariquita que empezó a rezongar débilmente. Comenzó a quitarle el camisón con una mano sin soltar la palangana con la otra, de repente no pudo creer lo que estaba viendo, tiró palangana, agua y todo quedando atónita ya en el piesero de la cama contemplando el cuerpo desnudo de doña Mariquita.

CAPITULO 2

 Demián era un chico debilucho, lampiño, tan hermoso que llegaba a ser increíble a la vista. Se parecía a su madre, y esa era su mayor desgracia. No, en realidad, la desgracia era su padre, siempre lo había culpado de su muerte. Ella murió al dar a luz, y allí comenzó el infierno del pobre mal parido.

Lucrecia, su hermana, tenía seis años más que Demián, también se parecía a su madre y concentraba toda la devoción de su padre por ello. Era irónico que la misma cualidad pudiera salvar la vida de alguien y a arruinar por completo la de otro.

Salvador amaba tanto a Vera que cuando la perdió pareció revertir todo ese amor en odio hacia, según él, el causante de su infortunio.
Cuando Demián nació no quiso siquiera verlo, mucho menos cargarlo, y cuando tuvo que nombrarlo dijo pónganle Demonio, de todos modos eso es para mi, o pónganle como más les guste, no lo quiero y nunca lo voy a querer.

La tía paterna de Demián se compadeció de la pobre criaturita; pero temerosa de la voluntad de su hermano, decidió ponerle Demián.
Ella pensó que una vez que el dolor cediera y viera cuanto se parecía a Vera entendería su error y lo aceptaría mientras tanto lo ayudaría con la crianza del pequeño.

Lo cierto es que cuanto más se beneficiaba Lucrecia del parecido con su madre más empeoraba la situación del pobre Demián.
Tía Asunta falleció tempranamente, quien sabe de qué enfermedad, y Demián con sólo tres añitos quedó a cuidado de su padre, quien lo aborrecía aun más pues también ahora podía culparlo de la muerte de su hermana, confirmando su teoría.

Mientras Lucrecia crecía saludable, Demián vivía enfermo por la falta de afecto y alimento a que lo condenaban. Salvador, además, no perdía oportunidad alguna de golpearlo, aun cuando el niño ni siquiera hablaba, ya que todo el tiempo se encontraba aterrorizado.
Lucrecia sentía mucha pena por él y más de una vez se interponía entre Demián y la fusta de su padre para que no siguiera lastimándolo, ya que esa era la única forma en que se detenía.

Cuando Salvador se iba a trabajar Lucrecia lo llenaba de mimos y lo alimentaba a escondidas con comida que durante los almuerzos y las cenas iba tirando en su regazo dentro de una servilleta. Le enseñaba a hablar y Demián en esos momentos se sentía seguro y hasta un poco contento. Ambos eran niños con una mirada muy triste; pero mientras Lucrecia se iba poniendo robusta, Demián estaba cada vez más escuálido.

Lo único que salvaba a Demián era la entereza de su hermana, quien se iba forjando un carácter de hierro, mientras que él era cada vez más sumiso y pusilánime. En el fondo había llegado a sentirse realmente culpable por la muerte de su madre y de su tía Asunta a fuerza de repetición de Salvador, que, cuando lo golpeaba, no dejaba de reprochárselo.

Salvador había comenzado a tomar hacía ya varios años, cualquiera pensaría que estando borracho, como casi siempre estaba, Lucrecia también recibiría las palizas; pero no, el único objeto de humillación y maltrato era Demián. A veces Lucrecia lo salvaba, pero otras ella no estaba y tenía que limitarse a curarlo cuando volvía de sus quehaceres.

Los trabajos más pesados los hacía Demián, nada le era perdonado ni siquiera estando enfermo. Lucrecia quería ayudarlo, pues siempre se veía tan frágil y debilucho, pero entendía que al menos si estaba trabajando no lo estaban golpeando que ya era algo. También trataba de insuflarle algo de coraje, pero todo era inútil, tan tempranamente habían comenzado las humillaciones y las golpizas que Demián lo único a lo que atinaba era a llorar y pedir perdón y eso enardecía aun más a Salvador para continuar maltratándolo, ya que confirmaba sus razones para hacerlo.

No importaba cuantas veces Lucrecia le asegurara que no era su culpa, el ya lo creía, y a veces lloraba noches enteras acurrucado en su colchón, en el piso, donde dormía con el perro.

Lucrecia esperaba que él creciera lo suficiente como para irse de la casa, hasta en el bosque estaría mejor que allí.

Ella ya estaba en edad de casarse, hasta ahora, había podido demorar las propuestas de matrimonio escudándose en el hecho de que su padre era un hombre viudo que necesitaba una mujer en casa para atenderlo; pero lo que en realidad le preocupaba era dejar solo a Demián con ese monstruo.

Demián ya había cumplido dieciocho años y las cosas sólo habían empeorado, ahora Salvador además de los ya habituales maltratos había anexado un condimento más al perverso ritual, obligaba a Demián a vestirse con la ropa de Lucrecia y a pararse en la puerta de entrada para que los vecinos que pasaran lo vieran. Lo bueno de eso, si es que puede encontrársele un lado bueno, es que Demián y su hermana eran tan parecidos, que si no fuera por el detalle del cabello corto, el podría tranquilamente haber pasado por una prima lejana que vino de visita o algo así, los vestidos le quedaban muy bien. Por lo menos mientras lo humillaba públicamente no lo golpeaba. No, claro, Salvador era todo un caballero no hubiese dejado que nadie creyera que podía estar golpeando a una mujer .A menudo Lucrecia se preguntaba cuál sería la diferencia y de buena gana hubiera intercambiado de tanto en tanto su pellejo por el de Demián. Si al menos los hubiera golpeado a los dos... Pero ella estaba siempre inmaculada y su pobre hermano lleno de moretones, heridas y cicatrices.

Un día, cuando Lucrecia regresaba de hacer unas compras en el almacén del pueblo, encontró a Demián en un rincón todo ensangrentado lleno de golpes y lastimaduras; pero eso no fue lo que más la impresionó, ya se había acostumbrado al horrible cuadro, lo más impresionante fue que esta vez su hermano no lloraba, tenía los ojos desorbitados con una mirada desconcertante que parecía perderse en algún punto de la pared contraria. Lucrecia quedó por un momento pasmada ante semejante expresión, le hablo pero el no le respondió, trató de acariciarlo como solía hacer en esos momentos, pero el no aceptó su consuelo, su mirada era demencial.

