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Hidroterapia yóguica

Más allá de la limpieza de colon

Devi Dyumani
   
    La hidroterapia yóguica es un sistema de limpieza y bienestar físico que los yoguis de la India practican y enseñan desde tiempo inmemorial. Dicha práctica está incluida en uno de los apartados del Hatha Yoga Pradipika. Hay similitudes entre la hidroterapia occidental y la oriental, pero los indos explican su tratamiento a partir de la teoría del prana, energía vital que actúa como un poderoso agente de curación. Por si alguien aún no lo sabe, prana es el nombre que le dan los hindúes a esa energía universal que penetra todas las cosas, y una de cuyas características principales es la de proporcionar la energía vital que anima a todo ser viviente. No es necesario creer o no creer en la existencia del prana porque sus beneficios se manifestarán igualmente en nuestra salud, al margen de las creencias personales. Sin embargo, la experiencia demuestra que aquellos que aceptan la presencia de esta energía vital, advierten sus efectos con más facilidad y con mayor consciencia.

La utilidad del agua es anterior a la aparición del hombre, se retrotrae a los animales, y antes de ellos a las plantas, y antes aún a las formas de vida orgánica que surgieron en el fondo del océano. La ciencia nos enseña que la vida nació en el seno de las aguas. Casi el 80% del peso del cuerpo humano lo constituye el agua, y las células que componen los tejidos son organismos marinos que sólo pueden vivir rodeados de una solución salina de agua. No es raro, por tanto, que el agua aparezca en el fondo de nuestra vida subconsciente y se manifieste en nuestra vida consciente. Todos los humores del cuerpo tienen como base el agua: la sangre, la bilis, los jugos gástrico, pancreático e intestinal, y la saliva. El hombre podría vivir muchos días sin comida, pero moriría muy pronto sin agua: el agua es uno de los agentes primordiales para el organismo y, después del aire, el principal fundamento de la vida. Sin embargo, son muy pocos los que le dan la importancia que merece, y menos aún, los que la utilizan de una forma inteligente.

El hombre primitivo era más cuerdo en este aspecto que el civilizado. Según sus instintos naturales, -no conocía el vino ni la cerveza, ni el café ni el alcohol, ni los refrescos con o sin burbujas-, bebía agua de los manantiales y se bañaba en los ríos y lagos aprendiendo a nadar en su más tierna infancia, y no porque hubiera razonado sobre las ventajas y beneficios del agua, sino por pura inclinación a su instinto natural. Al civilizarse, el hombre se fue alejando de la Naturaleza y sofocó sus instintos naturales bajo el peso de los hábitos urbanos. La vida urbana dificulta al hombre encontrar agua abundante, como en las zonas rurales, y así perdimos el gusto por el agua y adquirimos el pernicioso hábito de las bebidas alcohólicas y químicas. Pero no podemos engañar a la Naturaleza, ella advierte que el organismo humano ya no tiene la suficiente cantidad de agua y entonces la sustrae de las reservas acumuladas en los tejidos, produciendo un buen número de enfermedades que, por lo general, se atribuyen a causas que se alejan mucho de la verdadera razón.

Las autoridades más prestigiosas en materia de higiene y salud pública, y los fisiólogos más competentes coinciden en que para mantener una buena salud hay que beber al menos 2 litros de agua cada 24 horas. Por tanto, no pueden estar sanos aquellos que beben sólo medio litro, e incluso menos. Para sentirnos bien, debemos cambiar los hábitos y retornar a nuestros orígenes, adaptándonos, paulatinamente, a beber un poco más de agua cada día hasta llegar a la dosis normal indicada.

De muy diversos modos el organismo aprovecha el agua que le suministramos para eliminar los materiales tóxicos a través de los órganos excretores. Por ejemplo, el agua caliente bien administrada es un aliado muy eficaz para nuestra salud. Los hidroterapeutas saben que limpia el estómago y los intestinos con más eficacia que ninguna otra purga alopática, y sin los riesgos que éstas pudieran entrañar. El agua caliente, sin llegar a hervir, es, no sólo un buen limpiador del estómago, sino un potente descongestionante que disuelve y facilita la expulsión de las mucosidades más adheridas a las paredes intestinales, evitando la dilatación y la dispepsia, vigorizando el sistema y estimulando su funcionamiento óptimo. Son muchos, hoy en día, los que se van sumados a este tipo de terapias de prolongar la juventud y la belleza y, sobretodo, de mantener la salud en las mejores condiciones.

