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El Arte de la Verdadera Curación

ISRAEL REGARDIE

EL ARTE DE LA VERDADERA CURACIÓN

PREFACIO

a la 2da. Edición inglesa (revisada), 1964
En mi propia copia personal de la edición original, escribí la fecha en que la recibí... 1 abril de 1937. Por tanto, más de un cuarto de siglo ha pasado desde que este pequeño libro apareció.

Juzgando por las muchas cartas que he recibido periódicamente desde todas las partes de mundo, la respuesta a él me indica que mucha gente ha encontrado un uso positivo para el método. Esto me agrada considerablemente, pues es lo que pretendía entonces —aparte de la broma implicada de la inscripción.

He modificado el texto original con una ligera y discreta redacción, y he añadido una pequeña sección sobre la oración. Esencialmente, sin embargo, no se ha cambiado. Esta nueva edición sale para probar ser, espero, tan útil como lo ha sido la anterior.

CAPITULO I

Dentro de todo hombre y toda mujer hay una fuerza que dirige y controla el curso entero de la vida. Usada apropiadamente, puede curar toda aflicción y todo mal a los que se halla expuesta la humanidad. Toda religión afirma esto. T

odas las formas de curación espiritual, sin importar bajo qué nombre viajen, prometen la misma cosa. Incluso el psicoanálisis emplea este poder, aunque indirectamente, usando la palabra líbido, ahora popular. Y es que la introspección crítica y la comprensión que trae hacia la psique libera tensiones de varias clases, y a través de esta liberación, el poder curador latente, interno, y natural al sistema humano, opera más libremente.

Cada uno de estos sistemas se propone enseñarles a sus devotos métodos técnicos de pensamiento, o contemplación, u oración, que, de acuerdo con los términos a priori, de sus propias filosofías, renovarán sus cuerpos y transformarán todo su entorno. Ninguno o pocos de ellos, sin embargo, cumplen realmente de un modo completo la elevada promesa hecha al comienzo.

Parece haber poca comprensión de los medios prácticos por los que las fuerzas espirituales que subyacen al universo y compenetran toda la naturaleza del hombre, pueden ser utilizadas y dirigidas hacia la creación de un nuevo cielo y una nueva tierra. Naturalmente que, sin la cooperación universal, tal ideal es imposible para toda la humanidad. No obstante, cada uno puede comenzar para sí mismo la tarea de reconstrucción.

La pregunta crucial es, pues, ¿cómo podemos percatarnos de esta fuerza? ¿Cuáles son su naturaleza y sus propiedades? ¿Cuál es el mecanismo por el que podemos usarla?

Como antes he dicho, diferentes sistemas han desarrollado procesos ampliamente diferentes por los cuales el estudiante podría adivinar la presencia de tal poder. Meditación, oración, invocación, exaltación emocional, y demandas hechas al azar a la Mente Universal, han sido unos pocos de tales métodos.

En última instancia, si ignoramos pequeños detalles de naturaleza trivial, todos tienen esto en común: tornando el penetrante poder ígneo de la mente interiormente hacia sí misma, y exaltando el sistema emocional hasta cierto nivel, podemos percatarnos de corrientes de fuerza previamente insospechadas; corrientes, más aún, casi eléctricas en su sensación, curadoras e integradoras en su efecto.

Es el uso dirigido de una fuerza tal el que es capaz de traer la salud al cuerpo y a la mente. Cuando es dirigida, actúa como un imán. Con esto quiero decir que atrae, a quienquiera que emplea estos métodos, justo aquellas necesidades de la vida, materiales o espirituales, que urgentemente necesita, o que se requieren para su posterior evolución.

Fundamentalmente, la idea subyacente a los sistemas de curación mental es ésta: en la atmósfera ambiente que nos rodea, y compenetrando la estructura de cada minúscula célula del cuerpo, hay una fuerza espiritual.

Esta fuerza es omnipresente e infinita. Se halla presente tanto en el objeto más infinitesimal como en la nebulosa o universo-isla de proporciones más conmovedoras.

Es esta fuerza la que es la vida misma. Nada hay que esté muerto en toda la vasta extensión del espacio. Todo pulsa con vibrante vida. Incluso las ultramicroscópicas partículas del átomo se hallan vivas; de hecho, el electrón es una cristalización de su poder eléctrico.

Siendo infinita esta fuerza vital, se concluye que el hombre debe estar saturado... atravesado plenamente por fuerza espiritual. Constituye su ser superior, su vínculo con la deidad, es Dios en el hombre. Toda molécula de su sistema físico debe estar empapada con su energía dinámica. Cada célula del cuerpo la contiene en plenitud. Nos enfrentamos así cara a cara con el problema que subyace a toda enfermedad.

El enigmático problema del agotamiento nervioso.

¿Qué es la fatiga? ¿Cómo puede haber agotamiento si la vitalidad y las corrientes cósmicas de fuerza se vierten diariamente a través del hombre?

Primariamente, es debido a que él ofrece tanta resistencia a su flujo a su través, que se cansa y enferma, culminando finalmente el conflicto con la muerte. ¿Cómo puede el mezquino hombre desafiar al universo?

Más aún, ¿cómo puede ofrecer resistencia y oposición a la fuerza que subyace, y continuamente evoluciona, en el universo? La complacencia y confusión de su perspectiva mental, la cobardía moral en la que fue educado, y su percepción falsa de la naturaleza de la vida... éstas son las causas de resistencia al flujo interior del espíritu.