Súbitamente, Lucrecia pensó en su padre y fue a ver donde se encontraba, pero estaba borracho como siempre tirado boca a bajo en su catre. Entonces decidió buscar antiséptico y vendas. Cuando volvió, Demián ya no estaba en el rincón, lo llamó pero nadie contestó, pensó que Salvador se había despertado y vuelto a agarrar a Demián. Mientras se dirigía a la habitación de su padre, su hermano, que venía de la cocina la llevó por delante en el pasillo, llevaba en la mano un hacha pequeña que ella utilizaba para reducir la leña grande que él cortaba afuera. Ni siquiera se dio vuelta a mirarla, irrumpió en el dormitorio de su padre que seguía boca abajo, no se percató de que ella estaba parada bajo el dintel de la puerta, ella tampoco hizo ningún ruido, ni intentó detenerlo, su silencio se hizo cómplice y Demián blandió el hacha tan nerviosamente que falló y la enterró en la almohada. Salvador se despertó atontado por la borrachera y Lucrecia contuvo el aliento viendo truncado su deseo más oscuro y más profundo. Demián lo miró a los ojos y por primera vez el terror estaba en los ojos del otro, volvió a levantar el hacha y se la clavó en el cuello una y otra vez hasta que ya no hubo más que quietud y sangre mucha sangre, en la cama, en la pared y en las manos de Demián.

Por unos minutos todo quedo quieto como si fuera una foto diabólica, hasta que Lucrecia reaccionó, tomó a su hermano por el brazo, el hacha con la otra mano y lo arrancó de la escena en completo estado de shock, lo lavó, limpió el hacha, le curó las heridas, lo vistió, puso algunas provisiones en una bolsa de arpillera y tomándole la cara entre sus manos con los ojos llorosos le dijo:- Tenés que huir Demián y nunca más volver, yo me voy a encargar de todo pero por las dudas no te detengas , ni regreses ¿me oís? No mires nunca hacia atrás, tenés que correr por el bosque lo más lejos que puedas todo el tiempo que puedas, todo va a estar bien, ni por un minuto pienses en mi ni en volver, huí Demián, huí, ¿entendiste? Yo te quiero mucho y te voy a tener en todas mis oraciones- Le dio un beso y un fuerte abrazo y lo empujó hasta la puerta. El se quedó mirándola y se puso a llorar, cayó sobre sus rodillas pegándose en la cabeza con los puños cerrados.
- No llores tonto, nada malo sucedió, no hiciste nada malo, Demián hoy 28 de Setiembre acabas de nacer, de aquí en más éste es tu cumpleaños, no te olvides, sos una persona nueva, corre Demián, no te detengas más que para descansar y comer y seguí- lo levantó del suelo y lo empujó un poco más hacia el bosque hasta que el empezó a correr y dejó de darse vuelta a mirarla.

Llorando histéricamente metió los harapos ensangrentados en el fogón de la cocina, la encendió, devolvió el hacha limpia a su lugar, se fijó que no quedara nada que incriminara a su hermano y puso en una olla verduras a hervir hasta darle suficiente tiempo a Demián.
Cuando ya la ropa estaba consumida agregó leña, ya habían pasado unos cuantos minutos, no sabía cuantos pero esperaba que los suficientes, fue entonces cuando dio rienda suelta a su estado de nerviosismo y salió corriendo hacia la casa del vecino más cercano pensando algo que fuese creíble. Lo cierto es que todos sabían de los maltratos hacia su hermano, lo que lo hacía aun más difícil, pero un borracho bocón como su padre que, últimamente, se había dedicado a apostar casi todo lo que ganaba tendría que tener algún enemigo. Se detuvo dándose cuenta que no resultaría, que Demián había tenido poco tiempo para huir y que ya había sufrido lo suficiente, que no era justo, esta era su oportunidad de intercambiar roles con su hermano, ella se confesaría culpable y eso le daría tiempo a él, pero ¿y si no le creían? ¿ Y si Demián se enteraba de la noticia y regresaba? Ella sabía que su hermano la quería tanto como ella a él y que nunca permitiría que se sacrificara de ese modo. Entonces ¿qué podía hacer?, de pronto se dio cuenta que todos sus pretendientes se habían casado, ella ya tenía veinticuatro años, ¿qué sentido tenía permanecer en el pueblo? ¿Y si todos se fueran de viaje a visitar algún pariente lejano?.

Volvió a su casa, ya estaba oscureciendo, afortunadamente entre casa y casa había una distancia considerable así que cuando fuera de noche iba a enterrar el cuerpo de su padre, por el momento tenía que armar las valijas de todos. Guardó sus cosas , las de su padre y las de Demián. Cuando oscureció fue con una pala a la parte de atrás de la casa y comenzó a cavar lo más rápido y profundo posible. Buscó el cadáver y lo sepultó con sábanas y todo, quiso decir alguna oración, algo, pero no pudo, así a regañadientes balbuceo un "que Dios te ayude" y tapó con tierra alisando tan bien la superficie que apenas se notaba, pero un apenas era suficiente en esa situación así que hizo unos pequeños surcos hecho unas semillas y regó, puso algunos cartelitos con los nombres de las hortalizas y fue a la casa.

¿Qué iba a hacer con el colchón? Ciertamente no podía enterrarlo, para su sorpresa tenía sólo unas manchas que bien podían pasar por heridas, que tantas veces había tenido Demián, así que los intercambió y listo. Tendió la cama de su padre, tomó la pala y un farol y se internó apenas en el bosque donde no podía ser vista, enterró la valija de Salvador y los pocos trapos que poseía su hermano.
Volvió, hizo una tarta de manzanas y se comió algunas verduras de las que había hervido. Ya todo estaba en orden así que ahora sí se dirigió hacia la casa del vecino, tarta en mano, vio que estaban cenando tocó a la puerta y esperó.

-Lucrecia , querida, ¿que estás haciendo tan tarde?- la saludó la Sra. Olga y la hizo pasar.
- Vine a avisarles que nos vamos unos días a la casa de mi tía Elizabeth, una hermana de mi mamá que hace mucho tiempo no vemos, papá y Demián se adelantaron porque yo tenía que dejar en orden la casa así que decidí venir a saludarlos y les traje este postre, es que hice uno para llevar y pensé en ustedes-
Olga tomó el postre y le agradeció la gentileza.

-¿ Cuándo regresan?- preguntó

-No tenemos apuro, en realidad, tal vez nos quedemos bastante, es que papá no se siente muy bien aquí solo, y la tía enviudó hace poco así que se siente muy triste y quiere vernos , hasta me dijo que tiene un candidato para mí, imagínese Olga, tal vez me case y papá no se quedaría solo y Demián también podría hacer su vida, bueno es mejor que me vaya o papá puede enojarse conmigo- Se dirigió hacia la puerta

-Bueno, querida, que todo salga bien, buen viaje y mucha suerte.

Lucrecia salió de allí satisfecha con su desempeño, nunca se hubiera imaginado que podía mentir así.

