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ALIMENTOS!...

¡ALIMENTOS!

¡NO COMPLEMENTOS, NO CONDIMENTOS!

La Energía del sustento que la consciencia recibe a través del alimento, asume connotaciones diversas. Está latente en la multiplicidad de formas. Se adapta como vibración, a las estructuras de cada uno de los cuerpos que puedan revestirla.
Esa energía, no tiene limitaciones mas, debido a las condiciones vibratorias del orbe, se mantiene restringida por el ciclo en que aquellos elementos –que sirvan de campos para su expresión- estén activos. Los seres que, en diferentes reinos usufructúan de ese potencial disponible, encuentran en él el abastecimiento necesario. En los reinos subhumanos esa dinámica es mecánica; responde al instinto. En cambio, en el desarrollo evolutivo de la humanidad, ese proceso se va perfeccionando paulatinamente.

Mediante el discernimiento, hoy la consciencia precisa advertir bajo que formas su contacto con la energía debe establecerse. El alimento es, indudablemente, uno de los modos en que la energía se presenta y se ofrece como el sustento necesario. Aunque restringido en si mismo, es durante un amplio ciclo, su más importante vehículo en estos planos.

El pulso que vivifica las formas, es indivisible. Su aparente fragmentación es prevista por la Ley, que ocultamente conduce la expresión de la vida en los Universos. Esa energía, podría ofrecerse pura, sin revestimientos. Pero determinado por las instancias evolutivas que en cada ciclo corporifica la magnitud de su materialización, asume una integridad diferente en cada etapa.

Uno de los aprendizajes que cabe al ser humano consumar es reconocer, desapegadamente, con que formatos –más sutiles cada vez- el sustento debe arribar a él para vivificar su existencia.
   
Cuando la humanidad es tosca, accede al sustento por medio de elementos toscos. En fases más avanzadas, la densidad propia de algunos elementos, impiden un nutrimento energético de mayor sublimidad.
   
El consumo de carne, reluce a este estancamiento.
   
En la carne está presente esa energía, pero de manera muy grosera. Ésta, solo debería servir de vehículo para su expresión por una etapa únicamente. Y no tornarse, cristalizadamente, en un medio rígido de sustento.
   
Que miles de millones de seres en la superficie terrestre hoy continúen accediendo al abastecimiento energético que aun les es indispensable en términos concretos a través de cadáveres animales, da cuentas del atraso perpetrado.
   
Los vegetales, las frutas, las legumbres, los cereales también son instrumentos de la energía. También son herramientas del sustento. Siendo más sutiles, facilitan un aprovechamiento más profundo. Por ellos, el pulso que vivifica la existencia puede ser contactado en patrones vibratorios más cercanos a su origen.
   
Pero aun estos son restringidos, como estructuras materiales. La esencia, aunque inmodificable, se ve indefectiblemente, de algún modo, limitada por la forma que temporalmente la recubre. Los vegetales expresan un pulso más adecuado a estos tiempos, pero cualitativamente, la vibración actual de estos no sería apta para el desarrollo previsto en ciclos venideros.

En una etapa futura de la humanidad, la alimentación será reflejo de un contacto más fluido con aquella esencia presente en cada partícula; los alimentos que sirvan de vehículos del sustento material ostentarán mayor sutilidad. Lo que hoy abarca multiplicidad de formas –en términos energéticos-, en el ciclo venidero hallará manifestación –mediante una síntesis precisa- en un número menor de especimenes que aun el ser de la superficie terrestre necesitará para su abastecimiento.

Los momentos presentes no exigen prescindir completamente de los alimentos materiales, lo que si sucederá en fases avanzadas. Algunas sectas –desviadas por el fanatismo- pretenden validar una experiencia que solo en instancias posteriores desenvolverá utilidad evolutiva. No existen saltos posibles bajo ley de evolución. Antes de intentar prescindir de alimentos, es imprescindible consumar etapas adeudadas por esta civilización: alimentarse sin asesinar, alimentarse sin devorar; alimentarse sin preferencias ni apegos. Y habiendo realizado ese ensayo, expresar reverencia e interiorización por tan sagrada ceremonia en que –en un acto de vitalización- la Energía se sustenta a si misma.

Una vez reconocido el vegetarianismo como la herramienta más adecuada de recepción del sustento en ésta época, únicamente restaría, por discernimiento intuitivo, descubrir el formato más adecuado para cada uno. Cada ser debe aprender a reconocer que le corresponde para la etapa que transita. Crudivorismo, frugivorismo, u otras formas de vegetarianismo, son siempre óptimas cuando no es una deliberación racional la que las pone en funcionamiento, sino un estimulo interno, desprovisto de disquisiciones.

Los “condimentos” son también uno de esos “cuerpos” que sirven de campo de expresión a la esencia y que, así manifestada, ésta se ofrece en voltajes diferentes en una perfecta multiplicidad y síntesis.
   
