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Bio-poder

El biopoder está centrado en el cuerpo como máquina, en su disciplina, en la optimización de sus actitudes, la extorsión de sus fuerzas, así como en el crecimiento paralelo de su utilidad y docilidad.

En su famoso libro Némesis Médica, Iván Illich, llamó la atención hace ya algunos lustros, sobre la expropiación de la salud por parte de los médicos, quienes usan su poder para quitar a los ciudadanos la capacidad de autodeterminar sus vidas en un campo tan importante como el atinente al dolor, el nacimiento, la enfermedad, y la muerte.

El llamado, por Michael Foucault, "biopoder", tiene su origen en la revolución capitalista que se gestó en Europa durante los siglos XVII y XVIII, que culminó con la formación de la famosa "policía médica", especie de contingente de fiscales que estaban capacitados para vigilar la intimidad de las personas, siempre que así lo requiera el bien común.

Había incluso quienes, sin confesárselo demasiado, la consideraban como una especie de doloroso tributo que frecuentemente tenían que pagar las mujeres del pueblo a su entrada en la maternidad. No pocas veces se habían nombrado comisiones que reunían a sabios responsables, siendo sus esfuerzos al final, como de costumbre, completamente inútiles. Tal sucedió con la que investigó la recrudescencia de la fiebre puerperal en 1842 entre las pacientes del Hospital General de Viena, cuando el 27% de las embarazadas sucumbieron en agosto, el 20% en octubre, y cuando, incluso, se alcanzó una media de 33 muertos por cada 100 alumbramientos en el mes de
diciembre. Después de sutiles conciertos y sinfonías verbales, se volvía a la grey oficial, como si la enfermedad, por fuerza, hubiera de pertenecer al orden de las catástrofes cósmicas, inevitables.

Muchas otras comisiones se habían desfondado ante este mismo y eterno problema. La convocada por Luis XVI durante la epidemia de fiebre puerperal de 1774 que diezmó al Hotel Dieu de París, concluyó que la causa se encontraba en la leche y el Colegio de Médicos de París logró que se propusiese al rey, como remedio contra la epidemia, la
clausura de todas las maternidades así como el destierro de las nodrizas. Alrededor de la fiebre puerperal todo era incoherente y contradictorio. Ni uno solo de los remedios eventuales de las Comisiones Imperiales de Viena, o de las de París, y cuya aplicación se intentaba, había dado resultados. Frente al terrible flagelo no parecía existir ni un resquicio de esperanza.

El 27 de febrero de 1846 es nombrado como profesor ayudante en la Primer Clínica Obstétrica de Viena, Felipe Ignacio Semmelweis, médico nacido en Budapest, en el hogar de un tendero de comestibles, el 18 de julio de 1818. Mientras se suceden en cascadas las tentativas para controlar la enfermedad --cuyo recuento no deja de producir en el lector contemporáneo una mezcla de asombro y furor--, Semmelweis observa que las mujeres que, cogidas por sorpresa, parían en la calle y sólo después llegaban a la sala del hospital, casi siempre se salvaban, incluso en las llamadas épocas de epidemias. Por esta razón, dichas mujeres quedan por fuera de los controles de tocología que de manera rutinaria hacen médicos y practicantes. Relaciona entonces la presencia de la enfermedad con las visitas que día a día, temprano en la mañana, realizan estudiantes y profesores a la sala de necropsias luego de las cuales pasan directamente a la clínica obstétrica, donde examinan sistemáticamente a parturientas y puérperas.

Sin tener todavía muy claro el por qué, decide obligar a los estudiantes a lavarse las manos antes de que se acerquen a las embarazadas. La medida, no cuadró por completo dentro del espíritu científico de la época. Faltan todavía 20 años para que Pasteur demuestre que las infecciones son causadas por microorganismos que se diseminan víctima a víctima, y otros tantos para que Lister abogue por la antisepsia con la
aplicación rutinaria de ácido fénico. Semmelweis, sin embargo, decide instalar lavados en las puertas de las clínicas y da orden a los estudiantes de limpiarse cuidadosamente las manos antes de cualquier reconocimiento o maniobra a una parturienta. Al día siguiente 20 de octubre de 1846, Semmelweis es brutalmente destituido.