De pronto se dio cuenta que se encontraba completamente sola, que tenía que partir sin rumbo, que no existía ninguna tía Elizabeth, que Demián también se encontraba solo en el bosque, que estaría asustado y confundido, tanto como lo estaba ella y se quebró. Lloró desesperadamente de rodillas en la entrada de su casa, donde momentos antes lo hubiera hecho Demián, sólo que esta vez no había nadie que la consolara a ella, como en realidad nunca lo hubo, en ese momento se dio cuenta lo sola que estaba y que siempre estuvo, sin su hermano ya no tenía a quien proteger, ya no tenía porque vivir, y lloró hasta que la angustia la invadió de tal manera que comenzó a vomitar, vomitó todo lo que tenía adentro, todo lo que había guardado esos veinticuatro años de sufrimiento, todo lo que había tenido que callar, todo lo que le había dado tanto terror que ni siquiera había confesado, porque ella también le temía, le temía tanto que nunca hubiera podido hacer lo que Demián hizo, finalmente, él que parecía el más débil fue el más fuerte, Demián los liberó a los dos, Demián con toda su desdicha, con todo su sufrimiento, fue más generoso de lo que ella había sido con él. Si ella lo hubiera matado antes, tal vez le habría ahorrado por lo menos unos años de sufrimiento; pero no pudo, la paralizaba el miedo, y ni siquiera, tuvo el coraje de confesarlo. Mientras ella se hacía la fuerte y curaba a Demián cada vez que lo herían, Demián los liberó a los dos, y ahora estaba solo en el bosque, posiblemente con hambre, con frío, con miedo. ¡Dios! ¡Qué injusto era todo!. Lo menos que podía hacer ella era seguir con la farsa, y confiar en que el destino les devolviera al menos algo de todo lo que les había quitado.

Se lavó la cara, tomó su valija, sacó el poco dinero que se había salvado de las apuestas de su padre y se fue, prometiéndose que nunca volvería como le había hecho prometer horas antes a Demián. Si su hermano estaba condenado a vagar sin hogar por el mundo, ella no era quien para merecer más que él.

De pronto se dio cuenta que ella llevaba dinero y el no, con el apuro lo había enviado sin un centavo, entonces, tiró el dinero al piso, cerró la puerta tras de si y comenzó a caminar. Se detuvo y pensó que si Demián no iba a volver, el dinero terminaría en los bolsillos de algún ratero, o peor, algún borracho como su padre, además, apenas si alcanzaba para un pasaje en tren de ida y no muy lejos, así que regresó lo tomó y se fue.

CAPITULO 3

 Hacía frío, estaba temiblemente oscuro, pero la mayor oscuridad era la interna. El verdugo estaba muerto y aun así el dolor no cesaba. La sensación de infortunio era tan profunda que dolía. Este era el peor de los destierros, el del alma, todo lo que él había querido y lo había querido a él estaba lejos. Hasta el dolor del cuerpo era soportable comparado con el desarraigo, ya no quedaba nada, nada por lo cual resistir, la soledad era angustiante, lo cometido, era irreversible, la conciencia atormentada, era el peor castigo y el terror el más fiel carcelero.

No había parado de correr desde que su hermana se lo había pedido, estaba dolorido, por los golpes, por el frío, por el cansancio, pero lo que más dolía era la pérdida.

Se sentó en un claro de luna y revisó en la bolsa, Lucrecia había puesto tres hogazas de pan y siete manzanas, comió un pedacito de pan y una manzana. Como un acto reflejo hizo un hoyito en la tierra y enterró el corazón de la fruta, algo bueno debía crecer de tanta maldad, también su corazón debía ser sepultado y algo bueno tendría que crecer de su sacrificio. De repente recordó lo que le había dicho Lucrecia sobre su cumpleaños, su nuevo cumpleaños, era muy morboso el pensar que sus dos nacimientos habían sido bañados con sangre de sus padres. ¿Cómo hubiera sido su vida si su madre no hubiese muerto? Tal vez era cierta la acusación de su padre, y él estaba realmente maldito, primero su madre, luego su tía Asunta y ahora su padre. ¡Qué juego tan macabro! ¿Por qué Dios lo odiaría tanto?
Pensando en Lucrecia y la advertencia de nunca regresar comenzó a llorar bajito, como si hubiera perdido el derecho a desahogarse, y se fue quedando dormido.

Lo despertó la luz del sol, ya habían pasado varios días, no sabía cuanto pues si no tenía destino, hogar, familia ¿qué importancia podía tener para él el tiempo? Empezaba a sentir la falta de agua aprovechaba el rocío de la mañana y chupaba algunas hojas. La primera vez se detuvo pensando que podían llegar a ser venenosas, luego descubrió que cuando se lo ha perdido todo ya no se le teme a nada, mucho menos a la muerte.

La comida se estaba terminando, caminaba el día entero y de noche se tiraba a dormir esperando no despertar a la mañana siguiente; pero siempre despertaba, no le extrañaba en absoluto que la piadosa muerte lo ignorara, de hecho, lo único piadoso que no lo había ignorado era Lucrecia. ¿Cómo estaría ella?.

De pronto escuchó un ruido de agua y lo siguió, un pequeño arroyo corría cristalino.
-¡Agua!- Cuánto la había echado de menos, tomó toda la que pudo y se metió a bañarse, lo que terminó siendo un grave error, ya estaba anocheciendo y con la noche caía una helada espantosa. Tiritó durante horas acurrucado en un tronco, y entonces pensó cuantas veces la gente menciona el fuego del infierno, cuando el infierno bien podría ser sentir tanto frío como él sentía en ese momento, o tanta hambre. La debilidad humana puede hacer de cualquier necesidad imperiosa el infierno. ¿Por qué la gente lo asociaría con el calor?.
Los días siguientes lo supo, tuvo tanta fiebre que quedó inmóvil, se sentía muy mal, ya debería estar lo suficientemente lejos, había caminado mucho tiempo, y la fiebre era la eternidad, penso que había llegado el final pero seguía la fiebre, amanecía y anochecía y él seguía allí de testigo de su propia agonía.

Pasó la fiebre, el hambre ya casi no se sentía y comenzó a caminar nuevamente, el cabello le llegaba un poco más abajo de los hombros rubio platinado reflejaba el sol a pesar de estar extremadamente sucio y transpirado. A juzgar por el largo había pasado mucho tiempo, pero no sabía cuanto. Barba no tenía, nunca tuvo, tenía una piel de bebé perfecta que contrastaba con la rudeza con que siempre había sido tratado.

El bosque se abrió en un pequeño claro donde había una casita, dos hogazas de pan se estaban enfriando en la ventana. ¡Comida! Necesitaba comer algo, pensó un momento, ni aun habiendo tenido mucho hambre había robado. ¡Y Dios sabe que había pasado hambre muchas veces! Aun a pesar de Lucrecia. Luego pensó que el cielo lo había perdido el mismo día en que nació, que importancia tenía ya si transgredía todos y cada uno de los mandamientos, ya había matado, robar carecía de importancia para él, y si para el buen Dios seguía siendo importante, de todas maneras, Dios ya no significaba nada para él, no desde que le arrebató a Lucrecia. Tomó las hogazas y se fue caminando despacito como quien quiere que lo pillen; pero no sucedió.

