Buenasiembra

Contactar: en Cap. Fed.
(Bs. As.- Argentina)

Con La Sra. Martha  Magnin, herbolaria,

TEL (5411) 4922-8873 de 11 a 20 hs

o Celular :

11-59367728
11-31412844

Mail:buenasiembra@yahoo.com.ar


 

ESCUCHAR RADIO


Los nuevos inquisidores

La caza de brujas de los médicos que defienden teorías alternativas

La detención, juicio y condena del doctor Hamer en Alemania, el silencio impuesto en torno a quienes discrepan de las tesis oficiales del SIDA y la nula atención que parecen merecer ciertos productos y tratamientos que, alejados de los grandes laboratorios farmacéuticos, están obteniendo resultados sorprendentes, debieran motivar a toda la sociedad -y no sólo a la comunidad científica- a plantearse seriamente quién está negociando con nuestra salud.

Tres siglos después de Descartes, la ciencia de la Medicina sigue basándose -como escribe George Engel- en «el concepto del cuerpo como máquina, de la enfermedad como consecuencia de la avería de la máquina y de la tarea del médico como reparador de esa máquina». Y todo aquel que intente ir más allá de esa «verdad establecida» está condenado al silencio, incluso quienes, dentro de los parámetros de esa misma concepción de la medicina oficial, discrepan de la corriente dominante, que les niega la posibilidad de explicarse. Aunque lo peor es que los encargados de juzgar a los «disidentes» suelen ser los detentores de las tesis oficiales. Jueces y parte.

Los hombres pasan, las ideas quedan

Claro que este panorama no es nuevo. En cada época de la Historia, con independencia de su desarrollo social, político y tecnológico, siempre ha existido una mayoría de hombres de Ciencia que se beneficia de los favores del poder establecido. Gente que, argumentando sus muchos años de trabajo y esfuerzos, y tras acceder a situaciones de privilegio científico, consideran inviable y rechazan apriorísticamente cualquier nueva idea que venga a modificar sus creencias y pueda, consecuentemente, poner en entredicho la posición individual lograda. Su postura -obviamente irracional- es: «Nosotros, que lo sabemos todo, consideramos imposible que...», al menos hasta que tales ideas puedan ser asumidas sin peligro para su posición de privilegio y siempre que ello no ponga en duda su altura intelectual y profesional.

Afortunadamente, sin embargo, en la sociedad siempre ha habido personas aisladas que, aun educadas en las ideas convencionales, llegan -tras años de trabajo, aunque generalmente por azar-, a conclusiones que chocan abiertamente con lo establecido, momento a partir del cual comienzan una callada pugna con el sistema y los «portavoces» de la comunidad científica y los círculos académicos. Siendo sólo en escasas ocasiones -por ejemplo, en los casos de luchas perentorias contra grandes plagas o enfermedades masivas a causa de guerras- cuando esa situación de bloqueo es rota, propiciando el avance de lo nuevo por mero sentido práctico, ya que no académico.

Ya Nicolás Copérnico escribió: «El temor al desprecio que me atraería esta opinión mía, nueva y absurda en apariencia, estuvo a punto de hacerme abandonar mi proyecto». Afortunadamente no fue así, aunque el intento de evitar un enfrentamiento con la Iglesia Católica hiciera que sus conclusiones -que los planetas giran alrededor del Sol y al Tierra en torno a éste, por lo que nuestro planeta no era el centro del universo como se creía- no fueran publicadas hasta 1543, ya en su lecho de muerte. En cualquier caso, Copérnico no fue el primero ni el último de los disidentes de la Ciencia y esa situación de persecución se ha repetido a lo largo de la Historia -y, lamentablemente, se sigue repitiendo- entre médicos, físicos, astrónomos, biólogos... Porque, increíblemente, nuestra tecnologizada sociedad de la información, a las puertas del próximo milenio, continúa repitiendo los mismos errores. A Dios gracias, la esperanza parece encontrarse también en la propia Historia, demostrando que aun cuando los individuos pasan, las ideas siempre quedan.

