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Una vida acelerada

Exceso de velocidad

Cada vez más, el fast life y la cultura del arrebato aparecen ligadas al drama de la obesidad y las adicciones. Una avalancha de estímulos, ¿una generación impulsiva?

“Lo quiero todo. Lo quiero ya”. La frase resume el frenesí del “fast life”. En un mundo que pide logros y éxitos constantes, las conductas impulsivas son cada vez más comunes. La velocidad atenta contra la reflexión, el pensamiento y la meditación. Y las últimas investigaciones lo demuestran: la impulsividad tiene una relación directa con las adicciones. “Está ligada a mayores riesgos de alcoholismo, tabaquismo, abuso de drogas, obesidad, al juego compulsivo, trastornos de personalidad severos y problemas de déficit atencionales”, dijo un informe publicado en el New York Times la semana pasada. Será otra de las “plagas del siglo XXI”.

RAVENNA: "Lo que hay que combatir no es el impulso, sino cómo vivimos". (Foto: Ary Kaplan Nakamura)

En los EE.UU. ya hay 20 millones de personas afectadas por problemas de impulsividad. El fenómeno se espeja en el mundo y por supuesto en la Argentina, donde crece el acelere. Máximo Ravenna, médico y psicoterapeuta especializado en adicciones lo confirma. Observa que, además de la predisposición genética, hay una sociedad que estimula esas conductas: “El impulso es parte de una estructura ya adictiva, ya voraz, fomentada por la educación, el consumismo y el exceso de la sociedad que me pide rendir a un nivel tope”. Pero también hay causas genéticas. Un estudio del National Institute of Mental Health descubrió que la mutación de un gen llamado MAO-A, produce una enzima inhibidora de la serotonina, el neurotransmisor que da serenidad.

En paralelo, un estudio del Journal of Psychiatric Research probó que mientras más habituales eran las conductas impulsivas más se relacionaban con el alcoholismo severo.

“Este entorno hace que el interno, ya frágil, sea víctima fácil de la inclusión rápida en los vínculos adictivos, en las drogas, en la comida rápida (fast food), el alcohol... que alivian. Porque son hijas de la quietud, me dejan calmado y estimulan la serotonina”, explica Ravenna.
Y sabe de lo que habla: por su Centro Terapéutico ya pasaron 20.000 pacientes que luchan contra una de las adicciones más graves de estos tiempos: la obesidad.
“Cuando hay tan poco tiempo para reflexionar todo el placer se encuentra a través de intermediarios: un cigarrillo, la heladera o un golpe de descarga.
Tengo una dinámica de acción, pero no una filosofía de vida.
Sé cómo ir, pero no adónde voy. En el fondo, con tanto exceso, finalmente todo es ausencia, porque lo que me falta es lo más importante:
lo que me falta es conocer mi alma, mi espíritu ”, explica.

¿Pero es siempre la impulsividad algo intrínsecamente o siempre malo? No, dicen Ravenna y sus colegas. “La impulsividad tiene ventajas evolutivas, sobre todo considerando que la vida es corta y peligrosa”, asegura Charles Carver, psicólogo de la Universidad de Miami. De hecho, las respuestas rápidas sirven para enfrentar y superar traumas, rupturas de pareja o situaciones laborales difíciles. Sin embargo, lo que hoy agregan los especialistas es que, tal vez, debemos pensar en la slow life, en que no tenemos que reaccionar siempre y ante todos los estímulos, y que quizá el mundo no nos pide eso.

“Hay un mensaje que nos dice que no podemos parar porque el otro nos va a pasar por encima. Pero, ¿y si no nos interesa llegar antes en algunas competencias? Tal vez queramos dejar pasar al otro y ser la tortuga que compite con la liebre, que finalmente llega más despacio, pero mejor”, reflexiona Ravenna, y traza una analogía bien argentina: “Esto me hace acordar cuando acusaban
a Illia de tortuga. Después vinieron los rápidos militares y nos condujeron rápidamente al precipicio, por ser eficaces”.

Sin embargo, estos impulsos también pueden controlarse. Y, según los especialistas, la respuesta no está en querer actuar sobre ellos, sino trabajar sobre nosotros mismos, sobre esa delgada línea que separa el exceso y la medida.

“¿Qué es más sano: comerme todo, tomarme tres vasos de vino o no hacerlo? Y te digo: lo lógico es que aparezca esta descarga. Y no hay que combatirla. Lo que hay que combatir es lo que ni se cuestiona, que es cómo vivo, cómo trabajo, cómo funciono. ¿Por qué siempre hay que descargar, si yo puedo aliviarme haciendo las cosas como me gustan, haciendo bien a otros, recibiendo de lo que hago una devolución que me enriquezca”.

Lo dice Benedict Casey en el artículo del New York Times, “La vida nunca dejará de probarnos hasta dónde podemos llegar”. Sin embargo, somos capaces de otras respuestas, que, como dice Ravenna, “No pueden venir de otra actitud impulsiva que quiera aplacar los problemas rápido, sin escuchar al otro, sin aceptar sus contradicciones, haciéndole una lobotomía o una cirugía contra la obesidad para que deje de comer”.

En cambio, para dejar de vivir de impulso en impulso, hace falta un corte, una medida y una distancia, para alejarnos de lo inmediato y sumergirnos en una inmediatez más interesante y provechosa: la de nosotros mismos y nuestra relación con los demás. Para reflexionar, ¿no?

Fuente: Por Natalia Zuazo. De la redacción de Clarín.com
nzuazo@claringlobal.com.ar


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