Racionó los dos panes como si fueran sagrados, ya había más claros que bosque y eso imposibilitaba esconderse, aunque ya no tenía miedo de que lo atraparan. ¿Qué podían hacerle que ya no le hubieran hecho?. Además, había caminado mucho tiempo, no sabía cuanto pero era mucho, ya su pelo le cubría un tercio de la espalda. Cada tanto se cruzaba con alguna casa donde robaba algo de comida y seguía camino, tomaba agua en algún arroyo o comía alguna fruta jugosa que encontraba.

Una tarde lo sorprendió una lluvia torrencial, al no tener ningún refugio donde guarecerse se empapó, eso, sin tener en cuenta que sus ropas siempre fueron harapos. Pero las casas comenzaban a presentarse cada vez más seguidas, así que buscó una que se encontrara momentáneamente vacía para robar algo de ropa además de las provisiones acostumbradas, no volvería a cometer el error de dejarse atrapar por la noche estando mojado. En la casa que encontró saqueable tenían ricas cosas dulces, comió algunas y guardó en su bolsa de arpillera otras, e imaginó que de eso podía llegar a tratarse el cielo, sus divagaciones placenteras se vieron truncadas cuando abrió el armario y encontró sólo ropa de mujer, vestidos, para ser más exactos, bien largos. Recordó a Lucrecia y los vestidos que usaba, pero esos recuerdos lo arrastraron hasta los de cuando él también los usaba por imposición paterna y de cómo se reía de él mientras el sólo lloraba. Pero entonces, una vez más, se dio cuenta de lo inmune que se había vuelto después de pasar por tanto, los vestidos estaban secos y lo iban a mantener abrigado, al menos no iba a tener fiebre de nuevo, además eran lo suficientemente largos como para ocultar su único lugar velludo, las piernas, siempre había tenido una voz suave y hablaba bajito, Lucrecia solía decirle que de enterarse la gente sobre sus fachas podrían decir que era una prima porque ciertamente era tan hermoso, que tranquilamente podría haber pasado por mujer. Se vistió, se miró al espejo y salió de la casa, tiro sus viejas prendas por el camino y se alejó comiendo pastelitos dulces.

Las casas comenzaron a estar más juntas y cada vez se hacía más difícil robar. Eso ya parecía un pueblo, de hecho lo era, la presencia de alguien extraño llamaba mucho la atención, sonrió repentinamente pensando que tenía suerte de ser mujer, nadie pensaría que ella estaba robando y menos con un vestido tan bonito. Lo que realmente desencajaba era la bolsa de arpillera pero todavía tenía pasteles, así que dejó de importarle su falta de elegancia.

Empezó a escuchar gritos que venían de una casita alejada, era una mujer, se asomó a la ventana, y vio que estaba por parir y estaba sola, no sabe ni por que entró en la casa y comenzó a ayudarla de repente y sin esperarlo, nació el bebé, era una niña hermosa. La puerta se abrió y entró corriendo un hombre tremendamente robusto, por primera vez en mucho tiempo Demián sintió miedo, el mismo que sentía cuando se le acercaba su padre y enmudeció. El hombre lo miró fijamente y luego miró a su esposa con el bebé en brazos y una enorme sonrisa de dientes chuecos le iluminó la cara, volvió a mirar a Demián y le dijo -¿Es usted partera?- Demián sintió que un frío le corría por la columna, y como tantas veces con su padre, asintió con la cabeza, no importaba lo que dijera, él asentía, entonces el tremendo hombre lo abrazó. Demián comenzó a temblar. - Gracias- dijo el hombre con un vozarrón gutural que lo asustaba aun más, - Fui a buscar a la partera del pueblo vecino pero al ver que no iba a hacer a tiempo emprendí el regreso, es que aquí no tenemos partera y las distancias son un poco grandes cuando los bebés ya vienen en camino- Demián seguía petrificado sin decir una palabra

- Usted no es de aquí, ¿viene a visitar a alguien?- Demián seguía mudo y comenzó a tener unas irresistibles ganas de llorar justo cuando la mujer interrumpió sus pensamientos

-Debe ser la sobrina de Don Cosme
El marido volvió a mirarla -¡No puedo creerlo! Era verdad, ¿es usted?- Demián volvió a asentir mecánicamente
-¿Cómo se llama?- Lo único que acudió a su mente fue la burla de su padre y respondió bajito -Mariquita-
El hombre lo tomó por el codo y le dijo -Bueno, Mariquita, lo menos que puedo hacer por usted es llevarla hasta lo de don Cosme.
Minutos después estaban golpeando la puerta de una casita muy precaria delante de un cementerio. Atendió un viejo con cara de bueno, y Demián sin explicación alguna dejó de temblar, ni siquiera sentía miedo ya, por primera vez tuvo la sensación de pertenecer a un lugar

CAPÌTULO 4

 Diana seguía ahí parada, inmóvil, tan pálida que se diría hubiera visto un fantasma.
Doña Mariquita la miraba fijamente, tendida en la cama, expectante con su cuerpo ya huesudo por los años, marcado de cicatrices por los maltratos.

- Pero ¿qué es esto? ¿Qué clase de pacto con Satanás es este? ¡Dios mío! ¿Cómo es posible?
Cada vez su mirada se volvía más aprehensiva, mientras retrocedía con paso titubeante.

- Que curioso, traje tus once hijos a este mundo, te conozco hace años, te quiero como una hija, y lo único que has podido decir de mí es lo que mi padre, la persona que más me odió, me gritó desde que nací. ¡Un pacto con Satanás! Tal vez sea cierto, tal vez exista dicho pacto, pero a pesar de mi nombre, no lo he firmado yo. Me llamo Demián, y nunca tuve la intención de hacerle daño a nadie, no tenés que temerme, sigo siendo la misma persona que conociste, la esencia es la misma, ¿o es que tu afecto era hacia mi cuerpo?, Además ya me estoy yendo, si no querés volver a verme o hablarme, lo voy a entender, aunque debo confesarte que me partiría el alma, pero no te aflijas, querida, no es tu culpa, las cosas, simplemente, nunca fueron de otra manera para mí, lo único que te pido, si es que puedo pedirte algo, es que no olvides mi lápida, la cajita, es importante para mí, y ya es muy tarde para pedírselo a otra persona. Ya no importa tu silencio, podes decirlo a quien quieras. Tal vez tranquilice la conciencia de este pueblo quemar mi indigno cuerpo, tal vez quieran hacerlo aun vivo todavía, en realidad ya no importa, no hay crueldad en este mundo que pueda sorprenderme, lo dejo a tu criterio.
Diana fue acercándose lentamente a la cama, se sentó en ella y comenzó a llorar como una niña.