¿El delirio del doctor Hamer?

Pues bien, quizá uno de los casos más representativos de esta persecución inquisitorial en nuestro tiempo lo constituye el protagonizado por el médico alemán Ryke Geerd Hamer, cuyos principios teóricos fueron ya expuestos en el n° 101 de MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA ¿Y cuál es el delito del doctor Hamer? En síntesis, sostener que toda la teoría oficial sobre el cáncer, tanto en lo que se refiere a su origen -un conclicto biológico- como a sus tratamientos básicos -la radioterapia y al quimioterapia- son un inmenso error. Lo que, por otra parte, vienen afirmando otros muchos médicos y terapeutas en todo el mundo desde hace décadas. Hamer no es, pues, sino otra cabeza de turco que lleva desde 1983 reclamando un juicio académico donde presenta sus resultados. Y resulta evidente que si no tuviera razón, en una exposición pública y abierta sería fácil «desenmascararle». Pero, ¿y si la tiene? Porque ahí está el problema, ya que eso supondría reconocer que durante décadas se ha maltratado a cientos de miles de personas... además de poner en entredicho la utilidad de numerosos proyectos de investigación pagados por los estados y el dinero destinado a la subvención de tratamientos y fármacos inútiles. Y ello sin obviar el presumible conflicto moral que generaría en muchos médicos -al menos teóricamente- saber que han estado actuando erróneamente con sus pacientes.

Por contra, la realidad es que es Hamer quien se encuentra detenido en la cárcel, en virtud de la aplicación de una ley absolutamente arbitraria e injusta que considera que dar conferencias o seminarios, o hablar siquiera con enfermos, supone de por sí «un tratamiento médico», lo que tiene prohibido en Alemania desde 1986. Una situación esperpéntica que podría haberse reproducido en el Estado español -para satisfacción de algunos colegios médicos- si a alguno de sus discípulos se les hubiera llevado también a la cárcel. Sin embargo, en nuestro país la Justicia hizo otra interpretación de los hechos.

El método Hamer en el estado español

Todo comenzó en agosto de 1995, con la denuncia de la familia de una mujer fallecida a causa de un cáncer. Helena Lumbreras decidió, después de siete años de tratamiento convencional con quimioterapia, dejarlo todo y tratarse con el Método del doctor Hamer. Cuatro meses después moría, según su familia a causa del nuevo tratamiento, según los médicos partidarios de la línea de Hamer como consecuencia del irreversible deterioro que el cáncer y el tratamiento convencional habían producido en su organismo.

Pues bien, la denuncia presentada por su familia contra los médicos que la trataron Juan Puget y Vicenç Herrera, terminó con la decisión de la jueza del juzgado número 4 de archivar las diligencias, emitiendo un auto con argumentos muy significativos a la hora de analizar la cuestión. Como, por ejemplo, que:

Las decisiones voluntarias y conscientes sobre el tratamiento a escoger deben ser siempre respetadas, aunque cuando la familia opine lo contrario.
Una vez analizada la utilidad social de «esta actividad médico-curativa» (refiriéndose a los planteamientos de los discípulos de Hamer), no se pudo encontrar ningún reproche penal al comportamiento de los médicos denunciados.
Los médicos no faltaron a su nivel de cuidado porque las medidas que adopta la medicina convencional-tradicional, según la jueza, «no pueden considerarse como la fuente estricta que configure el deber objetivo de cuidado que debe atenderse por los sanitarios, que orientan sus reglas a través de tantas y tantas alternativas a la medicina oficial».

Para la jueza instructora del caso, la medicina «ha ampliado en nuestros días considerablemente su radio de acción, convirtiéndose en una actividad compleja e independiente». Además, algunos medios curativos llevan aparejados riesgos para el paciente: «¿O es que todos los pacientes tratados con quimioterapia -se pregunta- superan el cáncer que se les ha diagnosticado?».