Centrando el tema, podemos decir que la mayor parte de las enfermedades tienen su origen en algún trastorno gastrointestinal. En todo caso, ésta es una parte del organismo que hay que vigilar cuidadosamente.

El intestino: un pozo negro

Aunque no sea un tema muy agradable, conviene saber que nuestros intestinos son la cloaca colectora que todos llevamos dentro. Y que la mayoría de los agentes externos convierten, por desconocimiento de las leyes naturales, en una ponzoñosa letrina. Cuando no se vigila el buen funcionamiento de nuestros intestinos, bien por ignorancia o por descuido, es origen y causa de innumerables trastornos y enfermedades, -algunas de pronóstico grave-, entre las que podemos enumerar una destacada lista: cefaleas y jaquecas, acidez, dispepsia, indigestión, cansancio; y otras muchas y variadas anomalías, como erupciones de la piel, saburra, fiebres, halitosis, nerviosismo, vértigo, trastornos cardíacos, melancolía, y más..., todas ellas consecuencia de la obstrucción intestinal.

El intestino grueso y, especialmente, los tres segmentos de la porción del colon, están expeditos en la mayoría de los animales y en las personas de vida saludable y normal, por las evacuaciones naturales. No obstante, en gran parte de la gente "civilizada", pocas veces funciona normalmente el colon, y se cree que siete de cada diez de esas personas sufren, en mayor o menor grado, alguna forma de estreñimiento o constipación que, rigurosamente, significa que el colon está sobrecargado. Los informes de los hospitales prueban que de 500 casos en que se observó el colon en la autopsia después de la muerte del paciente, sólo 50 de ellos lo tenían en buenas condiciones. Los demás se encontraban obstruidos por material fecal endurecido.

En India, los yoguis conocían esta circunstancia desde hacía siglos. Hoy, afortunadamente, también la reconoce la moderna patología occidental. La ciencia médica se admira de la asombrosa capacidad del colon para retener material de desecho. Se han dado casos clínicos en los que las heces retenidas en el colon de un individuo podrían haber llenado varios cólones de dimensiones normales. Y otros, en los que la distensión del colon era tan grave que doblaba su tamaño natural, y las acumulaciones fecales tan voluminosas como para llenar la mitad un cubo de tamaño medio. Así mismo, se han llegado a ver detritus enquistados del tamaño del diámetro de la cabeza de un feto, lo cual podría confundirse, fácilmente, con un tumor abdominal. A veces, los residuos metabólicos se van acumulando en los alvéolos o cavidades, y esta acumulación puede pasar inadvertida a los médicos de cabecera. Para que todo síntoma derivado de esta grave disfunción desaparezca, basta con desinfectar la cloaca y purificarla.

Podemos afirmar que el embozado intestino grueso puede llegar a producir una septicemia o envenenamiento de la sangre. Y que, como la sangre es la fuente vital de que se nutre nuestro organismo, es fácilmente comprensible que si conseguimos eliminar lo tóxico que la envenena, el fluido vital circule libre y puro, llevando en sí fuerza, salud y vigor, en vez de enfermedad, dolor y muerte. Consideramos que este asunto es lo suficientemente importante como para prestarle toda nuestra atención, y creemos que la de todo aquel que anteponga la salud como el mayor bien de nuestra vida física. Según la corriente orientalista, la medicina alopática acierta al aconsejar mantener el "vientre despejado" pero se equivoca en cuanto a los medios para lograrlo.

Veamos cuales pueden ser los remedios

Debemos hacer cuanto esté a nuestro alcance para normalizar nuestros intestinos. Pero en lugar de usar laxantes, purgas, jarabes, pastillas y otros medicamentos de la farmacopea alopática, por los que tanta inclinación tenemos, y que no hacen sino alterar el funcionamiento natural del organismo y atrofiarlo, debemos recurrir al baño interno.

Cuando tomamos un laxante, el organismo se apresura a expulsar aquello que le irrita, produciendo determinados humores que suavizan y lubrican las mucosas que determinan la contracción de las paredes del estómago e intestinos para así eliminar esas sustancias ajenas y perjudiciales. Desde luego que al expulsar dichos componentes nocivos, también se arrastra cierta cantidad de detritus, pero en ningún caso se consigue la limpieza profunda que nuestro intestino necesita mediante ningún mecanismo milagroso químico. Si un caño, tubo o conducto está obstruido, la reacción más sencilla y lógica es limpiarlo con chorros de agua, alcohol o disolventes. Cuando la cloaca intestinal está atascada, lo natural es limpiarla con chorros de agua. Y eso es precisamente lo que se logra con el baño interno.