"Los dedos de los estudiantes --escribirá entonces el pionero--, contaminados durante recientes disecciones, son los que conducen las fatales partículas cadavéricas a los órganos genitales de las mujeres encinta y, sobre todo, al nivel del cuello uterino". Como estas ínfimas partículas cadavéricas --cuyo simple contacto suponía Semmelweis
bastaba totalmente para provocar la infección puerperal-- eran imponderables, sólo era posible reconocerlas por el olor. El "veneno cadavérico" se transmitía por las manos sin lavar. "Desodorar las manos --decidió--, todo el problema radica en eso". Meses más tarde, Semmelweis logra reintegrarse a la planta hospitalaria, permitiéndosele
finalmente poner en práctica la técnica de desodorización. En el mes que siguió a la aplicación de esta medida, la mortalidad descendió al 2,38%. Decidió entonces convertir la práctica de lavado en una rutina aplicable a todo el personal, hubiese o no disecado cadáveres. Los resultados no se hicieron esperar. En las semanas siguientes, la mortalidad por fiebre puerperal se hace casi nula, descendiendo por primera vez en la historia a la cifra de 0,23%. La suerte, aunque parezca increíble, no acompañó en esta ocasión a Semmelweis.

Por extraño que parezca, la mayoría de sus colegas, se mostraron adversarios al nuevo método. La inercia triunfa en toda Europa: Los médicos miran displicentes la verdad que se les presenta. En medio de la incomprensión colectiva, Habrá, uno de los pocos colegas que lo acompañó, escribe: "Cuando se haga la historia de los errores humanos, se encontrarán difícilmente ejemplos de esta clase y provocará asombro que hombres tan competentes, tan especializados, pudiesen, en su propia ciencia, ser tan ciegos y tan estúpidos". Bajo múltiples presiones, el médico húngaro será por segunda vez destituido el 20 de marzo de 1849. Veinticinco años más tarde morirá loco y solitario sin que su labor haya sido reconocida. Después de su muerte, debieron pasar todavía cuarenta años para que las puertas que con tanta insistencia tocó, se abrieran, y su memoria fuera reivindicada.

El caso Semmelweis, revela dos grandes fuentes de violencia en la institución médica, que aún hoy siguen causando silenciosos estragos. Por un lado, el manejo masivo de los cuerpos propio de los hospitales y el trabajo asistencial intenso y, por otro, el dogmatismo, que con tanta frecuencia se anida en la práctica galénica. Esta historia, revela igualmente una faceta bastante conflictiva de la medicina institucional, cual es la de la enfermedad yatrogénica, o sea, aquella causada directa o indirectamente por la intervención médica. En Estados Unidos se ha calculado que el 7% de los pacientes que entran en contacto con la institución médica sufren lesiones susceptibles de indemnización en Europa 20%. Un estudio famoso, realizado por una subcomisión del
Congreso Norteamericano sobre la práctica médica en 1974, reveló que sólo en ese año se realizaron dos millones y medio de operaciones innecesarias, causando 11.900 muertes perfectamente evitables, con un gasto inútil de cuatro mil millones de dólares. Más aún, la frecuencia de accidentes reportados en los hospitales es mayor que en cualquier industria, excepto las minas y la construcción de edificios, mostrándose
los hospitales universitarios más patógenos e yatrogénicos que otras instituciones de salud. Uno de cada cinco pacientes internados para estudio en una institución de alta tecnología adquiere una enfermedad yatrogénica, muchas veces como complicación de los mismos procesos diagnósticos. Los hospitales, al funcionar como unidades cerradas que manejan una información inaccesible para el lego, dificultan cualquier proceso crítico, opacando los problemas yatrogénicos que se causan simplemente por la aplicación rutinaria de tratamientos ortodoxos y profesionalmente recomendados.

