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Violencia Escolar

Cuando ocurren tragedias, como la de Carmen de Patagones, el primer impulso es mirar alrededor, buscar responsables, culpables. A partir de una tragedia puntual, la sociedad se mira al espejo y... ¿qué ve?

Chicos prendidos a la TV, a internet, al centro musical... Y de vez en cuando un portazo, un grito y el encierro. Y los adultos nos quedamos de este lado, total, ya va a pasar. En cualquier momento maduran y se vuelven como nosotros: gente ocupada, preocupada y cansada. Pero en ese paréntesis de resignada espera, muchas cosas pueden suceder. Y -lo peor- nos pueden pasar por alto.

¿Cómo es posible que un adolescente tome un arma y la descargue contra sus compañeros de clase sin que absolutamente nadie haya advertido que algo andaba mal en él, que algo no encajaba en su conducta? ¿Una pista, un gesto; o más bien, una cadena de señales?

El chico que asesinó a tres compañeros en la escuela Islas Malvinas de la localidad de Carmen de Patagones se quedó sin nombre (es apenas "Junior" para los medios que respetan la disposición legal que prohíbe revelar su nombre, por ser menor de edad) y sin futuro. Y se quedó también con todas las respuestas. Los otros -usted, nosotros- somos apenas un pozo de incertidumbre.

A la caza de argumentos, surgen las preguntas de siempre: ¿en qué fallaron sus padres, sus profesores, sus compañeros, sus amigos...? ¿En qué fallamos cada vez que un chico entra a la escuela con un cuchillo en la mochila para vengar algún insulto del día anterior? ¿O cada vez que decide finiquitar con golpes o insultos un cruce de opiniones?

En la ruta fácil aparecen los dedos acusadores. Se señala la música que escuchan, las películas que ven, los juegos que disfrutan, la rigurosidad extrema de ciertos padres, las armas dejadas al alcance de la mano, las cargadas de los compañeros, la timidez extrema, las palabras ausentes... Pero nunca es una sola la causa. La causa es una suma que ha ido socavando una base.

 

Factor adultos

Alejandra Libenson es licenciada en Psicopedagogía, autora del libro "Criando hijos, creando personas" (Alfaguara). Consultada acerca de lo ocurrido en Carmen de Patagones, sostuvo que "a veces no son los padres los que advierten estas conductas y sí los docentes, tutores, preceptores o algún amigo; pero no siempre están en condiciones de transmitirlo a tiempo porque quizás no se le da trascendencia en el momento justo.Se lo atribuye a la edad hasta que sucede un hecho grave".

Por eso es vital conocer las características del adolescente, hablar con ellos, escucharlos, no responder a su natural hermetismo con la misma moneda. "Los padres no deben aislarse de sus hijos, si no, nunca comprenderán cómo son, cómo piensan, qué necesitan", aconseja Libenson.

Si bien el retraimiento y la falta de socialización son rasgos propios del adolescente, los adultos deben abrir el diálogo en la medida que se lo permitan. Con respeto, aprovechando espacios cotidianos como un desayuno, una salida en familia o una cena.

"Siempre van dejando señales en el camino, desde que son pequeños. Es el adulto quien debe ir decodificando sus pedidos, necesidades, gustos, dificultades. Es una tarea del día a día y no siempre se le da la importancia que tiene.

Especialmente en lo referido a la manera en que los adultos nos vinculamos con ellos a la hora de ayudarlos a crecer con límites claros, puestos desde el respeto y la tolerancia por las diferencias", explica la psicopedagoga. Y agrega: "Estas normas se van estableciendo con los años. Nuestros hijos no se reciben de adolescentes de un día para otro; es algo que se construye y nosotros, los adultos, también vamos aprendiendo a cambiar a la par de ellos".

Se hace camino al andar

Pero la sociedad ha sufrido modificaciones sustanciales: la declinación de las autoridades tradicionales (el docente, los padres) y la desvalorización de la palabra como límite generan una profunda sensación de naufragio. Al respecto se refiere Ana María Fernández, Psicóloga Clínica, Psicoanalista, Profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y autora de "Instituciones Estalladas" (Ed. EUDEBA).