Argumentos que debieran haber servido para evitar en el futuro descalificaciones apriorísticas tanto del método del doctor Hamer como de otros que están en la misma línea, si el auto de la juez hubiera contado en los medios de comunicación social con el mismo eco que tuvo la denuncia, lo que no ocurrió.

Y eso que el auto fue aún más allá, al recoger que la disposición de medios promovidos por el método Hamer, aplicados en unos 20.000 pacientes de forma voluntaria, «sí ha concluido con la curación de enfermos, con verificaciones que, aunque sectoriales, han adquirido la «oficialidad» no atacada mediante una normativa concreta que la excluya ni con la inhabilitación de sus practicantes». En suma, ¿son acaso los resultados de esos veinte mil casos los que se trata de impedir que Hamer exponga ante un tribunal académico en Alemania?

La jueza española termina recordando que en el juramento hipocrático se declara: «Y me serviré, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo perjuicio o afán de dañar». Podría añadirse que en ningún tratado se añade que el monopolio del «beneficio de los enfermos» lo detente una práctica médica en particular.

Censura e inhabilitación

Lamentablemente, el peregrinar del doctor Herrera por los juzgados no terminó ahí, ya que las razones de la Justicia no parecieron convencer al Colegio de Médicos de Barcelona, que decidió abrirle un expediente sancionador y solicitar la reapertura de la denuncia presentada por la familia Lumbreras. Denuncia que en mayo de 1996 la jueza volvía a archivar, instando al Colegio de Médicos de Barcelona «a que se pronuncie sobre la eficacia o no del método Hamer», recordándole que una sentencia del Tribunal Supremo del 15 de enero de 1986 manifestaba que «se debe contar no sólo con los avances científicos de la llamada medicina oficial, sino también con los de las llamadas alternativas para la mejora de la calidad de vida».

¿Y cómo reaccionó el Colegio de Médicos de Barcelona? ¿Convocando un consejo médico para estudiar las teorías del doctor Hamer? En absoluto: inhabilitando durante dos años al doctor Herrera por no aplicar los métodos «reconocidos» contra el cáncer y divulgar el método Hamer. Ahora, el Tribunal Superior de Catalunya acaba de admitir el recurso interpuesto por este doctor contra el Colegio de Médicos de Barcelona y el Consejo del Colegio de Médicos de Catalunya, suspendiendo la inhabilitación. Sólo que, en sus recursos, el doctor Herrera solicitaba la verificación del método Hamer por parte de la Universidad y de la Academia de la Ciencias Médicas de Catalunya, algo que todavía no se ha conseguido; aunque la caza de brujas iniciada contra él, de momento, esté en suspenso.

En cualquier caso, no se debe olvidar el hecho de que el programa de televisión Preguntas y respuestas sufrió represalias por haberse atrevido a exponer las tesis de Hamer y que un programa de radio de temas alternativos vio concluida su emisión por el mismo motivo.

Ni que la petición de que se constituya una comisión científica de estudio -reclamada por el propio doctor Hamer y en el Estado español por el doctor Herrera- continúa sin ser atendida pese a que se cuenta con la verificación de resultados por parte de equipos médicos independientes, tanto en Alemania como en Austria y en el Estado español. ¿Y qué sentido tiene negar sin más la veracidad de la explicación al cáncer propugnada por Hamer cuando otras líneas de investigación parecen apuntar en la misma dirección? Por ejemplo, según un estudio publicado por el British Medical Journal, la tensión psicológica grave, como por ejemplo la aflicción por la pérdida de un ser querido, multiplica por tres el riesgo de las mujeres de desarrollar un cáncer de mama. Este estudio, realizado por especialistas del King's College Hospital de Londres sobre 100 mujeres con tumores en el pecho, concluye que las situaciones de intensa tensión psicológica producen alteraciones en las hormonas y en el sistema inmunológico que defiende a las células contra el cáncer.

