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Maguy Lebrun: Médicos del Cielo, Médicos de la Tierra

Médicos del Cielo, Médicos de la Tierra

Maguy Lebrun

Primer prefacio

Primavera de 1963: a primera hora de la tarde tengo una cita en mi despacho de juez de menores, del Tribunal de Primera Instancia de Grenoble, con un matrimonio de mediana edad del que sólo tengo referencias por un informe social que dice así:
«Se puede, eventualmente, confiar a niños o adolescentes con problemas al matrimonio Lebrun.»
Por suerte, no han esperado mi autorización para recogerlos; según parece, su casa está, literalmente, llena de adolescentes de uno y otro sexo que, como sobrevivientes de un naufragio, han ido a parar a una playa tranquila después de la tempestad.

El informe añade que esos jóvenes parecían haber recuperado la paz, el equilibrio y un comportamiento normal.
Conocedor de las grandes dificultades que se presentan a la hora de solucionar los problemas de adaptación de los adolescentes «en peligro», no podía por menos que extrañarme ante un éxito semejante, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de personas que carecían de una formación especial y que sólo contaban con su sentido común y una dedicación total.

Debo confesar que esto chocaba con mis convicciones profesionales, fruto de largos seminarios de formación de trato cotidiano con una juventud zarandeada, manipulada o abandonada, con frecuencia inmersa en la delincuencia, y del contacto con especialistas de la educación «vigilada», es decir, educadores, psicólogos, psiquiatras y asistentes sociales, con los que colaboraba.

Un breve párrafo de este informe señalaba, además, que la señora Lebrun curaba a enfermos por magnetismo en colaboración con «ciertos médicos».

Todas estas características reunidas en un solo personaje: ¡aquel día creí haber dado con un mirlo blanco!
En cuanto les vi me quedé impresionado por el brillo de sus ojos y la alegría que emanaba de sus personas. Me explicaron cómo habían salvado a muchos jóvenes en peligro sin subvenciones ni apoyo oficial, pero con mucho ingenio...
Era demasiado bonito para ser verdad y, sin embargo, ¡lo era!

Así lo pude comprobar durante las semanas, los meses y los años siguientes y, con el apoyo de mi colega, también juez de menores, y de mis colaboradores, luché por que esta acción digna de elogio fuera oficializada y respaldada.
Desde un principio me atrajo -y luego llegó a conquistarme- la personalidad arrolladora de Maguy, la impresión o, mejor dicho, la impronta que deja en los que la conocen o conviven con ella; en una palabra: su carisma.
Observé cómo Daniel era el administrador de la casa, compartía con inteligencia y delicadeza los esfuerzos de Maguy, organizando la vida cotidiana de la familia, y procuraba sacarla adelante.

En 1969 me vi obligado, por mi carrera, a abandonar Grenoble, ciudad a la que volví trece años después. Reanudé los contactos con Maguy y Daniel; no les había visto desde entonces debido a mis estancias por motivos profesionales en Polinesia, Alemania y la isla de la Reunión, pero no los había olvidado.

En mi ausencia, la actividad social de mis amigos se había intensificado. Los niños confiados a su custodia habían crecido y se habían convertido a su vez en padres y madres de familia; continuaban relacionándose con Maguy y Daniel y formaban una gran familia que se reunía a menudo.
La justicia levanta a veces la venda de sus ojos y contempla el mundo. Por esta razón, un año después de mi regreso a Grenoble tuve el honor de condecorar a Maguy, en la sala de la Audiencia del Tribunal de Apelación, con la medalla de la «educación vigilada», que acababa de concederle el ministro de Justicia.

Aquel día, casi todos los «niños» de Maguy y Daniel, acompañados de sus cónyuges y de su prole -unos doscientos más o menos-, asistieron a la ceremonia. La condecoraba yo en nombre de la dignidad y del amor con que los había educado. Era una pequeña recompensa que ella rehusó de entrada. Si nuestra sociedad premia con todos los medios y por toda clase de motivos los peores ejemplos, hay que aprovechar la ocasión y dar también a conocer los buenos. Por eso, presionada por sus amigos, aceptó finalmente esa humilde medalla que aquel día hizo honor a su función.
Paralelamente a esta actividad social, Maguy había organizado y desarrollado una actividad terapéutica y había creado grupos de estudio y de trabajo dedicados a la búsqueda espiritual.