"Nuestros niños y jóvenes se forman en un caldo de cultivo donde -desde el Estado hasta la familia- no importa la verdad, lo justo, la razón, la norma, la ley. Todo se resuelve desde el poder. Hay que `empoderarse' rápido, con los medios que estén a tu alcance, sino te arrasan. Esto implica: `sólo me tengo a mí mismo'. No hay lugar para la ternura, la piedad, la solidaridad por el semejante, porque son afectos que me harían vulnerable. Se desarrolla la crueldad, la violencia, el abuso en todos los niveles psíquicos, institucionales, comunitarios", afirma Fernández.

Y agrega, con claros términos de comparación: "Es cierto que los jóvenes no tienen límites, pero el FMI tampoco. Por otra parte, es la sociedad disciplinaria en su conjunto la que ha ido desfondándose en los últimos años. En la escuela se ve claro. No se sanciona la falta disciplinaria. Pero, ¿cuál sería el beneficio de volver a esto?. Por otro lado, no depende de nuestra voluntad. El vaciamiento de sentido de un orden disciplinario ha caído de hecho".

"Podríamos relacionar esto con otro estallido, el de la sociedad salarial. Esto ha traído la flexibilización laboral, la falta de trabajo y la falta de garantías laborales. Es decir que no sólo estamos en una sociedad con disciplinas que se relajan sino que es una sociedad sin derechos de ciudadanía para los más frágiles. A los poderosos tampoco se les ponen límites.

El problema de los adolescentes hoy no me parece que pase tanto por la falta de límites como por la falta de brújula. De esto obviamente no son ellos los responsables. En el trabajo clínico esto se ve claramente. Más que pacientes enfermos de pasado (las neurosis clásicas), nos encontramos con gente que enferma de futuro", sostiene la psicoanalista y docente.

Factor instituciones

Adriana Zaffaroni es Licenciada en Sociología y profesora de Investigación Educativa en la Universidad Nacional de Salta. Consultada acerca de la violencia desencadenada en Carmen de Patagones, lleva la reflexión hacia el interior de las instituciones educativas.

Dice: "Los docentes y directivos tienen una difícil tarea en el trabajo con adolescentes. El joven busca modelos a imitar, proyectos que lo convoquen a transitar esta etapa llena de sueños. Y se encuentra con una sociedad competitiva, individualista, mercantilizada, `donde todo se puede comprar', portadora de antivalores que impactan negativamente en su desarrollo como persona".

En este contexto, la formación -dice Zaffaroni- debe ser compartida: "La escuela debe formar a los jóvenes, para eso están los docentes; pero la familia es la base, la educación fundamental proviene del hogar". Sin espíritu cooperativo, las cosas no pueden mejorar.

Sobre todo si tenemos en cuenta un factor más, triste y determinante: "Antes, la institución socializadora por excelencia era la escuela, sus docentes gozaban de un gran prestigio en la sociedad y los niños y jóvenes transitaban por ella pudiéndose integrar luego sin dificultades a la sociedad.

Lejos estamos hoy de estos procesos sociales que supo transitar el país. Hoy, la socialización que estaba en manos de la escuela es compartida con los medios de comunicación masiva y electrónicos y, además, el joven que termina la escuela no tiene un lugar de inserción asegurado en la sociedad".

Y volviendo a los límites, Zaffaroni recomienda trabajar en sistemas de autodisciplina, donde los alumnos tengan sus propias normas de convivencia. Se trata de colocar al adolescente en situación de protagonista para contrarrestar, aunque sea en parte, la sensación de no ser "nada" en una sociedad que, paradójicamente, pregona la "juventud eterna".

Factor medios

La violencia transmitida a diario a través de mensajes que circulan por la TV, internet, la música y los videojuegos es motivo de innumerables polémicas y debates. Para Adriana Zaffaroni, la clave está en encarar una recepción crítica de estos mensajes.
"Los mensajes que circulan a través de estos soportes están totalmente atravesados por quienes seleccionan los contenidos y los imponen, es decir por quienes detentan la propiedad de los mismos, actores cada vez más difusos contenidos en corporaciones transnacionales", sostiene.