- Es que no entiendo, usted era doña Mariquita, la partera del pueblo, estoy confundida, todos estos años pensando una cosa y ahora esto, ¿por qué lo hizo, con qué necesidad mintió de esta manera?.

Demián, volvió a ponerse el camisón, la miró con sus profundos y celestes ojos, y comprendió que no era algo fácil de entender para una persona que lleva una vida tan hermosamente ordinaria como Diana, entonces decidió contarle algunas cosas, las suficientes para entender, no todas, había cosas que no deseaba recordar nunca más, además, sabía que no le quedaba mucho tiempo, podía sentirlo; pero esta vez era diferente, recordó nostálgicamente todas las veces que creyó que moriría, todas las veces que tuvo tanto miedo que deseó morir, y allí se encontraba apagándose como una vieja estrella que llegó hasta el final. Tantos años, tanta vida, sintió una paz increíble porque supo, muy dentro suyo, que había expiado todas sus culpas, había traído muchas vidas al mundo, hasta había salvado unas cuantas, había hecho cuanto bien había podido, algunos son encerrados por sus crímenes en una cárcel, él había sido encarcelado dentro de una mujer. Ahora sólo quedaba partir, volvería a ver a don Cosme, estaba seguro que él lo estaba esperando como había prometido, y creía que vería a Lucrecia, sabía que había muerto, podía sentirlo. Además, Lucrecia era seis años mayor que él, y él ya estaba muy viejo, no sabía cuantos años tenía, nunca festejó ningún cumpleaños, nunca quiso hacerlo, sus nacimientos fueron demasiado horribles como para conmemorarlos. Esperaba que Lucrecia hubiera tenido una buena vida, una vez le había enviado una carta a la vieja casa, y no recibió respuesta, entonces, no volvió a intentarlo, supuso que ya no vivía allí. Era una mujer muy hermosa, así que lo más probable es que se hubiera casado y tenido hijos, confiaba en que así fuera y eso aliviaba la angustia que le producía el no saber.

- Mi querida Diana, supongo que la necesidad de sobrevivir es la que impulsa estas elecciones, que te aseguro no son gratuitas, tal vez la fuerza para sostener las mentiras te las dé el mismo miedo que la verdad te provoca. Yo podría haber sido, un asesino, un ladrón, un mal padre, un borracho violento y apostador, una infinidad de cosas horribles, pero en vez de eso fui una mujer, una partera, creo que de todas las opciones la de la mentira fue la menos grave.

Diana ya se había calmado y lo escuchaba con atención, Demián le fue contando de a poco su vida, fue desenrollando la madeja de misterio que envolvía la situación, y lentamente, todo fue viéndose con tanta claridad que ya no sentía esa sensación de desconfianza, confusión, estafa que tuvo al enterarse. Fue surgiendo todo lo que siempre sintió por doña Mariquita y se transportó ahora a Demián. Era increíble como el perfume de la esencia había traspasado la forma del frasco, ya no importaba como se viera, o quien fuera en realidad, lo único importante era ese sentimiento, tan puro, tan cierto, que los unían hoy más que nunca. La verdad los había intensificado, ahora compartían un secreto que, lejos de ser oscuro y sucio, como muchos hubieran podido pensar, sellaba a fuego toda una vida de cariño y comprensión, eso era realmente amor.

- Diana, cuando no regresaste comencé a preocuparme, ¿está todo bien? ¿Doña Mariquita está bien?- ya era de madrugada, Diana había perdido la noción del tiempo en el interés del relato y su esposo había decidido ver que sucedía.

- Doña Mariquita no se siente muy bien así que me voy a quedar esta noche a cuidarla, no te aflijas, volvé tranquilo a casa que yo mañana voy- Su marido asintió con la cabeza, se despidió de doña Mariquita y su esposa y se fue a su casa.

-¿Don Cosme sabía la verdad?

Demián comenzó a recordar cuando acompañado por Eulalio, ese hombre tan grandote que le resultó tan temible en un primer momento y que luego fue un gran amigo para él, llegó a la puerta de don Cosme. Cuando Eulalio se retiró a disfrutar de su primera paternidad, don Cosme hizo pasar a Demián, y sin ningún comentario puso a calentar una sopa, trajo tres fardos de pasto que tenía en un cuartito, los cubrió con unas sábanas, agregó una frazada y le dijo que por ese día tendría que dormir en esa cama improvisada y que al día siguiente buscaría algo mejor. En ese momento, Demián había recordado el colchón sucio en el suelo de la casa de su padre y pensó que en realidad esa era la mejor cama que había tenido con todo lo improvisada que estaba, se sentó sobre ella y comenzó a llorar desconsoladamente. El viejo se le sentó al lado y le dijo: - Mira hija, yo no tengo ninguna hermana, por consiguiente no tengo sobrinas, lo único que tengo es esta casilla de madera, un par de caballos, mis muertos, a mí mismo, y esta callada e insoportable soledad que me hace inventarle a estos pueblerinos estúpidos parientes que no existen, con lo cual es evidente que yo también me he vuelto estúpido; pero estás aquí, lo que significa que no tenés otro lugar donde estar, ya que nadie que lo tuviera elegiría compartir esta choza con un viejo sepulturero como yo, podés quedarte el tiempo que quieras, yo no te voy a hacer ninguna pregunta dejá de llorar y tomá la sopa que está calientita- se levantó y le sirvió la sopa en un tarro limpio. Demián seguía llorando cada vez más audiblemente, el viejo Come volvió a sentarse y le dijo:

- Pero bueno, querida, que puede ser tan grave, ¿ acaso estás en cinta? ¡Me vas a despertar a los difuntos!

Demián no aguantó más y dijo entre estridentes sollozos:

- Mi nombre es Demián- a lo que el viejo respondió: - Que suerte, ya estoy viejo para andar cuidando bebes, no es que te hubiera echado, pero si no hay bebés, mejor así

Se sentó a la mesa y comenzó a tomar su sopa, Demián estaba petrificado, ya no lloraba, simplemente lo miraba incrédulo con sus enormes ojos azules, el viejo lo miró y con un ademán amistoso lo invitó a acompañarlo en la rústica mesita de madera.
Don Cosme jamás le dijo Mariquita, ni tampoco lo llamó Demián, él no lo nombraba ni lo llamaba, el sólo le hablaba como se le habla a alguien que uno realmente quiere, no hacía ningún tipo de distinción de género, simplemente le hablaba, le contaba cosas, anécdotas, le enseñaba. A su modo, porque no era un hombre cariñoso, le demostraba un enorme afecto, nunca pasaba de una distraída palmada en el hombro, pero Demián siempre sintió que Cosme lo quería, por lo que él realmente era, que lo aceptaba como él hubiera querido que su padre lo hiciera, y siempre fue así hasta el día de su muerte, aun después que don Cosme falleció, Demián seguía sintiéndose protegido por él, cuidado como por un padre.