El que esto sea inconsciente no es un obstáculo lógico a la fuerza de este argumento, como lo han demostrado todas las psicologías profundas. ¿Qué hombre se percata realmente de todos los procesos involuntarios que transcurren dentro de él? ¿Quién es consciente del intrincado mecanismo de sus procesos mentales, de aquellos por los que su comida es asimilada y digerida, de la circulación de su sangre, de la distribución arterial de la nutrición a cada órgano corporal? Todos estos son procesos puramente involuntarios.

Lo son también hasta un alto grado sus resistencias a la vida. El hombre se ha rodeado con una concha cristalizada de prejuicios y fantasías mal concebidas, una armadura que no ofrece entrada a la luz de la vida externa.

¿Por qué asombrarse si se aflige? ¿Por qué asombrarse de que esté tan enfermo e impotente, desvalido y pobre?
¿Por qué habría sorpresa en que el individuo corriente sea tan incapaz de habérselas adecuadamente con la vida?

El primer paso hacia la libertad y la salud es una realización consciente del vasto reservorio espiritual en el que vivimos, nos movemos, y tenemos nuestro ser.

Un esfuerzo intelectual repetido para hacer de esto una parte y parcela de la propia perspectiva mental hacia la vida, derrumba automáticamente o disuelve algo de la dura e inflexible concha de la mente. Y entonces la vida y el espíritu se vierten abundantemente.

La salud surge espontáneamente, y una nueva vida comienza cuando el punto de vista sufre este cambio radical. Más aún, parecería que el entorno atrae justo a esa gente que puede ayudar de diversos modos, y precisamente aquellas amenidades que fueron esperadas por largo tiempo.

El segundo paso cae en una dirección ligeramente diferente: la respiración —un proceso bien simple. Su necesidad surge del postulado siguiente: si la vida es sólo una, omnipenetrante y omniabarcante, ¿qué más razonable que el que el mismo aire que respiramos de un momento a otro esté altamente cargado de vitalidad?

Regulemos pues acordemente nuestros procesos respiratorios. Contemplamos que la vida es el principio activo en la atmósfera. Durante la práctica de esta respiración rítmica en periodos fijos del día no debería haber un esfuerzo de la mente, ninguna sobrecarga de la voluntad.

Todo esfuerzo debe ser suave y fácil; es entonces que se obtiene la destreza. Dejemos que el aliento fluya hacia dentro mientras contamos mentalmente muy despacio... uno, dos, tres, cuatro. Entonces exhalemos contando lo mismo.

Es fundamental e importante que el ritmo inicial, sea de cuatro o de diez cuentas, o cualquier otro conveniente, se mantenga. Porque es el ritmo mismo el que es responsable de la fácil absorción de vitalidad desde fuera, y de la aceleración del poder divino interno.

Un ritmo inmutable se manifiesta en todas partes en el universo. Es un proceso viviente cuyas partes se mueven y son gobernadas de acuerdo con las leyes cíclicas. Mirad al sol, las estrellas y los planetas. Todos se mueven con gracia incomparable, con un ritmo en sus tiempos inexorables.

Sólo la humanidad ha vagado, en su ignorancia y autocomplacencia, lejos de los ciclos divinos de las cosas. Hemos interferido en los procesos rítmicos inherentes a la naturaleza, ¡y cuan tristemente hemos pagado por ello!

Por lo tanto, al intentar sintonizarnos de nuevo con el poder espiritual inteligente que funciona a través del mecanismo de la naturaleza, no intentamos copiar ciegamente, sino adoptar inteligentemente sus métodos. Haced, pues, la respiración rítmica a ciertos tiempos fijos del día cuando haya pocas posibilidades de ser molestado.

Cultivad sobre todo el arte de la relajación. Aprended a dirigiros a cada músculo tenso desde las puntas de los pies a la cabeza mientras yacéis sobre vuestra espalda en la cama. Decidles deliberadamente que suelten su tensión y cesen su contracción inconsciente.

Pensad en la sangre fluyendo copiosamente a cada órgano en respuesta a vuestro mandato, llevando la vida y la nutrición a todas partes, produciendo un estado de salud resplandeciente, radiante. Sólo después de que estos procesos preliminares hayan sido realizados, deberéis comenzar con vuestra respiración rítmica, lentamente y sin prisa.

Gradualmente, conforme la mente se acostumbre a la idea, los pulmones tomarán el ritmo espontáneamente. En unos poco minutos se habrá hecho automático. Todo el proceso se vuelve entonces extremadamente simple y agradable.

Sería imposible sobreestimar su importancia o eficacia. Conforme los pulmones toman el ritmo, inhalando y exhalando con un ritmo mesurado, lo comunican y lo extienden gradualmente a todas las células y tejidos de alrededor. Igual que una piedra arrojada a un estanque envía ondas expansivas y círculos concéntricos de movimiento, así hace el movimiento de los pulmones.

En unos pocos minutos todo el cuerpo vibra en unísono con su movimiento. Cada célula parece vibrar simpáticamente. Y muy pronto, todo el organismo se siente como si fuera una batería inagotable de poder. La sensación —y debe ser una sensación— es inconfundible.

Simple como es, el ejercicio no debe ser menospreciado. Es sobre el dominio de esta técnica tan sencilla que se apoya en el resto del sistema. Amaestradla primero. Aseguraos de que podéis relajaros completamente, y producid después la respiración rítmica en unos pocos segundos.

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