Si no podemos incidir en los contenidos que se transmiten, al menos aprendamos a decodificarlos. "Es esencial formar personas con sentido crítico, que analicen lo que ven y sean capaces de saber lo que hacen y porqué lo hacen. En este sentido, la tarea de padres y docentes es fundamental y para lograr el objetivo es necesario dedicarle a los hijos tiempo de intercambio de opiniones y de reflexión", concluye la docente.

El panorama es complicado, y está claro que en el caso de Carmen de Patagones no hay que buscar explicaciones de simple causa-efecto; o generalizaciones del tipo "todos los jóvenes son violentos".

La suma es compleja y la tarea por delante es ardua: la reconstrucción de una sociedad sobre nuevas bases. Esto exige un nuevo contrato social que solo podrá instituirse en la acción colectiva.

Por María Fernanda Abad

Fuente: www.eltribuno.com.ar/2004/nexo/20041003_102327.php

¿Un reflejo de la sociedad?

Los casos de violencia escolar se vuelven cada vez más frecuentes, jóvenes que disparan contra sus compañeros para después suicidarse o no , son sin duda un fenómeno social terrible que debe hacernos reflexionar para detener esta desastrosa realidad.

Esta es la historia

Uno de los casos de violencia escolar es el ocurrido en el liceo Gutemberg, en Erfurt (Alemania) en el que un joven de 19 años que había sido expulsado de secundaria abrió fuego contra la comunidad estudiantil y asesinó a 14 maestros, a dos estudiantes y a un policía; luego... se suicidó. ¿Puedes imaginar éstas escenas? ¿Puedes creer que esto haya pasado? Tan solo un joven... tan solo 19 años...

"Un acto semejante no le corresponde" exclamó una ex alumna de la escuela que conocía al agresor. "No entiendo. En clase no prestaba atención, a menudo molestaba y tenía relaciones difíciles con los profesores, pero era alegre, muy inteligente y sus amigos lo apreciaban”.

El más profundo pésame

No solo a los familiares de los que han fallecido, sino al mundo entero por tan terribles escenas de dolor, el sufrimiento se ha encarnado después de vivir tal pesadilla.

Los hechos ahí están, ojalá que hubiera sido un filme, pero no, y en la vida real estas cosas no pueden simplemente suceder. No bastan los hechos, es preciso obtener alguna explicación, ¿Qué fue lo que motivó a este chico a actuar de tal manera?, ¿Qué le hizo olvidar su condición humana para proceder de semejante forma?,¿Qué tipo de pensamientos y sentimientos cruzaban por la mente y el corazón de este joven?

Es terrible, lo sabemos, pero... no es un acto aislado, alrededor del mundo hay muchos casos como este. Será importante pensar ¿Dónde está la sociedad? ¿Qué hace ésta para favorecer estos actos en los jóvenes, la esperanza del mundo? ¿Qué hacen los medios de comunicación? ¿Qué dicen los maestros? ¿Dónde están sus padres? ¿Dónde estamos nosotros?... para responder a tal acto, debido a que el chico no lo puede hacer.

Una sociedad se conoce por sus manifestaciones, por los fenómenos que en ella suceden. Lamentablemente, no podemos afirmar que la sociedad de este siglo se caracterice por la fraternidad, por el perdón, por la misericordia, por la solidaridad, por la paz y estos casos de violencia en las escuelas no son más que un reflejo de lo que los jóvenes desde niños aprenden, de modo especial, en la primera sociedad en la cual son recibidos: la familia.

Los valores que se viven en la familia enmarcan la personalidad de un niño desde antes que pueda hablar, cada niño es como una esponja que absorbe todo lo que hay a su alrededor, casi sin darse cuenta los padres transmiten todo lo que son, sus gustos, sus motivaciones, sus ideales, su carácter, sus valores; y cuando lo que viven los niños son pleitos, gritos, golpes, traiciones, egoísmo, envidias, rencores... ellos aprenden, simplemente aprenden.