Don Cosme nunca quiso preguntarle nada, lo que sabía de Demián era porque él espontáneamente se lo había contado. Era como haber empezado una vida nueva, por supuesto que se hallaba llena de fantasmas del pasado y pesadillas nocturnas, pero no dejaba de ser una nueva oportunidad.

Demián seguía recordando y conversando con Diana, cada vez el relato era más pausado, y el tono de voz de Demián era tan suave que Diana había tenido que acercarse mucho para no perderse ningún detalle. Luego le habló de su hermana y lo mucho que la había extrañado todos estos años, mientras él seguía enumerando sus virtudes con una admiración que se reflejaba en su mirada, fue amaneciendo.

Demián cada vez tenía la vista más extraviada, como si no estuviera mirando a Diana, como si ya no la viera, fue en ese momento que le recordó lo de la cajita con su última voluntad, Diana le pidió que no hablara de eso y que le siguiera contando cosas; pero Demián ya estaba muy cansado.

- No hay más para contar, Diana, ya estoy muy cansado, ya es hora de irme, mis seres queridos me esperan, ¿Diana?- Ya no la veía, todavía sentía el calor de su mano tomando la suya, y lejanamente su llanto y la súplica de que no la abandone, cada vez más leve hasta que ya no la escuchó más.

Diana lloraba histéricamente sobre el pecho de Demián, sin soltarle la mano que cada vez apretaba con más fuerza, así permaneció lo que parecía una eternidad. Luego se incorporó y lo miró durante unos minutos, le cerró los ojos y se sentó en una silla junto a la cama en silencio.
Sobre una mesita se encontraba el misal que una vez fuera de don Cosme, lo abrió y comenzó a leer una oración en voz alta. Súbitamente se detuvo, tenía una duda terrible y ya era muy tarde para preguntar. ¿Cómo querría Demián estar vestido en su velorio? ¿De hombre o de mujer?

Comenzó a desesperarse y recordó la cajita, tal vez allí se encontraban las indicaciones. Corrió al armario y la tomó. Adentro había un pequeño trozo de papel escrito, nada decía del velorio; pero lo que en cambio decía la quebró nuevamente. Lloró casi hasta quedar seca. Decidió que lo del velorio no era realmente importante, y como la única ropa que había en el armario era de mujer, eligió uno de los vestidos más nuevos y la vistió prolijamente, arregló su pelo en un pequeño rodete y fue a buscar un cajón. Eran todos muy pesados así que luego de frustrados intentos fue a buscar a su esposo.

Renato lloró desde la casa de Diana hasta la casita del cementerio, insistiendo a su mujer que debían hacer velorio.
Diana le aseguró que en la última voluntad de doña Mariquita no figuraba ningún velorio y así era como iba a hacerse. La acomodó amorosamente en el cajón mientras su esposo cavaba una fosa junto a la de don Cosme, le dieron sepultura y Diana fue a esculpir la lápida.

Una vez terminada la llevó y la colocó sobre la tumba, su trabajo era muy rústico, se había esmerado en ser lo más prolija posible, pero evidentemente no era su arte, si es que ella poseía alguno, pero la misión estaba cumplida decía exactamente lo que el papel: Aquí yace Demián, a mi única madre: Lucrecia, a mi amado padre: don Cosme, a mi querida hija: Diana, a mi hogar: Gutas, y a mi refugio: doña Mariquita. Gracias.

A medida que se iban enterando en el pueblo se iban acercando a dejar ramitos de flores y oraciones. Diana permaneció de rodillas llorando y rezando junto a la tumba.

Los veía llegar, leer y quedar totalmente confundidos, sólo uno preguntó quien sería Demián y él mismo se contestó que tal vez sería algún hijo de ella, y que la pobre anciana por su edad habría alterado el orden de los nombres.

Diana solo asintió con la cabeza comprobando una vez más que con la satisfacción de la curiosidad mueren todas las suspicacias. Poco importaba cual fuera la verdad, lo único que la gente quería era saber algo para tener de que hablar. Y ciertamente, por semanas se habló de la senilidad de doña Mariquita, algunos hasta le pidieron a Diana que les mostrara el papel para corroborar que la pobre doña Mariquita tuviera una lápida digna o al menos ésta fuera el resultado de seguir al pie de la letra su última voluntad, incluso con los errores de parentesco que evidentemente había.

Diana conformó a todos en silencio dejando que creciera la teoría de demencia por vejez, hasta que finalmente todos olvidaron el asunto y pasaron a algún otro chisme, todos menos Diana.

Diana se encontraba atormentada, lloraba todos los días en la tumba de Demián, lo extrañaba tanto y tenía una horrible sensación de deuda. Había organizado varias misas en su nombre, pero nada acallaba su pena, vagaba por el pueblo como muerta en vida. Su esposo le decía que tenía que superarlo, después de todo, Doña Mariquita había sido muy afortunada, había tenido una vida feliz y larga, no se había casado por decisión propia, ya que mientras fue joven los pretendientes eran lo que le sobraba y había muerto mansamente de vejez, que recordar eso tenía forzosamente que reconfortarla, pero cuando comenzaba a decirle que comprendía cuanto la extrañaba, Diana ya se encontraba llorando casi a los gritos. Su marido no entendía nada, así que decidió esperar a que Diana comprendiera todo esto por si misma y respetar su pena a una distancia prudencial.

Lo cierto es que ella sabía que lo único que era verdad de todo eso, era que había muerto de viejo, todo lo demás era mentira, su vida había sido un infierno y nadie se había comportado con él como debía. Eso, sin mencionar, que gracias al cielo, nunca nadie se enteró de la verdad porque, posiblemente, hasta le hubieran hecho daño. Diana se mortificaba pensando que su vida habría podido ser mejor si ella hubiera hecho algo, pero qué. Pasaba horas pensando que si hubiera sido Lucrecia no hubiera permitido que le hicieran todo eso, o que al menos lo hubiera buscado pasado un tiempo, lo que más le dolía a Demián era no haber vuelto a saber de ella. Al final, el único que había sido incondicionalmente fiel con él fue su perro, quien no sólo le daba calor en las noches desde su infancia sino que había perdido la vida defendiéndolo en manos de su enfermo padre. ¡Cuanta maldad! Diana tenía tanto asco por la vida que había dejado de comer, todo le daba tantas nauseas que no le quedaba nada en el estómago. Sus hijos ya eran grandes y la miraban muy preocupados, nadie la entendía, algunos en el pueblo, hasta pensaban que se había vuelto loca, justo cuando su familia comenzaba a creerlo ella decidió que debía ir a la casa natal de Demián, no sabía por qué, pero tenía que hacerlo. Hizo un pequeño bolso, saludó a su familia y partió temprano al día siguiente. Nadie objetó nada, era casi un suplicio verla todos los días en el estado que estaba, así que pensaron que tal vez el cambio de aire le haría bien.