En las reuniones en las que tuve ocasión de participar tomé conciencia de que la necesidad de Maguy por entregarse a los demás, se debía no sólo a una virtud personal sino también a una revelación de orden trascendente y que, tanto en el campo social como en el terapéutico, era asistida por guías espirituales.

En las reuniones en las que tuve ocasión de participar tomé conciencia de que la necesidad de Maguy por entregarse a los demás, se debía no sólo a una virtud personal sino también a una revelación de orden trascendente y que, tanto en el campo social como en el terapéutico, era asistida por guías espirituales.

Era ésta una dimensión nueva y desconocida que fui descubriendo poco a poco y cuya calidad y autenticidad se reflejaba en los resultados obtenidos: la fuerza de los grupos de estudio, las curaciones espectaculares de algunos enfermos o el prestigio creciente de Maguy entre los médicos, los universitarios y los científicos.

Era preciso que fuera personalmente Maguy quien escribiera el relato de esta aventura espiritual y profundamente humana que es su vida, porque sólo ella conoce todas sus peripecias y puede describir, con la franqueza y la sencillez que la caracterizan, su emotivo desarrollo.

ROGER MASSE-NAVETTE
Magistrado, presidente de la Audiencia del Tribunal de Apelación, caballero de la Legión de Honor, oficial de la Orden del Mérito

Segundo prefacio

Este libro puede leerse como si se tratara de fioretti, ya que cuenta historias sencillas, inesperadas, raras en ocasiones, pero nunca desprovistas de emoción. Fui testigo de algunas de estas «florecillas» y debo a una de ellas el haber conocido a Maguy y Daniel, y el haber descubierto quiénes eran en realidad, al margen de rumores confusos y generalmente infundados.

El lector puede, como yo, no compartir todas las ideas de Maguy sobre el más allá; por otra parte, ella no exige adhesión incondicional. Simplemente, expone sus convicciones, que son el resultado de la experiencia vivida por ella, gracias a Daniel, su marido, en su contacto con lo invisible. Su grupo de plegaria constituye un ejemplo, ya que reúne a quienes, como ella, están convencidos de que la plegaria es una fuerza que puede cambiar el curso de los acontecimientos. Remite a cada uno a su religión de origen, para que viva mejor su riqueza y sus exigencias; sin duda, esto es lo que hace posible que cristianos de todas las Iglesias, judíos, musulmanes y budistas recen conjuntamente en los grupos.

A lo largo de estas páginas se pueden entrever muchas Maguy. Hay la Maguy tierna, que tiene siempre a punto una palabra o un gesto de consuelo para curar las heridas que inflige la vida. Se me quedaron grabadas las palabras que Gisèle pronunció unas semanas antes de morir: «Es la primera vez que me siento amada así».
La Maguy campesina, «dauphinoise» con los pies siempre en la tierra, que no tiene rival a la hora de detectar un engaño o de distinguir lo espiritual de lo psiquiátrico.

La Maguy iracunda, capaz de darle una buena «bronca» a quien eluda su obligación cotidiana.
La Maguy valiente que se arriesga cuando se trata de evitar un aborto o la desesperación de una joven madre. Puedo asegurar que sus ideas sobre el aborto se traducen en actos, no palabras.
La Maguy de Daniel... Daniel es el consejo en un asunto importante, el que analiza la logística de todas las situaciones. Conociéndoles, es inevitable el comentario de que están hechos el uno para el otro.

Hay también la Maguy convencida, capaz de devolver en quince minutos el sentido de la vida y de la muerte a quien lo ha perdido y persuadirle de que la muerte de un ser querido o la propia muerte no es un fin sino el comienzo de otra vida.
Respetando las instituciones de todo tipo pero manteniéndose al margen, Maguy vive a fondo una experiencia religiosa y fraternal auténtica; hay seres hacia los cuales convergen los heridos de la sociedad, aquellos a los que las instituciones no tienen en cuenta. El Evangelio dice «por sus obras los conoceréis». Ya me gustaría a mí que muchos cristianos, incluido el autor de estas líneas, y todos los hombres de buena voluntad fueran capaces de producir frutos de esta calidad.

JEAN GODEL
Cura párroco de Saint-Nazaire-Ies-Eymes

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