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Terapia de Pareja

Las funciones que los miembros de una pareja deben cumplir, en relación al otro y a la pareja misma, son tan diversas y complejas que "ninguna multinacional, por poderosa que sea, se animaría a enfrentarlas", dice la doctora Graciela Peyrú. No es raro, entonces, que se falle en el intento, sobre todo si el contexto es un país que se desmorona: los especialistas dicen que en los últimos tres años la demanda de terapias de pareja creció, en promedio, un 40 %.

LA CRISIS DE 2001 CREO NUEVOS CONFLICTOS Y DISPARO LOS VIEJOS

A los problemas crónicos y propios de la pareja —como la llegada del primer hijo— se sumaron en los últimos tiempos el desempleo y la caída de proyectos. La falta de vida sexual aparece cada vez más.

Sobre la dupla pareja y crisis no hay análisis lineales. En la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo (AAPPG), las consultas de pareja crecieron un 50% entre 2003 y 2004. "Una vez que la urgencia por la subsistencia cedió —observa Graciela Bianchi, directora del centro asistencial—, la gente pasó a preocuparse más por los conflictos propios". Clelia Piserchia, encargada del servicio de pareja y familia del Centro de Salud Mental Ameghino, dice que el aumento fue del 30% en 2002, en pleno "incendio", y se mantiene. "A los viejos conflictos —explica— se sumaron los de una realidad que los sobrepasaba: el desempleo, la caída de los proyectos, la vuelta a la casa paterna por no poder sostener la propia o los planes de migración. De este último tema ya no se habla".

En la Fundación para la Salud Mental el incremento también abarcó los últimos tres años. "En el último —dice su presidenta, Graciela Peyrú— trepó al 42%, con una gran demanda por violencia psicológica".

Con o sin crisis, los conflictos que afectan a una pareja son innumerables y la función de la terapia, definida por el psicoanalista Daniel Waisbrot, es "aliviar el sufrimiento" que provoca la relación, aunque el resultado sea su continuidad o no.

La "regla", según Peyrú, puede compararse con un paisaje de picos —donde hay más conflictos y, por lo tanto, más consultas— y una gran planicie. El nacimiento del primer hijo es un "pico": la mujer tratando de tolerar la separación de su hijo y el hombre intentando integrarlo, en medio de los celos que le provoca la dedicación emocional y física de la madre al bebé. "Algunas parejas —dice la especialista— interrumpen su sexualidad en esta etapa".

Otro "pico" se manifiesta cuando los hijos se van de casa. "El tiempo y el espacio que ocupan sirven para esconder los conflictos de pareja", dice la psicoanalista María Cristina Rother de Hornstein. Su "destape" suele coincidir con la crisis de la etapa media de la vida. "Un conflicto por anticipado de lo que vendrá —según Peyrú—, exacerbada por el culto a la juventud". En ella la mujer suele atravesar el climaterio y muchos hombres viven el "ahora o nunca" en su búsqueda de aventuras amorosas.

Entre uno y otro gran conflicto —se sabe, las relaciones son más plásticas que lo que se puede decir de ellas— la etapa de construcción de la familia, con infinidad de acuerdos y desacuerdos, se parece a una meseta.

Un tema es excluyente en el consultorio: la interferencia de los modelos familiares con el que cada uno llega a la pareja. Hornstein explica alguna de sus variantes: "Se expresa cuando se defiende a rajatabla la idiosincrasia de la familia de origen o cuando, aunque se reniegue del vínculo disfuncional de los padres, se termina repitiéndolo por la fuerza que tienen los mandatos".

A los temas de siempre, la apertura social les cuela los suyos. Waisbrot menciona "la infidelidad femenina, de la que es difícil saber si antes existía menos o estaba más silenciada. Y, como hecho aislado, la infidelidad homosexual, lo que no implica necesariamente el viraje a la homosexualidad de uno de los miembros de la pareja".

La infidelidad "clásica", explican los especialistas, sigue siendo un motivo importante de consulta siempre que la pareja llegue a preguntarse "¿Qué nos está pasando?" Si es sentida como un acto del otro en el que uno no tiene nada que ver, es probable que no llegue a blanquearse en una terapia de a dos.

Aunque enmascarada detrás de otros temas, la falta de vida sexual afecta cada vez a más parejas alienadas por las condiciones de vida. Y les pasa no sólo a los que tienen que trabajar duro porque el sueldo no alcanza sino también a los que lo hacen persiguiendo el éxito profesional y económico. Waisbrot echa por tierra dos fantasías: no es cierto que si una pareja no tiene vida sexual es porque la tiene afuera, y no son exclusivamente los hombres quienes se quejan de la falta de sexo en la pareja "porque la caída del deseo masculino es impresionante".