La obsesión por los genes

Y no es esto todo. Ya en el simposio de vacunas contra el cáncer celebrado en Nueva York a finales de 1994 se reconocía que «la nueva era en la que debe entrar el tratamiento contra el cáncer esta basada en la inmunología». De hecho son ya centenares los estudios médicos que relacionan de forma directa los conflictos con el funcionamiento del sistema inmunológico. ¿Y acaso no habla Hamer, precisamente, del conflicto como el principio del derrumbe orgánico? Y siendo eso así, ¿por qué las líneas de investigación parecen seguir optando por la búsqueda de «genes causantes del cáncer» y de una «vacuna inmunitaria»? ¿Por qué negarle al organismo la posibilidad de intervenir en su recomposición, como dice Hamer? ¿Qué justifica esa obsesión por los genes?

Porque esa obsesión podría situarnos en la lamentable línea adoptada por algunos médicos suecos, que han aconsejado a mujeres completamente sanas extirparse los pechos sólo porque presentaban en el gen BRCA1 una mutación, lo que -a su juicio- las convertía en firmes candidatas a padecer cáncer de mama. Con lo que más de treinta mujeres se han extirpado ya los dos pechos. La doctora Annika Lindlbom, del Departamento de Genética del Hospital Karolinska de Estocolmo, encuentra «lógico y natural» recomendar la operación. También el Departamento de Oncología del hospital de Lundl practica el mismo sistema, ya que según Hakan Olsson, doctor en genética: «la operación como fórmula de prevención es una alternativa segura de salud». Y eso que nadie ha demostrado que la presencia de genes de un determinado tipo asegure el desarrollo de una determinada enfermedad o comportamiento.

En suma, la sociedad -que paga la Sanidad pública y sostiene los grandes centros hospitalarios- debiera exigir a sus gobernantes que se compruebe si las bases de diagnóstico del método Hamer son válidas. Claro que el esfuerzo supondría que los médicos hablaran con los pacientes, conocieran algo más de sus vidas y emociones, y se «miraran» de otra forma los escáneres cerebrales, lo que no parece pedir demasiado si tenemos en cuenta los miles de millones gastados en mejorar técnicas como la quimioterapia o la radioterapia, que -porcentualmente- ni han aumentado el índice de curaciones ni la calidad de vida de los pacientes.

Hamer -no es el único- es un innovador a quien su carrera médica, sus trabajos con pacientes en todo el mundo y los estudios independientes realizados atendiendo sus teorías, le deberían otorgar el mínimo derecho a ser escuchado. Pero la innovación, a lo largo de la Historia, se ha pagado en muchas ocasiones con el destierro físico o moral, la muerte, la cárcel o el manicomio. Hamer, de momento, paga con la cárcel.

Los nuevos inquisidores >VER

Lo dicho puede aplicarse igualmente a la corriente internacional de más de quinientos científicos que está siendo ignorada por rechazar la teoría oficial sobre el Sida y el VIH. Y nada parece importar que entre ellos se cuenten dos premios Nobel -los doctores Mullis y Gilbert- y tres miembros de la Academia Americana de las Ciencias -los doctores Duesberg, Rubin y Lang-, quienes nunca son invitados a los grandes foros de debate. (¿Quizá porque éstos suelen estar subvencionados por los grandes laboratorios farmacéuticos que están haciendo su particular «agosto» con una enfermedad etiquetada de mortal?).

Hace poco, Enric Costa, médico español especialista en Medicina Interna y Neurología y practicante de la medicina natural, autor del libro Sida, juicio a un virus inocente, único texto escrito en el Estado español con un enfoque radicalmente opuesto al oficial, declaraba: «Todos los profesionales que se ocupan del tema «oficial» deben su empleo de reciente creación a la gran cantidad de inversiones y donativos, tanto estatales como privados. Asisten a congresos y reuniones informativas en hoteles de lujo, patrocinados por las multinacionales farmacéuticas, y gozan de un status profesional que no hubieran alcanzado de no ser por el Sida. De ahí nace el desinterés, e incluso la animadversión, de estos profesionales por otra versión científica disidente que pusiera en peligro su brillante carrera profesional y económica (...) Desde aquí pido a mis colegas, médicos, clínicos, universitarios e investigadores que estudien los argumentos de los disidentes y que obren después razonablemente...».