La albahaca, el laurel, la menta, el orégano, el perejil, el romero, la salvia, el tomillo, el azafrán, el comino, el anís, por solo nombrar algunos, amen de denominarse “condimentos”, son alimentos por sobre todo.
   
Si lo que define a un alimento es su contenido en esencia, y si la esencia no puede estar ausente en forma ninguna, los alimentos serían, sin más, tan solo concentraciones energéticas con diferentes voltajes.
   
Los llamados condimentos, más puntualmente, son en si alimentos concentrados, potenciados. Muchos de ellos además expresan una cualidad de síntesis especial lo que los torna alimentos que más bien que por su sabor deberían utilizarse por su valor, independientemente del sazonamiento que otorgasen culinariamente. El “sabor” debería relegarse, siendo estos alimentos condensados, en función de la sinergia que desencadenan.

Utilizar definiciones como “acompañamiento” o “complemento” para alimentos como la lechuga por ejemplo, u otras hortalizas, es contundente muestra del retraso existente. Si en todo el sustento está presente, no puede hablarse de condimentos o complementos. Si en todo el sustento está presente, el alimento jamás está ausente. Y las diferenciaciones son únicamente formalismos que cabrían como distinciones amen de su factor potencial y no gustativo, o de atracción visual.
   
El llamado valor nutritivo de los alimentos es lo que –siendo lo de mayor relevancia- los hace funcionar como tales y no su sabor.
   
No deberíamos buscar un impacto sobre los sentidos que evidentemente los alimentos y por sobre todo los condimentos generan, sino en contraposición, iniciar un aprendizaje de alimentación inteligente.

¿Es necesario saborear para alimentarse? ¿Es necesario el gusto en la ingesta? ¿Es necesario disfrazar los alimentos para que parezcan lo que no son? ¿Es necesario “acentuar” el “sabor” natural de algunos alimentos para tornarlos más apreciables? Cuando un alimento es condimentado para realzar su sabor, en este sentido, está ¿Sazonado o contaminado? Esa es la paradoja del gusto, la incongruencia del placer en el acto alimenticio.

El placer es siempre una dependencia. El placer no debe cercenarse, mas tampoco anhelarse compulsivamente. Si este fuera el resultado de una acción, asumirlo espontáneamente como una sensación más de los vehículos de la personalidad sin inhibirlo, resultaría más adecuado que dedicarse a él irrestrictamente al momento de surgir.

 Actualmente, el alimento que consume la humanidad esta presentado según su sabor, si es dulce o picante, si es salado o agrio, amargo o acido, pero su continencia energética para la mayoría de las personas no cuenta, no suma, no califica importante.

El ser de la superficie terrestre ya no es el de antes. Sus cuerpos no guardan similitud alguna con los de aquellos que millones de años otrora, eran vehículos de manifestación para un primitivo estado de consciencia humano. El hombre de hoy atravesó incontables procesos de sutilización que le permiten –con estructuras psicofísicas más delicadas- realizar experiencias más avanzadas. Incongruente por tanto, es como experiencia, que la civilización imperante continúe actuando como cabria, milenios atrás, a los hombres de las cavernas que sin un desarrollo intelectual como el que hoy es facilitado evolutivamente, tenían otras experiencias que realizar que, inevitablemente, guardaban correspondencia con su desenvolvimiento.
   
El consumo de cadáveres, por ende, ya debería haber sido abolido. Pues, como decíamos, el sustento también está presente en otros elementos que están a disposición de la humanidad. El vegetarianismo debiera ser, generalizadamente, el mecanismo actual de acercamiento al sustento. Y el discernimiento intuitivo, ya en muchos seres,  el modo de comprender lo correcto y necesario en cada etapa, aun también en su alimentación.

Los llamados condimentos, como alimentos concentrados, pueden sobreestimular  la fisiología encargada de distribuir la energía que estos contienen ¿Cuánto perejil –por ejemplo- debería contener una preparación? ¿La cantidad necesaria para ofrecer el sustento en ella implícito? ¿O el volumen que, indiscriminadamente utilizado, de sabor y haga “mas ricas” las comidas?
   
Vegetales como el ajo, la cebolla, los pimientos y algunas raíces, poseen igualmente connotaciones vibratorias muy densas, agresivas. Alimentos como los mencionados, no ostentaran utilidad ninguna en una futura etapa de la tierra. Y hoy, ya podrían ser reconocidos de forma impersonal.
   
La Energía encontraría elementos más sutiles cada vez para expresarse. Elementos más adecuados cada vez al punto evolutivo alcanzado por la humanidad.
   
El ajo, es promulgado por ejemplo, como vermífugo por excelencia. Pero ¿Por qué el ser humano debería consumir un vermífugo en su alimentación si, prescindiendo de cadáveres no habría motivos para pensar que los parásitos y bacterias existiesen y se proliferasen?
   