Por otra parte, la sociedad como hemos referido en párrafos anteriores, no es un ejemplo de bondad, de justicia, de caridad; por doquier encontramos agresión, dolor, venganza, intereses egoístas, guerras... y mientras tanto, los niños aprenden, simplemente aprenden.

Los medios de comunicación podrían hacer maravillas enseñando los valores universales que llevan a una convivencia sana, al respeto de la persona humana; sin embargo lo que encontramos no es eso, hasta en las caricaturas lo que vemos son pleitos, venganzas, muertes, coraje, egoísmo... y los niños, siguen aprendiendo.

En el liceo de Gutemberg algunos afirmaban “Se volvió loco”... pero esa no es una explicación suficiente. O acaso ¿Es eso lo que puede dejar tranquilo nuestro corazón después de tanto dolor? No lo creo. La sociedad, los medios de comunicación, la familia juegan un papel primordial. Habría que adentrar en la historia de este chico y de muchos que como él, cometen tales horrores y causan tan grande dolor.

“La infancia hace destino” afirman los médicos psicoanalistas. Nuestros primeros años nos dejan una marca de fuego que no desaparece nunca. Lo que entonces experimentamos tiende a repetirse a lo largo de la vida; lo bueno y lo malo –el egoísmo, la religiosidad, la envidia, el ánimo cariñoso, los fracasos, la impureza, la alegría- sellan la personalidad. La niñez requiere cuidado sumo, pues lo que entonces pueda ocurrir tiene gran trascendencia. En el libro “Que mis palabras te acompañen”, Emma Godoy afirma, citando a San Ignacio “Amad a los niños como ángeles y cuidadlos como a demonios” .

Los padres de familia no han de cerrar los ojos y deben vigilarlos y encauzarlos por el camino del bien, siendo ellos los primeros promotores de este a través de su ejemplo y exigiendo a la sociedad y a los medios de comunicación un ambiente sano y justo que enseñe a los niños y jóvenes a ser verdaderos portadores de paz.

Ahora bien, hemos hablado ya del punto de vista social, familiar, humano; sin embargo, esto no lo es todo, el sufrimiento que se ha vivido ha de llevarnos a reflexionar más a fondo para comprender estos trágicos episodios y su sentido de modo que tomen una dimensión distinta y profundamente sanadora, convirtiéndose en una oportunidad de crecimiento espiritual inigualable.

Todo sufrimiento tiene sentido

No podemos cegarnos ante estos hechos tan espeluznantes, es preciso encontrar el amor en medio de tanto dolor, el amor que se hace presente cuando entra en escena el perdón, el sentido cristiano del sufrimiento.

“El sufrimiento es la obra trágica del hombre”, según menciona Michel Quoist, en su libro titulado “Triunfo”. El sufrimiento ha sido protagonista en esta historia de homicidio brutal, pero no debe cegarnos; si quieres que tu sufrimiento y el sufrimiento del mundo queden “compensados” y sirvan de algo, has de mirar y encontrar la única respuesta: el Amor, así con mayúsculas, no hay más, solo el Amor convierte, transforma, para que un sufrimiento no sea inútil, para que incluso después del dolor puedas perdonar y Amar, ofrecer y salvar.

La palabra clave: perdonar, no guardar rencor, que éste es agresión. Perdonar es olvidar, hasta Víctor Hugo reconocía: “la venganza sólo se alberga en las almas plebeyas”.

Nunca en las nobles y hoy más que nunca es preciso mostrar que hay almas nobles capaces de devolver al mundo bien por mal; con tantos ejemplos de dolor, de mal, como los homicidios, los suicidios, las violaciones, la violencia, etc. es preciso ser diferentes, ser modelos de Amor para los niños y jóvenes para que lejos de ser incivilizados y poco humanos, aprendan y realicen lo que llamamos “La Civilización del Amor”.

Por Ma. del Rosario G. Prieto Eibl

Fuente: www.encuentra.com/includes/seccion.php?IdSec=552


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