Hamer, como los disidentes del Sida, reclaman ser escuchados. Pero no será, ciertamente, a través de las revistas científicas especializadas, la mayoría de las cuales cuentan con comités editoriales y científicos externos que «filtran» y «seleccionan» los trabajos. Aunque lo cierto es que las opiniones de estos comités distan mucho de ser infalibles. Según una documentada investigación del físico Juan Miguel Campanario, de la Universidad de Alcalá de Henares, publicada en Social Studies of Science, «artículos que llegarían a ser altamente citados por otros investigadores o que alcanzarían una gran influencia en sus respectivos campos, fueron inicialmente rechazados por los «árbitros» de las revistas. Al menos en ocho ocasiones los autores acabarían recibiendo el Nobel por los descubrimientos que aparecían en estudios no aceptados».

En otra investigación complementaria, publicada en Journal of the American Society for Information Science, Campanario documenta cómo en veintidós ocasiones algunos de los artículos más citados de todos los tiempos tuvieron dificultades para publicar sus hallazgos, entre ellos uno del español Severo Ochoa. De ahí que el investigador alcalaíno concluya que «abunda la resistencia a nuevos descubrimientos y la falta de capacidad para apreciar avances notables y enfoques novedosos. Algunos de los rechazos erróneos llegaron a ralentizar o incluso a detener por algún tiempo el avance científico en áreas concretas».

Sólo que, entretanto, los enfermos mueren y los médicos que buscan otras vías de curación se encuentran con todo tipo de problemas administrativos, legales y económicos. Y lo grave es que nadie, ni pacientes ni médicos, parecen poder escoger.

Francisco Javier Martínez, epidemiólogo que ha tratado de mantener a sus pacientes seropositivos al margen de la vía oficial de curación, afirma que «la situación real es un total desprecio de la libertad de prescripción y de la libertad de investigación (...) En este momento hay nuevas inquisiciones y los que más controlan a los médicos son quienes debían velar más por nuestros derechos: los colegios médicos, los tribunales deontológicos (...) Esta monomanía unidireccional de una única hipótesis causal nos está llevando a esta especie de fracaso, de esterilidad, que arrastramos ya desde hace dieciséis años (...)».

Aunque la verdad es que los últimos casos de censura a aquellos investigadores que se apartan de las tesis oficiales no hacen sino jalonar una larga historia de «crímenes contra la inteligencia». De hecho, muchos de los mejores cerebros de la humanidad pagaron con creces su osadía al contradecir los principios considerados entonces inmutables. Veamos algunos ejemplos ilustrativos de esa larga batalla entre ciencia e intolerancia.

El destierro para Anaxágoras de Clazomene (siglo V a.C.).

Fue uno de los intelectuales desterrados más antiguos que se conocen, si es que no fue el fundador de tan ilustre gremio. Después de 30 años enseñando en Atenas, fue expulsado de la ciudad. ¿Cuál fue su terrible delito?

Anaxágoras sostenía que los objetos están integrados por infinidad de partículas -a las que dió el nombre de átomos- que se combinaban de una u otra forma para dar entidad a las cosas que vemos. Al despojar del Sol de su condición de divinidad, le supuso el castigo cívico por impío, piedra con la que también tropezarían Copérnico, Galileo, Servet y algunos otros.

El manicomio para Ignac Fulop Semmelweiss (1818-1865).

En cualquier enciclopedia podemos leer de él: «Determinó el origen infeccioso de la elevada mortalidad en los partos (1847); con ello, eliminó uno de los azotes de la humanidad. Todas las mujeres debieran estarle eternamente agradecidas». Lástima que Semmelweiss muriera encerrado en un manicomio, despreciado y ridiculizado por sus colegas.