A la yatrogénesis clínica hay que agregar lo que algunos autores han denominado la yatrogénesis social. Ésta se produce cuando la burocracia médica crea --como dice Illich-- una salud enferma, aumentando las tensiones, multiplicando la dependencia inhabilitante, generando nuevas y dolorosas necesidades, disminuyendo los niveles de tolerancia al malestar y al dolor, reduciendo el trato que la gente acostumbra conceder
al que sufre y aboliendo el derecho al cuidado de sí mismo. "La yatrogénesis social está presente cuando el cuidado de la salud se convierte en un ítem estandarizado, en un artículo de consumo; cuando todo sufrimiento se hospitaliza y los hogares se vuelven inhóspitos, la enfermedad y la muerte; cuando el lenguaje con el que la gente podía
dar expresión a sus cuerpos se convierte en un galimatías burocrático; cuando sufrir, dolerse y sanar fuera del papel de paciente se etiquetan como una forma de desviación". El ciudadano corriente se vuelve impotente para enfrentarse con el medio, a no ser que cuente con la asesoría médica y tecnológica mirándose como criminales a los
autodidactas que, por fuera de la institución, promueven la automedicación o el cuidado mutuo.

La expropiación de la salud puede convertirse a su vez en causa de enfermedad. Estamos lejos de aquella época en que Tiberio, el Emperador Romano consideraba que todo el que consultaba al médico después de los treinta años era un tonto por ser incapaz de regular su vida sin ayuda externa. En las últimas generaciones, al contrario, la sociedad ha transferido a los médicos el derecho exclusivo a determinar qué constituye la enfermedad, quién está enfermo o podría estarlo, y qué cosas se hará a estas personas. Esta pérdida de libertad en relación al propio cuerpo y la cada vez más creciente administración heterónoma en relación a los cuidados de que debe ser objeto el individuo y el ambiente, no estimulan los niveles de salud, pues éstos sólo pueden ser óptimos cuando se favorece una capacidad de enfrentamiento autónomo de las necesidades del organismo o conglomerado social. "Sólo la gente que ha recobrado la capacidad de proporcionarse asistencia mutua --dice Illich-- y ha aprendido a combinarla con la destreza en el uso de la tecnología contemporánea, es capaz de una vida autónoma y saludable".

Pero la medicina se sigue pensando básicamente como un sistema de cuidados, dando lugar a esa paradoja que de manera brillante G.K. Chesterton resumió en Heretics: "El error de todo lo que hablan los médicos reside en el propio hecho de que vinculan la idea de salud a la idea de cuidado. Pero, ¿qué tiene que ver la salud con el cuidado? Al
contrario, la salud tiene que ver con el descuido y a la humanidad hay que decirle que sea la personificación de la negligencia, pues definitivamente todas las funciones fundamentales de un hombre sano no deben cumplirse con precaución o por precaución". Levi Strauss, en su obra El Pensamiento Salvaje, nos ofrece un ejemplo antropológico de cómo la salud puede estar relacionada con parámetros muy distintos a la autodisciplina, aseo y disposición para el trabajo que configuran una de
las tríadas de la ideología contemporánea. Entre los Chick-Saw, el clan de los "iskra-errantes" se caracterizaba por disfrutar de una salud robusta, pues no les gustaba fatigarse. Se movían con desenvoltura, convencidos de que la vida había sido hecha para ellos. Hombres y mujeres cuidaban poco de sus cabellos y descuidaban su aspecto
general, viviendo, según nuestra perspectiva, como mendigos o perezosos.

La clave de la salud, tanto en este como en muchos otros casos, parece residir en manejar con desenvoltura el espacio, abierto al individuo o el grupo a los más diversos cambios. Goldstein definía la enfermedad como un modo de vida estrechado y Antonovsky, en su enfoque de la salutogénesis, entiende que sólo puede ser sano quien está dispuesto a interactuar con lo azaroso, sin limitarse en sus movimientos.