El baño interno

Durante los últimos 20 años el baño interno o irrigación intestinal ha llamado la atención de los higienistas de occidente y del público en general. Aunque es Estados Unidos quien se atribuye la gloria de dicha invención, debemos recordar que fueron los arios primitivos, hace más de 5000 años quienes aprendieron el procedimiento del baño interno de unas aves de largo pico, originarias de los países orientales, que lo ponían en práctica para aliviar el estreñimiento provocado por ingerir algunas bayas indigestas de determinados arbustos que crecían a orillas del Ganges. Dichas aves introducían su pico en el río para llenarlo de agua y hacerse, seguidamente, una lavativa. Aunque, seguramente, los antiguos drávidas del Valle del Indo ya lo conocían mucho antes que los arios.

El naturista romano Plinio decía que la costumbre de estas aves dio a los médicos egipcios la idea de la lavativa o ayuda, denominada clister o enema. Y algunos historiadores chinos hacen la misma afirmación. Así que, parece que la práctica de la lavativa es universal, pues ya la conocían dichas aves siglos antes de que el hombre apareciera sobre la faz de la tierra.

Hay mucha diferencia entre el enema occidental, que consiste en inyectar una pequeña cantidad de agua fría, tibia o caliente -según caso- en el recto, con infusión o sustancia medicamentosa, lo que limpia a lo sumo la última porción del intestino grueso y la parte inferior del colon, del peculiar modo oriental, que consiste en inyectar uno o dos litros de agua caliente en el intestino grueso, de manera que el chorro llegue al colon para remover bien los grumos de materia fecal que envenenan el organismo y, al mismo tiempo, dar un suave baño a los riñones.

Aunque en occidente los primeros en utilizar la hidroterapia, como el doctor Prietssnitz y Joel Shew que, allá por los años de 1825 a 1850, respectivamente, expusieron los resultados beneficiosos de éste método, podemos decir que éstos pioneros no llegaron a comprender que la idea capital de los higienistas indos era la peligrosa frecuencia con que se acumulan las heces en el intestino grueso. Su forma de actuar se enfocaba en la parte inferior del colon, especialmente en el asa sigmoidea o curvatura que hace el colon justo antes del recto, por lo que su método se quedaba corto, tocando tangencialmente el verdadero foco del mal.

Quizá el primero que comprendió en occidente la eficacia del método oriental fuera el doctor neoyorquino, Wilford Hall, erudito y clérigo, autor de muchas obras científicas, religiosas y filosóficas; quien, al perder su salud, hizo denodados esfuerzos por recuperarla y se fijó, casi fortuitamente, en el estado de sus intestinos, relacionando éstos con la raíz de su dolencia. Empezó a tratarse con hidroterapia y los resultados fueron tan apabullantes que, al poco, recuperó la salud y el vigor. Hall difundió este método, no sólo entre sus parientes y amigos, sino que también publicó un folleto titulado "Sistema Terapéutico del Doctor Wilford Hall" del que vendió millares de ejemplares entre las familias norteamericanas.

No obstante, como pasa con toda novedad, los más fanáticos de la irrigación intestinal abusaron del procedimiento hasta el extremo de caer en la manía, lo cual es tan perjudicial como la insana costumbre occidental de purgarse. Sin embargo, sí es aconsejable el adecuado uso del baño interno hasta alcanzar la total normalización del colon. Después, hemos de prescindir de la terapia y dejar que sea el propio organismo quien haga sus funciones, ayudándonos, eso sí, con el buen hábito de beber esos dos litros de agua diarios que antes mencionábamos.

La irrigación intestinal tiene por finalidad inyectar gradualmente el agua, de manera que vaya ocupando todas las porciones del intestino grueso y se detenga en ellas el tiempo necesario para ablandar y diluir las heces incrustadas en las paredes del colon. La posición del cuerpo debe ser la que a cada cual le resulte más cómoda. Los hay que prefieren ponerse de rodillas, mientras que otros optan por estar acostados, y en este caso es recomendable la posición decúbito derecho porque es la que más favorece el flujo del agua.