CAPÍTULO 5

 Después de viajar en tren llegó al pueblo y tuvo que caminar un trecho considerable hasta la casa.
La de la señora Olga de Person y la de Salvador Dubré eran las más alejadas del centro comercial. Sólo el hijo del viejo almacenero recordaba a los Dubré ya que su padre le había contado sobre Lucrecia, su primer amor.
Diana, súbitamente, recordó que Demián había sido sepultado sin apellido, su padre no le había dado nada más que golpizas. ¿Qué caso hubiera tenido conservar el apellido?

Con cada pensamiento se iba alimentando dentro de ella un odio incontenible, todo el rencor que parecía no sentir Demián, lo sentía ella, y la estaba destruyendo. Diana era una mujer simple, nunca había odiado a nadie, a lo sumo, se habría enojado mucho alguna vez con alguna comadreja que le comió un pollo, pero este sentimiento era devastador, no podía contenerlo ni aplacarlo, simplemente, la estaba destruyendo.

Llegó a la casa de los Person, por supuesto la señora Olga había muerto hacía muchos años, ahora vivía allí su hijo menor que ya era tremendo hombre.

Diana tocó a la puerta. Salió Tomás Person.

-¿Si?- pregunto al verla.

-Buenos días, usted no me conoce pero mi nombre es Diana, conocí... Fui amiga de los Dubré y me gustaría saber si usted tiene alguna noticia de ellos o si su madre le comentó algo alguna vez.

- Su casa está a unos doscientos metros para allá- señaló con su enorme dedo- Hace muchos años que se encuentra desocupada, según mi madre ellos se mudaron con una tía, pero eso fue hace más de sesenta años. Cuando mi madre murió yo llevé la poca correspondencia que había llegado para ellos y la pasé por debajo de su puerta. Nunca más vi a nadie volver, ahora vivo con mi mujer y mis hijos aquí. Es una pena, nunca fue una casa hermosa, pero al estar deshabitada está peor que nunca - comentó.

- Muchas gracias.

- No tiene por que, adiós- y cerró la puerta mientras Diana se encaminaba hacia la casa.

Era verdad, estaba hecha un espanto. Juntó coraje y abrió la puerta principal, había olor a humedad y encierro. Estaba muy oscuro, todos los postigos se hallaban cerrados, Diana apoyó su pequeño bolso en el piso y abrió las ventanas para que entrara la claridad. Una vez que hubo suficiente luz, pudo ver en el suelo, casi bajo su bolso, tres cartas y un telegrama muy amarillentos y avejentados. Sintió miedo y no quiso abrirlos de inmediato, decidió recorrer la casucha.

En la habitación en que se encontraba había un colchón mugriento en el suelo, una mesa y tres sillas, siguió por un pequeño pasillo y se encontró a su derecha con una habitación lúgubre y polvorienta con un pequeño ropero y una cama tendida, Diana supuso que sería el cuarto de Salvador, más adelante, otra puerta, otra cama tendida una mesita junto a ella, un florero con flores sumamente marchitas y otro roperito, allí debería dormir Lucrecia, pensó, siguió caminando y encontró la cocina, abrió las ventanas y vio el hacha brillante sobre la leña y otra puerta, cuando la abrió salió de la casa. A pocos metros había un pequeño huerto descuidado y lleno de yuyos. Corrió hacia él y con una furia que desconocía hasta entonces comenzó a arrancar las malezas y las pocas verduras que habían sobrevivido al tiempo y a la falta de cuidados. Mientras lo hacía insultaba y escupía sobre lo que sabía, era la tumba del ser más despreciable que jamás había conocido.

El llanto histérico sucedió a los insultos y a falta de hierbas eran puñados de tierra los que lanzaba. Golpeaba el suelo como si el muerto fuese a tener la decencia de pararse frente a ella para darle explicaciones. O al menos, para que pudiera descargar toda su ira y amargura, todo su dolor, todo ese odio que la invadía de ambición de venganza. Alguien tenía que pagar por tanto sufrimiento, él debía pagar de alguna manera, si Dios realmente existía, tendría que haberlo mandado a un lugar aun peor que el infierno, el infierno era demasiado piadoso para alguien tan cruel y despreciable. Le gritaba como si pudiera escucharla, que era una basura un ser abominable, lo insultaba y lloraba, lloraba a los gritos, inconsolable, incontenible, como si se le fuera saliendo el alma por los ojos.
El sol empezaba a caer, pronto iba a oscurecer y ella seguía ahí, ya no insultaba, ni lloraba, estaba de rodillas con la mirada extraviada, las manos sucias y exhausta. Toda la furia se había materializado, aun así, no se sentía aliviada, sólo agotada, demasiado como para seguir, demasiado, inclusive, como para ponerse de pie. Quería quedarse allí, para nunca olvidar y que su furia de algún modo vengara a su Doña Mariquita, a su Demián. Pensaba que si se quedaba Dios la tomaría en serio y castigaría más duramente a ese maldito.
Recordó las cartas, y automáticamente, sin pensarlo, fue en su busca, ya casi no había luz, todavía podía caminar al pueblo pero era insuficiente para leer. Las guardó en el bolsillo del saco y emprendió el regreso.

CAPITULO 6

Hacía horas que estaba sentada en el tren, rumbo a casa mirando por la ventana la oscuridad sin decidirse a leer las cartas. Las sacaba y volvía a meter en el bolsillo.

Cantidades de pensamientos paseaban por su mente, se imaginaba una y otra vez cómo habría sido la vida de Demián, cómo podría haber sido, cómo debiera haber sido.

Tal vez su hermana corrió mejor suerte, se casó y tuvo familia. ¿Cómo pudo olvidar a su hermano?. Es cierto que estaba muy lejos de donde había huido; pero ella sostenía, que en su lugar, nunca hubiera dejado de buscarlo. También pensaba que esa pobre chica tenía sólo veinticuatro años cuando todo sucedió, no sólo era joven sino que debe haber vivido aterrorizada. Bastante bien había manejado la situación, de no ser por ella, Demián hubiese muerto en prisión o tal vez algo peor. De todas formas era seguro que habría fallecido, Demián debería tener casi noventa años cuando murió y ella era seis años mayor. ¡Pobrecitos, que mal paridos los dos!

Sacó las cartas del bolsillo y leyó los sobres, uno era un telegrama dirigido a Salvador Dubré, dos cartas eran para Demián y una para Lucrecia, ninguna tenía remitente, pero ella sabía que Demián había escrito una vez a su hermana. Lo que llamó su atención fue que alguien tuviera algo que decirle a Salvador, seguro sería algún acreedor, pensó. Otro detalle fue que uno de los sobres para Demián no estaba tan viejo, pensó que sería una carta más reciente de Lucrecia.

De todas maneras comenzó por el telegrama.

Señor Salvador Dubré lamentamos enormemente tener que avisarle que su hija, Lucrecia, se quitó la vida el día de ayer.
Reciba nuestras más sinceras condolencias.