Es cierto que siguen siendo mayoría las mujeres que empujan a los hombres a la terapia. Pero ya casi no hay cuestión de edades en los consultorios. Van los jóvenes que arman sus parejas tarde y les cuesta negociar en la convivencia las costumbres arraigadas, y los de 60 y 70 a punto de separase, ahora que las expectativas de vida aumentaron tanto.

De este universo de conflictos, uno es casi irresoluble. "La historia que se construye en pareja modifica a ambos —dice Hornstein—, y esto a veces hace que cada uno tome caminos tan divergentes que ya no queden ni proyectos ni ideales en común".

TESTIMONIO

"Hay que pelearla día a día"

Claudia (34), liquidadora de sueldos de una empresa, y Jorge (33), jefe de mantenimiento de un hipermercado, hace siete años que viven juntos y cuatro que están casados. Tienen una hija de tres años y en cuatro meses esperan el segundo hijo. En este tiempo, dos veces pensaron en separarse. La primera fue cuando la beba tenía 8 meses. "Ahí salimos como pudimos, pero no solucionamos nada", dice Claudia. La última fue este verano: "Tuvimos una discusión muy fuerte, a los gritos, durante las vacaciones —cuenta él— y la nena estaba presente. Primero no sabía cómo reaccionar y después se largó a llorar. Ahí me di cuenta de que teníamos que pedir ayuda". Su mujer se lo venía diciendo pero él era reticente: "Soy muy tímido, trabajo de lunes a sábado y mis amigos son los mismos desde los seis años. No podía pensar que un extraño pudiera ayudarnos".

En marzo empezaron una psicoterapia de pareja y esta semana tienen el alta. Llegaron cada uno pensando que el problema era el otro. Claudia: "La llegada de nuestra hija nos desequilibró y hubo que armar todo de vuelta. No sólo salieron a la luz nuestras fallas, sino que yo sentí que era madre de dos, de la beba y de él. Además, estaba cansada de su cerrazón". Jorge: "Yo sentía que ella no me entendía. No me dejaba actuar con la nena. Todo tenía que hacerlo bien porque siempre estaba bajo su supervisión. Las pocas salidas a solas que teníamos no las disfrutábamos".

Durante las sesiones identificaron que el problema era la falta de comunicación. "Yo reproduje la historia de mis padres", dice él. "Yo descubrí que elegí a alguien muy parecido a mi papá. Y aprendí que cuando uno se junta con otro hay que armar una historia nueva".

Tres meses después sienten que la jugada les salió bien. "De cada sesión —cuenta Jorge— nos íbamos con algo. Tuvimos que hacer muchos corrimientos, pero estamos empezando a formar una familia nueva". Claudia: "Empezamos a recuperar nuestros códigos y disfrutamos las salidas como cuando éramos novios. Y sobre todo aprendí, a él aún le cuesta, que no nos casamos para siempre y que hay que pelearla cada día".

Algunos problemas y soluciones

Hay ciertas ideas falsas que suelen tener las parejas y que pueden arruinar una relación. El psicoanalista Daniel Waisbrot apunta algunas:

  • Creer que el otro no es otro. Es un duro límite al deseo propio. "Si, por ejemplo, uno de los dos quiere tener un encuentro sexual y el otro no, hay que aceptar el hecho como una diferencia, no necesariamente como falta de amor".
  • Creer que existe la media naranja. "En una pareja lo que se construye es un estar juntos que nunca es ser uno".
  • Creer que ambos deben tener un orgasmo al mismo tiempo. "Esto supone tener una expectativa de unicidad y completud que no es real".
  • Creer que uno se casa para toda la vida. "Está bueno sostenerlo como ilusión pero sabiendo que puede no ser así".
  • Creer que se "sabe todo" acerca del otro. El "yo a vos te conozco bien" es una ilusión "porque el otro no puede ser conocido nunca en su totalidad, sino en aquellos sectores en los cuales el vínculo funciona. El problema de esto es que las parejas quedan atrapadas en lo conocido y no se abren a la novedad que el otro y ellos mismos pueden generar".

La doctora Graciela Peyrú aconseja poner en práctica algunos de los rasgos que caracterizan a las parejas que se llevan bien.

Tres ejemplos:

  1. Los elogios deben exceder cinco veces a las críticas,
  2. Hay que hablar todo pero en el momento oportuno,
  3. Nunca se debe descalificar al otro.

Por: Liliana Moreno

Fuente: clarin.com


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