¿Por qué la cebolla es recomendada con fines depurativos cuando las impurezas sanguíneas no existirían si las grasas animales no ingresasen al campo de la síntesis nutritiva?

En la excitación relacionada al sabor, existe una ligación predominantemente instintiva, lo que se ve acentuado cuando por costumbrismo o desden, los alimentos se ven recargados de forma artificial con condimentos picantes, fuertes, energizantes.

Paradójicamente, cuando por vez primera en la preparación de un alimento, se prescinde del sazonamiento excesivo, e incluso de la sal, el real sabor que cada uno de los alimentos contiene, se presenta sin recubrimientos a la percepción.

El sabor, no más que un pulso vibratorio definido dentro del contexto energético de un alimento, representa una nota especifica en su aura. Se halla en sincronía, por ende, con aquellas otras notas que, también conformando la estructura vital del mismo, se revelan como su manifestación.
   
El sabor de un alimento, conjuntamente con el aroma, el color, la textura, y otras características sutiles –tal vez no tan perceptibles- como ritmos interconectados dan forma a su expresión. No como pulsos aislados, sino como un todo interdependiente. El sabor, es meramente un código vibratorio que uno de nuestros sentidos materiales puede captar y traducir. La perfecta síntesis de cada uno de esos pulsos, actuando unificadamente, transfiere su potencial energético de forma integral si ningún elemento artificial desvirtúa sus características. Es por ello de suma importancia que el alimento sufra las menores alteraciones posibles; en su manipulación, en los cortes que experimente, en la cocción, en la combinación con otros y en el llamado sazonamiento.
   
Cada uno de los patrones energéticos del alimento tiene una función oculta al raciocinio. Y en una resonancia invisible, esas vibraciones –continente de un grado de sustento- en la amalgama de la ingesta, aportan  la vida que las células requieren. Y principios superiores a los meramente nutritivos.
   
Innegable al intelecto, vale preguntarnos ¿Por qué los mecanismos de captación de vibraciones olfativas, visuales y gustativas están precisamente cercanas al espacio por donde el alimento ingresa al organismo, la boca? ¿Será porque cuando un alimento es ingerido a través de la boca, su color, su aroma, su forma, su sabor, su textura; todos sus pulsos rítmicos cumplen función alimenticia?

En textos inspirados hace unos años se afirmaba que, por ejemplo, el aroma despedido por las manzanas ya es, en si mismo, alimento en términos energéticos.

Un alimento es integral cuando todas sus vibraciones están presentes y pueden desenvolverse. La alimentación es integral cuando todos sus componentes buscan abastecer las necesidades que emergen energéticamente. Un proceso evolutivo es integral cuando todas las interacciones son contempladas en los márgenes adecuados.

La complementariedad se reduce a la capacidad que poseen algunos alimentos de sumar sus características a otros que ya son por si mismos vehículos de determinada vitalidad. Que interactuando con las energías de los que los acompañen, favorecen una potenciación más sutil que concreta de algunos aspectos energéticos. Solo en la mecánica culinaria – y amparado por al razón- un alimento es complemento de otro. El alimento es uno solo, y esta presente en multiplicidad de formas. Cuando oportunamente los estereotipos fenezcan, un grado más amplio de la comprensión de la realidad emergerá. Y las diferenciaciones serán solo utilitarias. Hoy existen divisiones pueriles, fundadas en la ignorancia.

Difícil tarea es transpolar los argumentos culturales de la actual civilización. Donde son confundidos el valor por el sabor. La cantidad por el voltaje. La cualidad por atractivo. La potencia por el efecto. Y desconocidos son los atributos suprafísicos de aquello que rebanado en pequeños trozos para el comensal, no solo llenara su estomago sino que dará continuidad a su existencia en estos planos, pudiendo además colaborar en procesos energéticos en los cuerpos de la personalidad –inestimables para la ciencia médica contemporánea-.

La manipulación de conceptos no postula –ni al menos con crédito ilícito- contraposiciones que vienen junto a la misma bandeja con alimentos de que disponemos: comer y alimentarse pueden ser realidades opuestas; combinar y complementar los alimentos son de hecho realidades opuestas; sazonar al sabor es ante todo, irreal por antonomasia. Somos participes de una civilización que aun no puede reconocer, ni siquiera por mera observación intelectual, qué patrones energéticos suministra un vegetal, ni porqué –mucho menos- algunos especimenes ya no son aptos para la alimentación humana.

Del conocimiento científico existente, podemos extraer lo que es útil para este ciclo evolutivo. Pero es importante no cristalizarse en el embrutecimiento intelectual, que solo concibe lo que ve y toca.

El emblema de estos tiempos es el mundo intuitivo, al cual muchos hoy están despertando. Discernir permite al ser reconocer lo correcto para cada situación. Lo más adecuado para cada coyuntura. Y alimentarnos, no escapa a esa atmósfera.

Una colaboración especial de Janik  para Buenasiembra
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