El pitón de la goma o la punta de la jeringa se lubrican con un poco de aceite de oliva, almendras o girasol para evitar el rozamiento. Una vez introducido en el ano, se inyecta lenta y gradualmente el agua, tan caliente como cada uno pueda soportar. Los que se aplican por primera vez el tratamiento, experimentaran un incontrolable deseo de evacuar, pero con un poco de control y fuerza de voluntad, y manteniendo por un breve lapso cerrada la cánula del paso del agua, será fácil superar este deseo y en pocos minutos podremos continuar con la inyección. Si fuera tan insoportable retener el agua, se descargará sin problemas, que seguro arrastrará algunos residuos excrementales, y en seguida podremos insistir en la irrigación. Superadas las primeras veces, no será difícil vencer las dificultades iniciales que parecían insalvables.

Si es la primera inyección, un litro de agua bastará, y después de inyectada -quien esté acostumbrado a retenerla- conviene que durante los tres minutos de espera, antes de la segunda inyección, se haga un masaje de amasamiento en el abdomen, así ayudaremos a despegar los restos adheridos a las paredes del colon. Conviene decir que el amasamiento debe hacerse de derecha a izquierda, si no, podría dificultar más que estimular la operación.

La mejor hora para realizar el tratamiento es por la noche, antes de acostarse y sin haber cenado previamente, aunque algunos prefieren aplicarse el baño por la mañana al levantarse. En cualquier caso, nunca se debe inyectar el agua precipitadamente, debemos darnos el tiempo suficiente para que se vaya llenando poco a poco el intestino, sin forzar.

Una vez concluida la inyección, nos abordarán unas irrefrenables ganas de evacuar el agua del baño. Nos sorprenderemos, las primeras veces, al observar el aspecto de las deposiciones. Saldrán del intestino gruesas pellas de excrementos, a veces cubiertas por una capa verdosa, tan repugnantes al olfato como a la vista. Otras veces pueden salir grumos negros como carbón, señal del largo tiempo que las masas fecales llevan retenidas en nuestro intestino, y el peligro que ello supone para nuestra salud.

Después de un rato de tomar el baño, notaremos que la excreción de la orina aumenta considerablemente. Esto se debe a que las paredes del colon han filtrado parte del agua que ha sido absorbida por los riñones. Algunos hidroterapeutas aconsejan que cuando el proceso ha terminado, se introduzca otra corta inyección de agua caliente para que los intestinos -ya limpios- trasuden con más facilidad y produzcan en los riñones un mayor beneficio. Y también hay quienes aconsejan añadir al final otra pequeña inyección de agua fría para revitalizar y fortalecer la pared intestinal; de todos es sabido lo reconstituyente y beneficioso que resulta un baño de agua fresca.

Quizá puedan surgir dudas entre los lectores sobre si el baño interno puede debilitar nuestro organismo. La respuesta, avalada por numerosos terapeutas, es que los efectos son, precisamente, los contrarios. Al haber limpiado y liberado nuestro organismo de toxinas, nos sentimos más ligeros y tranquilos, notamos un considerable aumento de nuestra vitalidad y energía, más placidez de ánimo, mayor gusto por el trabajo y más alegría de vivir, y todo, gracias a que se han restablecido las condiciones normales del cuerpo.

La recomendación que desde aquí hacemos es que, para empezar, se haga el tratamiento completo.

Es decir, el baño debe aplicarse durante tres noches seguidas. Después, tres veces más, una noche sí y otra no. A continuación, otras tres veces, cada tres noches. Y por último, tres veces, cada semana. Concluido el tratamiento deben estar bien restablecidos las normales condiciones y funcionamiento de nuestros intestinos, de manera que, siguiendo el consejo indicado de beber 2 litros de agua diarios, podamos mantenernos en plena forma. Para quienes no hagan suficiente ejercicio y lleven una vida muy urbana y sedentaria o una alimentación desequilibrada, sería conveniente darse un baño interno una vez al mes. De todas maneras, si quedara alguna duda respecto del tratamiento descrito, convendría consultar con algún hidroterapeuta experto, pues el uso del agua entraña ciertos riesgos cuando no se acierta con su correcta aplicación.

Namasté
http://www.tantrasivaita.com/ind.php?op=alquimia&id=78

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