Richter ha mostrado cómo la rata domesticada, nacida y criada en el laboratorio, que cuenta con todos los cuidados de la técnica moderna, difiere de sus antepasados silvestres en muchos rasgos anatómicos y fisiológicos. Ha perdido, por ejemplo, la capacidad para arreglárselas sola, luchar y resistir la fatiga, así como para resistir a sustancias tóxicas y enfermedades microbianas. Es menos agresiva en su conducta, menos capaz de soportar tensiones y de llevar una vida expuesta a la libre competencia. Sus glándulas suprarrenales se han tornado menos efectivas al igual que su tiroides, exhibiendo una elevada susceptibilidad a la infección, pues al haber sido criadas en medios purificadas de microorganismos, producen cantidades exiguas de gammaglobulinas.

La excesiva estabilidad, cuidado y protección, puede ser también una condición patogénica, entendiéndose de esta manera la enfermedad como una incapacidad para asumir el cambio.

Animados por una empresa ingenieril que se imagina a la comunidad humana con hábitos uniformes y estabilizados, médicos y salubristas han querido constituir una ecuación de equivalencia inalterable entre orden y felicidad. Paladín de este nuevo orden, el médico avanza con la filosofía del cowboy que impregna a las películas del oeste norteamericano. En la frontera poblada de delincuentes, aniquila, él solo, a los criminales que ponen en peligro la estabilidad del pueblo. La enfermedad, la vejez y la muerte con sus enemigos. El mito de la eterna juventud, su divisa implícita.

Respondiendo a esta expectativa de posponer y negar la muerte, el médico en nuestra sociedad se obliga moralmente a utilizar todos los recursos disponibles para preservar la vida y combatir la enfermedad, sin importar el costo ni las consecuencias.

Es así como considera posible y deseable interrumpir de manera inmediata el curso de cualquier enfermedad, principio que ha llevado conocidos excesos en la medicina alopática. La lucha contra la crisis y la fiebre o la auténtica epidemia de amigdalectomías que hace algunos años conoció nuestra profesión, son sólo algunos de los posibles ejemplos. Todo desequilibrio se considera indeseable, por lo que debe ser contrarrestado, visión simplista que refleja una concepción autoritaria de la causalidad, lejana de los modelos de inducción y acción retroactiva que hoy se imponen en el pensamiento biológico.

Parece que los médicos se encuentran en una situación muy similar a la de los agricultores que con el uso de herbicidas han controlado muchas plagas, pero que no acaban de solucionar un problema cuando ya tienen que enfrentarse a una nueva enfermedad que demande en ocasiones muchos más recursos y que es potencialmente más peligrosa y devastadora. La medicina, sufre, por demás, su propia crisis ecológica. El hospital es el remedo del monocultivo y sus problemas muy similares a los producidos por éste: La negación de la singularidad y de la importancia que ésta tiene para la construcción de redes de dependencia, desconociendo además que el perfil inmunológico del bioma sólo se construye y enriquece con la articulación de las diferencias.

Es hora de reconocer que todo sistema vivo es a la vez singular y abierto, residiendo los principios de esta singularidad y apertura en su estructura molecular. Cada ser vivo se constituye como una fuerza que genera una disimetría con el ambiente que le rodea, disimetría que asegura la clave de su alimentación, de su conservación y crecimiento y de la liberación de la cantidad de energía que necesita para vencer la entropía. Cada
ser vivo es un ser químicamente único, por lo que la probabilidad de una estricta identidad entre dos individuos es casi inexistente.