Médico húngaro, Fülop se especializó en partos en una época en que las cifras de mujeres que morían al dar a luz rondaba el 30 por ciento. Un día el médico encontró la respuesta a tantas defunciones: los médicos actuaban con las manos sin cubrir, llevando ropa de calle, a veces incluso con el sombrero puesto. Algunos usaban delantales o blusas repletos de coágulos, que era honroso acumular como señal de veteranía. A nadie se le ocurría lavarse las manos ni antes ni después de manipular un cadáver. Sir Frederick Traves, el médico del famoso «hombre elefante», llegó a decir en Londres que «la limpieza estaba fuera de lugar y era considerada afectada y finolis».

Cuando Semmelweiss compareció ante sus discípulos y les anunció que debían lavarse las manos con cloruro de calcio después de cada acto médico, aquella medida, contraria a toda tradición médica, supuso un auténtico escándalo y le costó perder parte de su reputación. A pesar de que en poco tiempo la mortalidad descendió del 18 al 1%, la medida siguió siendo tan mal vista como antes. Semmelweiss, en un último esfuerzo por hacerse escuchar, acabó repartiendo octavillas en la calle que decían: «Jóvenes: ¡estáis en peligro de muerte! La fiebre puerperal amenaza vuestras vidas. Desconfiad de los médicos porque os matarán. Mujeres que vais de parto: acordaos de que moriréis y vuestro hijo morirá también a menos que cualquier cosa que entre en contacto con vosotras sea lavada con agua y jabón y aclarada con una solución de cloro. Yo ya no puedo acudir a los médicos y, por tanto, apelo a vosotros. Protegeos vosotros mismos».

Su obsesión y el desprecio de sus colegas acabaron conduciéndole a un manicomio en julio de 1865. Allí moriría un mes más tarde, víctima de una infección generalizada del mismo tipo que las que había denunciado.

El suicidio para Ludwig Boltzmann (1844-1906).

Físico austríaco, Boltzmann elaboró una importante teoría cinética de los gases, expuesta en 1868 como «ley de distribución de velocidades en las moléculas de un gas». Además, fundamentó el Segundo Principio de la Termodinámica sobre bases mecánicas y relacionó los conceptos de entropía y probabilidad, vislumbrando -antes que nadie- los umbrales del mundo cuántico.

Pero su vida no fue un camino de rosas. El cadáver del insigne físico fue encontrado por su hija colgado de una cuerda. Boltzmann se había ahorcado en una ventana de su casita de veraneo en Duino, pueblo del litoral adriático, víctima de la angustia y el estrés. Sobre todas las cosas había sido un hombre delicado y sensible que sufrió al verse continuamente enfrentado a los hombres de ciencia de su época, tratando de hacer valer sus teorías.

¿Cuál era su mayor anhelo? Simplemente que la comunidad científica admitiera que diversos dogmas de la Física tradicional no eran indiscutibles. Boltzmann pagó así el opresivo tributo que grava a los precursores, innovadores y revisionistas. «Soy consciente -escribió- de ser solamente un individuo que lucha débilmente contra la corriente del tiempo». No pasaron muchos años desde su suicidio cuando sus ideas atomistas fueron aceptadas por los científicos, en gran parte gracias a los trabajos de Einstein. Pero Boltzmann ya estaba muerto...

Son sólo algunos ejemplos. Hay muchísimos más. Pero, en definitiva, demuestran que la cerrazón mental de los detentadores de la verdad establecida sigue llevándolos a actuar de la misma manera. Y que los disidentes siguen siendo silenciados. ¿Por qué los médicos convencionales no quieren escuchar?

Por: Antonio Muro

Fuentes: Negligencias.com, www.axel.org.ar


Buenasiembra | 2001-2009 | Quienes Somos | Contactenos

Valid XHTML 1.0 Transitional