Convento Sacrificadas siervas del Señor

Madre Superiora Mabel

El telegrama estaba fechado el 30 de Octubre de 1929, mismo año en que sucedió todo. Según lo que Demián le había dicho había matado a su padre el 28 de Septiembre, Lucrecia se había suicidado un mes después. Ahora entendía porqué nunca lo había buscado. Diana comenzó a llorar nuevamente, estaba invadida por una profunda tristeza. A continuación abrió la carta más vieja dirigida a Demián.

20 de Octubre de 1929

Querido hermano:

Espero que no respondas esta carta, o que la respondas, realmente no sé que espero. Espero volver a verte, que podamos tener vidas normales como todo el mundo, un poco de felicidad, algo de justicia, tal vez espero demasiado para esta vida ruin que nos ha tocado vivir.
Estoy tan arrepentida de haberte mandado al bosque, debí irme con vos. No ha habido un día desde entonces que no piense en donde estarás, si estarás bien, todas las noches lloro hasta quedarme dormida y tengo las peores pesadillas. Es insoportable no saber y sentirme tan culpable por todo lo que permití que te hicieran, yo soy la mayor debí protegerte y no lo hice, sé que es imperdonable, pero por lo que pueda servirte te pido perdón.

Estoy en un convento, las monjas me aceptaron como novicia, sin dinero ni familia es muy difícil encontrar donde ir y con quien casarse. Esto es otra versión del infierno, ¡cómo te extraño!, un infierno compartido parece doler menos.

Ojalá que estés bien y que hayas encontrado tu lugar en el mundo o al menos un lugar en el mundo.

Si no es así y quieres buscarme, estoy en el Convento de las sacrificadas siervas del Señor, en Monte Verde, podemos seguir huyendo juntos y si no, disfrútalo, que vos más que nadie merecés ser feliz, no te preocupes por mí.

Te quiero mucho y siempre te voy a querer no importa lo que pase, de alguna manera vamos a estar juntos aunque más no sea en nuestros recuerdos. Una promesa: el que muera primero va a esperar al otro en una casita linda a orillas de un arroyo, esto no puede ser todo, el cielo tiene que existir, Dios nos lo debe.

Te quiere más que a nada en el mundo

Lucrecia

Diana no paraba de llorar, la angustia la estaba ahogando, diez días después de escribir la carta Lucrecia se había quitado la vida, y ella que pensaba en Lucrecia teniendo una vida feliz y olvidándose de su hermano. En ese momento se dio cuenta cuan ciega en su dolor había estado.
Abrió la carta para Lucrecia.

28 de Septiembre de 1932

Querida Lucrecia:

Hoy supuestamente es mi cumpleaños, no festejo ninguno de ellos, ni el verdadero ni el que me diste, pero hoy quiero hacerme el regalo de intentar encontrarte. A pesar de tus recomendaciones de no mirar atrás, no he podido hacerlo, me preocupa lo que haya sido de ti, estoy tan arrepentido, me liberé pero te perdí, si volviera a suceder preferiría mil veces morir, sos mi única familia, la única madre que conocí.
Tal vez has vuelto a casa, ya han pasado tres años, nadie me ha venido a buscar. El año pasado tuve miedo de que hubieras pagado por mí, entonces pedí a una vecina que tiene conocidos en nuestro pueblo que preguntara por unos amigos, los Dubré, y le dijeron que nos habíamos ido de viaje a la casa de una tía.

Yo estoy bien, es curioso como durante toda mi niñez y hasta el final fuiste mi refugio, ahora mi refugio es otra mujer, no, no me casé, vivo dentro de ella, sería muy largo de contar, pero tuve que cambiar de identidad, ahora soy Mariquita la partera del pueblo. También es mi prisión temo permanentemente ser descubierto, temo que esta carta caiga en manos de otra persona, pero ya he pasado por tanto que ¿qué podrían hacerme que ya no me hayan hecho? Además descubrí que no hay dolor más grande que haberte perdido.
Vivo en Gutas, un pueblito muy lindo de gente simple y gentil, en la lomada al lado del cementerio, con Don Cosme, el sepulturero, es como un padre para mí.

Espero volver a verte y si no es así, que seas muy feliz.
Gracias por ser mi refugio y mi madre, por cuidarme y protegerme por darme tanto amor cuando más lo necesitaba.
Te quiere

Demián

Diana seguía llorando cuando abrió la tercer carta, que para su sorpresa estaba fechada en 1993 y dirigida a ella.

20 de Febrero de 1993

Querida Diana:

Si estás leyendo esto es porque yo ya no estoy en este mundo. Hace dos años que te llevo conmigo para atender los partos y sé que vas a ser una excelente partera.

Lamento mucho haber tenido que cargarte con mi secreto, soy consciente que por tu sensibilidad esto va a traerte problemas y es por eso que escribo esta carta.

El hecho es que sé que algún día moriré y quisiera que seas vos, que has sido como una hija para mí, la que cumpla mi última voluntad, guarde mi secreto y siga mi oficio.

Quiero que sepas que nunca quise lastimarte y que siempre obré de corazón contigo y con todo el pueblo, para mí han sido mi familia.
Olvídame lo más pronto que puedas, no te llenes de rencores ni de odios, no me odies, pero si necesitas hacerlo lo entenderé.
Tienes una vida hermosa, una gran familia, hijos y un esposo que te ama, no desperdicies esos regalos de la vida, no con todos es generosa, no sientas culpas por ser feliz, ni sientas pena por mí. He tenido una vida linda, limitada, pero hubiera sido feliz con ella si no fuera porque nunca dejé de pensar en el destino de mi hermana, eso fue de todas las cosas que me han sucedido lo más doloroso.
Cuando muera espero que Lucrecia, Cosme, mi perro y yo estemos juntos finalmente y que nunca nada vuelva a separarnos, y cuando estés lista, no antes, podrás venir con nosotros.

Te quiere

Doña Mariquita y Demián

Diana ya no lloraba estaba atónita, Demián sabía que ella iría a su pueblo, a su casa, que trataría de atar los cabos sueltos, de entender, de poner un poco de luz a tanta oscuridad. Ya no sentía angustia, un gran alivio la había invadido, a pesar de todo lo sufrido y por ridículo e imposible que pudiera parecer, sentía paz, finalmente estaban todos juntos, finalmente eran una familia de nuevo, con un padre nuevo y una hija adoptiva que sentía la necesidad de no decepcionar a su Doña Mariquita.
Leyó una vez más su carta, y picó todas y cada una en pequeñísimos trozos, como queriendo que esto también sea su secreto, algo familiar que no tenía por qué incumbirle a nadie más, abrió la ventanilla del tren y los tiró al viento.
Diana se sentía mucho mejor, se había ido de su casa buscando algo de entendimiento y volvía en paz. Por fin pudo dormir, despertó recién cuando el guarda le anunció que había llegado a destino.

FIN

cristina_amado@data54.com


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