A primera vista, esta singularidad de los seres vivos puede considerarse una debilidad, pues a causa de las innumerables combinaciones, mutaciones y derivas, se puede crear lo mejor y lo peor: Nuevas facultades o cualidades de adaptación o disfuncionamientos y desequilibrios graves, cuando no mortales. Pero aún siendo uno de los factores primordiales del carácter mórbido de los individuos, constituye, en realidad, uno de los resortes fundamentales, de la salvaguardia de las especies. Entre los microbios se observa que un ejemplar "anormal", que por su peculiar constitución bioquímica es resistente a algún tipo de antibiótico, resiste la destrucción masiva propiciada por el medicamento, siendo capaz de reconstituir la especie o, incluso, de inocular a algunos de sus congéneres con la misma resistencia. El anormal, se convierte entonces, en perpetuador de la especie. La uniformidad biológica es incompatible con la vida.

Desconociendo esta posibilidad de emergencia, la medicina cae con frecuencia en la tentación de reducir lo normal a un patrón uniforme, perspectiva que se abre por ejemplo con las técnicas de intervención genética. Pero, vale preguntar, con el pretexto de luchar contra lo anormal, ¿ no corremos el riesgo de perjudicar lo singular? A nivel genético, es posible afirmar que algunos genes letales o subletales pueden llegar a constituir una reserva para el futuro de la humanidad, cuando, ante condiciones ambientales diferentes a las actuales, ellos pueden tener efectos positivos para la especie.

En el coloquio celebrado en Varna (Bulgaria), en junio de 1975, con el propósito de tratar las relaciones entre Biología y Ética, el investigador polaco Waciaw Gajewski afirmaba: "De las cualidades inferiores de los genes o de los marcadores sólo se puede hablar en términos relativos. Nunca se sabe si tales genes, hoy «inferiores», no serán de gran valor en el futuro, bien sea combinados con otros genes o en condiciones diferentes que la
especie humana no ha experimentado todavía. Hoy parece verosímil que, cualesquiera que sean las condiciones, hay genes letales o subletales en estado homocigótico que pueden tener efectos positivos en el estado heterozigótico. Es pues, difícil decir que un gen es menos útil que otros en las condiciones presentes o futuras. Cualquier intento de
eliminar de la población los genes letales o subletales es impracticable. Cada uno de nosotros posee y transmite unos 10 ó 15 genes que están presentes en todos los cromosomas y cuando hay mutación genética, surgen otros nuevos. Puede que algunos sean importantes para la futura evolución de la humanidad".

Finalmente, creemos que la práctica médica debe abandonar su biologicismo y su naturalismo dogmático, para entenderse como una construcción cultural, en comunicación con los códigos y valores de la comunidad y cruzada por exigencias significativas. Integrada de nuevo a la cultura, la medicina podrá flexibilizar sus modelos de conocimientos reconociendo también la necesidad de convivir con la diferencia. El analfabetismo cultural a que ha llegado el médico contemporáneo es altamente preocupante, pues más allá de su saber técnico, especializado, parece haber perdido el contacto con los avances científicos y epistemológicos que a diario se dan en las ciencias humanas, tan cercanas, por demás, a su quehacer.

CADA DIA ESTA MAS Y MAS PRESENTE ESTE TIPO DE MEDICO:

ACAPARADOR, MAS Y MAS IGNORANTE, REPRESIVO E INCONGRUENTE

Por Luis Carlos Restrepo:
Médico de la Universidad Nacional de Colombia; especialista en psiquiatría y magister en filosofía de la Universidad Javeriana. Profesor de semiología de la salud en programas de pre-grado y pos-grado de la Universidad Javeriana. Autor de los libros Libertad y
locura (1983), La trampa de la razón (1986), El derecho a la ternura (1994) y coautor de Semiología de las prácticas de salud (1996), del que forma parte este artículo (pp. 217-229). En la actualidad es consultor nacional e internacional en proyectos de psiquiatría social y comunitaria.

Un saludo.
José Fco. Blázquez
Presidente de ORTEMECA
Organización Técnica de Medicina Científica Ancestral
C/ Virgen de Belén, 32, 2º Izq.
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TLF. 96 535 04 17
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